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En un tuit del día de ayer, el doctor Lorenzo Meyer pide al gobierno del presidente López Obrador, “sacar al debate nacional del pantano, al que lo ha llevado la oposición… y devolverlo al sitio histórico que merece: el de los grandes problemas nacionales”.

De ninguna manera puede pensarse que el doctor Meyer forma parte de los grupos opositores contrarios al cambio nacional, que se verifica en el país.
Pero eso no quita que su concepción sobre el rumbo que debe seguir esta revolución pacífica y democrática, sea muy cuestionable.

No han sido pocas las veces que hemos visto que, cuando el presidente inicia una defensa activa en favor de este gobierno y de su persona, aparecen de inmediato voces que llaman a la tolerancia, a “dejar pasar”, a “no dar importancia a lo secundario”.

En suma, a guardar una actitud meramente defensiva. Proteger las zonas bajo ataque de la mejor forma posible, sin pasar al terreno ofensivo, para no lastimar la “respetabilidad” de los agresores.

“La fuerza del presidente es enorme. Su voz pesa más que la de cualquier otro actor social”.

En el discurso, esto suena muy bonito y si el presidente fuera tan crédulo como para tragarse esa conseja popular, sentiría en su interior, la satisfacción que da el saberse poseedor de un poder tan grande. Un poder capaz de terminar con los oponentes, de un solo soplido.

El mito del poder que posee la voz presidencial, es una creación más de los medios de comunicación al servicio de los grupos de poder conservadores.
Una sola voz, aunque ésta sea la del presidente de cualquier país, no opaca ni con mucho, el griterío que arman los medios de comunicación, quienes son en realidad la encarnación de la mítica Hidra de diez, cien, o mil cabezas.

A la prensa conservadora se le hizo costumbre criticar a los personajes opositores, con total impunidad. Lo hicieron así con gobernadores, senadores, diputados y hasta presidentes municipales, salidos de los partidos de izquierda.

Nadie había puesto freno a esta beligerante conducta. Los periodistas señalaban con dedo flamígero, mentían, descalificaban sin pruebas, calumniaban y agredían a quienes no eran de su agrado, o a aquellos a los que debían perseguir “por instrucción superior”.

La misma conducta que vemos asumir el día de hoy a Carlos Loret y a quienes dicen ser “como Loret”, ha sido estrategia histórica en la prensa bien pagada por el gobierno en turno. O por los poderes fácticos asociados al gobierno, que actúan en beneficio de intereses de la clase privilegiada.

“Si me contestas, publicamos en grupo que atentas contra la libertad de expresión”. “Si te defiendes llamándonos mentirosos, aparecerá en nuestras publicaciones, una acusación en tu contra, en la que serás tachado de autoritario y represor”

Por eso mismo, hoy ese periodismo millonario y prácticamente intocable, pone el grito en el cielo cuando el presidente López Obrador, llegado al poder sin compromisos económicos y políticos que le aten e impidan actuar y opinar con libertad, llama corruptos a quienes lo son, mentirosos a quienes falsean la verdad, y cómplices de la miseria nacional, a aquellos que contribuyeron al deterioro en la calidad de vida de los mexicanos, ya fuera por acción, o por omisión.

Este periodismo defiende su “respetabilidad”, de la misma forma en que la clase política neoliberal, intentó resguardar la suya, a pesar del lodazal de corrupción que salpicaba a todos.
Tanto periodistas como políticos encumbrados, disfrutan en la actualidad de grandes fortunas, nacidas no del trabajo honesto, sino del clima de corrupción que vivió el país, durante los 36 años anteriores al actual gobierno.

Fortunas inmensas, que no tienen explicación creíble, si se toma en cuenta el monto percibido por estos integrantes de los grupos conservadores, por concepto de salarios devengados.
Vimos entrar a la presidencia a un Vicente Fox con un rancho miserable, endeudado y con un valor comercial poco atractivo. Y vimos salir a ese personaje, al terminar su sexenio, como dueño de una fortuna envidiable y presumiendo un rancho que puede competirle en dimensión y lujo con cualquier otro del país.
López Dóriga, con su trabajo de periodista, incluso tiene un yate de lujo.

Carlos Loret de Mola gana más de tres millones de pesos mensuales.

Carmen Aristegui se encuentra considerada en la lista de los periodistas mejor pagados en México. Jorge Ramos que no vive en nuestro país, pero que se la pasa criticando al actual gobierno, también disfruta de un nivel de vida más que aceptable .

Roberto Madrazo, Osorio Chong, Manlio Fabio Beltrones y José Narro, tienen fuerte presencia en la industria farmacéutica nacional. Han amasado grandes fortunas ahí.
Pero hablar de esa riqueza, señalar que la misma es consecuencia de una dedicación permanente a prácticas de corrupción, no es bien visto por un sector social, que se formó durante la etapa neoliberal.

Ese asunto no es considerado asunto de interés nacional.
Pone en evidencia la “respetabilidad” de políticos y periodistas que tienen un nombre que cuidar.

El presidente López Obrador ha dicho NO a esta recomendación de silencio. Y lo ha reiterado de esta manera, durante los últimos días: “El grupo de los moderados de izquierda, me aconseja dejar de hablar de ese tema. Me dicen que es algo secundario. Yo les respondo que no es así. Se trata de un asunto de vital importancia para el proceso de transformación que llevamos a cabo. Si no desenmascaramos a todos estos farsantes, seguirán engañando al pueblo de México, con su falsa máscara de respetabilidad. Es importante que los ciudadanos conozcan el monto de sus fortunas. Los sueldos que reciben mensualmente. Las propiedades escrituradas a su nombre y al de sus familiares. La gente va a quedar asombrada de la riqueza que disfruta este pequeño círculo del periodismo privilegiado”.

Pensar, como lo hace Lorenzo Meyer, que este asunto no es de interés nacional, es hacerle el juego a la oposición corrupta, que aún anida en los poderosos espacios económicos y periodísticos del país.

Si de verdad fuera una situación que carece de relevancia, los Loret de Mola, Carmen Aristegui, López Dóriga, Jorge Ramos, Ciro Gómez Leyva y varios más, ya habrían publicado, sin problema alguno, las cifras y facturas que amparan sus percepciones mensuales. No seríamos testigos de su negativa para hacer públicos esos datos.
Queremos que nos digan cuánto ganan y quién les paga.

Que desmientan que hay vínculos que los atan en este momento, al proyecto opositor de Claudio X González, quien paga muy bien a aquellos que ejercen con esmero el periodismo difamador y mentiroso, en contra del actual gobierno.
La mayor parte de quienes apoyamos las políticas del presidente López Obrador, vamos por una revolución a fondo. No por lo “políticamente correcto” o por lo “ortodoxo”, de acuerdo al manual de buenas costumbres.

Como el presidente, no hacemos caso de la tibieza de los moderados. De los tibios.

De una u otra manera, conoceremos las fortunas y sueldos de este sector cómplice y privilegiado.

Estamos en medio de una revolución. Una revolución sin armas, pero donde hay dos bandos bien definidos.
Que ellos defiendan sus posiciones como puedan.
Y que del lado de la izquierda no se pretenda que el presidente trate con pinzas a sus adversarios declarados.
Si no ayudan que no estorben.

Malthus Gamba