Postigo

Por José García Sánchez

@Josangasa 3

Desde la aparición de la televisión como medio de información el espectador abandona la elección del tema del que debe ser informado. Lo que le interesa saber puede estar al final del programa de noticias para que sea visto completo y con ello los comerciales que el dan razón de ser a su comunicación.

Los diarios, en ese momento, estaban divididos en secciones y podía seleccionarse, elegirse, la que interesara, podría ser información general o deportes. Era una real e invaluable opción de información. La televisión otorgó la misma importancia a una entrevista de algún deportista, con alguna detención y un acto político. Todos tienen la misma trascendencia en la pequeña ventana donde se asoma al mundo.

Las jerarquías tradicionales en los medios impresos ponderaban lo social sobre lo individual, lo general sobre la anécdota personal de algún personaje, lo comunitario sobre la vida de un famoso que hablara de su divorcio o de su próxima telenovela.

El amanecer noticioso del 3 de octubre de 1968 fue un ejemplo claro donde se otorgaba la nota de apertura informativa al clima y se dejaba en la oscuridad la matanza de los estudiantes en Tlatelolco, al decir que el día era soleado. Llamada de atención que mostraba que el habitante de México empezaba a dejar de elegir su información y, paulatinamente, a aceptar la que se le imponía. Lo importante para los televidentes debía ser lo que la pantalla transmitía y no lo que al ciudadano le interesaba conocer. Debía obedecer, y esclavizarse en el intento.

Ahora, las primeras planas de los diarios sobrevivientes, aunque tuvieron anteriormente una clasificación de los trascendente sobre lo que no interesa, muestran que es tan importante un juego de futbol, como un golpe de estado o el divorcio de algún actor.

Hasta el cine se volvió un espectáculo individual con la llegada de la televisión. Su origen era social, para la sociedad. En la pantalla grande confluían las miradas de cientos de personas. Ahora el cine se vuelve incluso privado, exclusivo. Las películas para adultos se convierten en la sacralización de un espectáculo social diluido en la privacidad.

La información también es lanzada al gusto del espectador y la verdad deja de ser importante para convertirse en un referente del espectáculo del día. Una vez que se le condicionó a los televidentes a que la información era un acto que entraba por los poros para quedarse en la memoria a la hora de la relajación, cuando todas las responsabilidades habían terminado.

La ordenanza del ser humano era trabajar, producir, cansarse, como única tarea en la vida. Lo demás era descanso y mantenía una importancia secundaria, incluso informarse. Las redes sociales desplazan a la televisión y la invaluable elección regresa a ser parte de la cotidiana necesidad de darse cuenta del mundo circundante. Pasan por sus ventanas, pantallas y celulares temas muy variados, puede escogerse no sólo lo que interesa sino la intención de la información, su tendencia, la cual, consciente o inconscientemente, todos las conocen.

Un siglo de televisión enseñó al ser humano avispado a conocer la tendencia de las noticias de acuerdo con los intereses del propietario del canal emisor, a los intereses de los propietarios de la cadena televisiva. Así, las redes señalan el inicio de la elección de a información con conciencia de su origen. De ahí que cada quien escoja sus propios manipuladores.

La televisión fue una larga, aburrida y oscura lección donde se definía el origen y la intención de la información. Las redes despiertan de la pasividad, propia de quien recibe información a la gente y los coloca frente a un mundo al que pueden adaptarse o bien evadirse. Hay para todos los gustos y todas las inteligencias.
La verdad en la información sigue siendo ese pez atrapado en las redes que no logra escabullirse de su cautiverio.

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