¿Proceso contra Obrador? La crítica sin rigurosidad es solo ruido

@RodrigoGuillot

El estilo editorial del semanario Proceso es por todos conocido; gusta de ser sonoro e impactante. A nadie sorprenden (y a muchos nos gustan) las portadas ácidas, gráficas, casi monotemáticas, ni las fotografías detalladas, transgresoramente cercanas, que suelen verse en la revista fundada por Julio Scherer. La militancia de izquierda de donde surge es evidente desde el principio. Don Julio no solo fue un maestro de la entrevista, sino uno de los más grandes críticos al régimen y a una multitud de actores políticos tan diversa y plural como su pluma.

Y es que el amparo más importante del auténtico periodista es su rigurosidad; en el ejercicio dialéctico de buscar la verdad, el entrevistador debe no solo cuestionar las afirmaciones de su interlocutor sino también sus propias verdades. Quienes conocemos el trabajo de Scherer sabemos que lejos de conformarse con preguntar, ofrecía al entrevistado la oportunidad de cuestionar, de debatir y cuando era posible, conversar y amenizar la polémica. Al lector le ofrecía todo esto y además una crónica de sus propios pensamientos, de la autocrítica que le acompañó en todo momento, de la sensación de que la verdad estaba ahí, escondida en una extensa escala de grises y que el deber de quien la buscaba era ir separando los extremos del blanco y el negro.

Esa misma escala de grises está presente en la cotidianidad del periodista, que lidia con el poder cara a cara. En semanas pasadas se debatió muy ampliamente el asunto de la publicidad oficial, del periodismo oficioso y los límites necesarios en la relación entre periodista y poderoso. La opinión pública ha asumido una nueva visión al respecto desde que el gobierno federal diera a conocer públicamente el presupuesto que la anterior administración destinó al pago de diferentes servicios de comunicación, y a quiénes decidió beneficiar con la partida.

Hoy un ex-funcionario abre el debate sobre la responsabilidad de los medios para con el público. Andrés Manuel lo ha hecho ya en varias ocasiones, pero su crítica es matizable; es una crítica desde el poder. La que hizo anoche Gonzalo Hernández Licona en cambio, es una crítica de alguien que abandona el poder, y lo abandona criticándolo pero considera que la publicación de la entrevista que le hace Proceso exagera en sus descripciones y “pone palabras o énfasis que no estuvieron ahí”. Veamos el tuit:

 

 

 

Si bien no es nuevo, debemos ampliar el debate sobre los medios como entidades de poder, y no solo como críticos al mismo. Hay que decirlo, quien más éxito ha tenido en hacerlo fue Donald Trump durante su campaña presidencial, pero en todo el mundo, desde la izquierda o la derecha, el poder mediático ha sido cuestionado profundamente. Y no podemos blindar a nadie de las críticas esgrimiendo el argumento de la libertad de expresión porque hacerlo sería anular la libertad de expresión de quien critica.

Discutir las responsabilidades del poder mediático es una cuestión de derechos políticos, tanto para quienes se desempeñan públicamente en el poder como quienes requieren de información para seleccionar y escrutar a quienes elige para representarlos. Las redes sociales han cambiado radicalmente las dinámicas de comunicación en todo el mundo, en México nos queda claro desde 2012, cuando miles de estudiantes universitarios salieron a las calles en todo el país para exigir a los medios tradicionales responsabilidad e imparcialidad rumbo a los comicios; el poder mediático se cargaba entonces a favor del PRI y su candidato.

No debemos pretender anular el estilo crítico, ni los encabezados incómodos y estridentes; de hecho cada vez más los medios, en su afán de ganar atención del usuario de las redes, recurren a estas formas de comunicación. Pero sí debemos distinguir entre los encabezados llamativos y los engañosos. En periodismo las formas son los fondos; la aclaración de Hernández Licona evidencia que las críticas públicas de Andrés Manuel para con el semanario – y los medios de comunicación en general – no carecen de sustento.

De lo que nadie puede dudar es de que el periodismo milita; sea a la izquierda o a la derecha, así como el gobierno, el poder mediático tiene una agenda, intereses, afinidades e ideologías. Negar la militancia de los medios es negar el espacio a la crítica política de un poder fáctico y negar que las formas en que el mundo se comunica han cambiado radicalmente en los últimos años, pero más grave que eso, significa apostar al estancamiento de nuestra democracia. Urge pues, exigir a quienes controlan la información que se publica, rigurosidad, profesionalismo y ética; de otra forma no leemos periodismo, sino solo ruido, del que ya tenemos demasiado.