En el 2018 y 2024 ganamos las elecciones, sí; pero la transformación apenas comienza. No basta con ocupar un cargo, si no se vive con humildad.
Hay mañanas que no incomodan, sino que duelen. Duelen no por lo que vemos allá afuera, sino por lo que empieza a desfigurarse dentro; no por los adversarios, sino por algunos personajes que, aun con las mismas siglas, parecen haber olvidado el alma que las sostiene.
Sí, ganamos.
Pero ¿qué ganamos exactamente?
Cuando la Revolución Cubana triunfó militarmente y el Che Guevara entró a La Habana con su columna victoriosa, cuentan que alguien le dijo:
“Ganamos la revolución.”
Y él, sin arrogancia, sin romanticismo hueco, corrigió de inmediato:
“Ganamos la guerra. La revolución apenas comienza.”

Porque el verdadero desafío no era derribar un régimen; era no repetirlo, era no traicionarse.
Hoy, México vive su propio dilema. En el 2018 y 2024 ganamos las elecciones, sí; pero la transformación apenas comienza. No basta con ocupar un cargo; ni con hablar de austeridad, si no se vive con humildad. No basta con usar el lenguaje del pueblo, si no se sirve desde el alma.
Lo que estamos construyendo, si queremos que perdure, requiere más que ideología, más que programas, más que decretos; requiere carácter ético, madurez emocional y una profunda conciencia de servicio. Y aquí viene esa gran advertencia que Séneca dejó hace siglos y que parece escrita para nosotros:
TE PUEDE INTERESAR:
EU deporta a La Rana, miembro de Guerreros Unidos ligado al caso Ayotzinapa
“Gobernarse a uno mismo es el más grande poder.”
Quien no domina su ego, somete a los demás. Quien no regula su ira, termina dañando incluso a los suyos. Quien no domina sus ambiciones, termina robando. Quien no se examina, se convierte en reflejo del viejo régimen que juró combatir. Es decir, quien no se rige, verdaderamente, bajo los principios éticos del humanismo mexicano, termina, mintiendo, robando y traicionando.
Compañeros: La victoria no es el destino, es apenas el punto de partida. Ahora toca merecerla y toca honrarla. El poder no nos debe desfigurar; al contrario, debe depurarnos, disciplinarnos y sensibilizarnos.
Cada acción, cada nombramiento, cada omisión habla del tipo de país que estamos pariendo; y, si no vigilamos nuestras propias formas, abrimos la puerta a los mismos fantasmas de siempre: el clasismo maquillado, la arrogancia tecnócrata, la impunidad disfrazada de eficiencia, el olvido de los de abajo.
No escribo esto para golpear; lo escribo como acto de amor político. Porque todavía confío; porque todavía creo que podemos hacerlo distinto; pero solo si empezamos por lo más difícil: gobernarnos a nosotros mismos.
Porque sí, ganamos las elecciones; pero la transformación apenas comienza.
Por Leo Collado
No olvides seguirnos en FACEBOOK, X, INSTAGRAM, YOUTUBE y TIKTOK

