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Opinión| Fonden; los cuentos que ya conozco

Siempre que hay una desgracia, la oposición saca la vieja confiable: El fonden, caja chica del priismo utilizada para saquear al pueblo; el cuento lo conocemos.

Las lluvias han vuelto a hacer de las suyas; ríos desbordados, techos caídos, vidas enteras que se empapan en un solo día. Y, como si el agua arrastrara también la memoria, vuelven a escucharse las voces de siempre: “Si existiera el FONDEN, esto no estaría pasando.”

¿En serio? ¿De verdad piensan que con el FONDEN, al día siguiente de la catástrofe, las casas estarían reconstruidas, los caminos restaurados y el dinero fluyendo como torrente para reparar los daños?

La crítica a la Presidenta por haber llegado tres días después de la inundación en Poza Rica no cambia la historia: la velocidad de atención no era mejor antes, ni los resultados más eficaces.

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Lo que sí podemos afirmar, y con pruebas en la mano, es que hasta hoy no existe, ni siquiera tras la catástrofe de Acapulco en el gobierno de López Obrador, un solo registro de desvío o pérdida de recursos públicos tan grande, bajo las siglas del desastre, como los que sí se documentaron bajo el viejo FONDEN.

Según la Auditoría Superior de la Federación, más del 53 % de las auditorías practicadas al FONDEN entre 2002 y 2015 tuvieron dictamen negativo: retrasos, duplicaciones, irregularidades.

Entre 2014 y 2018, la ASF detectó deficiencias por más de 2 mil 198 millones de pesos en su operación.

En Tabasco 2011, se comprobó el desvío de 215 millones de pesos del dinero para damnificados; y tras los huracanes Ingrid y Manuel en Guerrero 2013, las auditorías confirmaron entregas tardías, sobrecostos y contratos duplicados. Nada de esto lo inventa la narrativa oficialista: lo dicen los informes públicos del viejo régimen, esos que algunos hoy prefieren olvidar.

Porque conviene recordarlo: hubo años en los que una catástrofe no sólo era un desastre… era un negocio. Uno en donde el pueblo veía lodo, mientras los amigos del régimen y el propio régimen veían licitaciones; donde la lluvia se llevaba los techos, otros cobraban las facturas. Había quienes, perversamente, veían con alegría una tragedia, porque sabían que el FONDEN se abriría como cofre generoso para inflar carteras. Un desastre natural era, para ellos, una fiesta “all inclusive”

Y sí, debemos reconocerlo también: quizá la desaparición del FONDEN se comunicó mal, quizá habría bastado reformarlo en lugar de extinguirlo, o explicar con más claridad cómo se sustituiría su función.

El fonden, la caja del PRI

Sabemos que los detractores de todo lo que viene de una política social más justa van a hablar con o sin argumentos; porque eso puede faltarles, pero la calumnia siempre los acompaña. Sin embargo, hay que recordar que en la política, como en la emergencia, y ante el embate de los ya mencionados, no basta con actuar bien: hay que explicarlo aún mejor.

Pero no confundamos errores narrativos con nostalgia. El FONDEN no era un escudo infalible ni un modelo ejemplar. Era, muchas veces, un bote agujereado que se hundía mientras otros cobraban desproporcionadamente por una cobija o una lata de sardinas.

No estoy de acuerdo con aquellos que creen que el sistema actual de atención ante catástrofes es perfecto y que los problemas están resueltos: la transformación está en construcción. Sentarnos a decir que todo está bien, que nada es perfectible, sería una irresponsabilidad que, más que fortalecer, dañaría al movimiento.

El fonden, usado para robar
Pero con los que me quieren venir a vender la vieja historia, a contarme los cuentos que ya conozco, yo les respondo con la voz de León Felipe:

“Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.”

Pero aún acechan los que intentan romantizar un fondo que en realidad se desfondó a sí mismo; esos que vieron con alegría las catástrofes para llenar sus carteras… entre esos tipos y yo, hay algo personal.

Por Leo Collado

 

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