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Opinión| ¿Por qué le temen a Lenia Batres?

Lenia Batres vino a romper con el estereotipo de ministros acartonados, por eso la llaman la Ministra del Pueblo

A la Ministra del Pueblo, Lenia Batres, no le tienen miedo: le tienen pánico y coraje. Y no es para menos. Su sola presencia en la Suprema Corte de Justicia de la Nación significa la ruptura de los privilegios de una élite que durante décadas se acostumbró a tener un “poder judicial” al servicio de los poderosos y no del pueblo.

Lenia representa lo que más les incomoda: una jurista comprometida con la transformación del país, con principios firmes, y con una historia de lucha que la vincula con las causas sociales, no con los intereses de las élites empresariales ni con el conservadurismo de la vieja corte.

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Por eso la atacan con calumnias. Dicen que tiene un “número excesivo de asesores” en comparación con la expresidenta de la Corte, Norma Piña. Falso. Lo que en realidad les duele es que los asesores de la Ministra no responden a una red de compadrazgos y favores, sino a un proyecto de transformación.

Pretenden inflar cifras y manipular datos para sembrar la idea de despilfarro, cuando la verdadera historia de despilfarros, onerosos gastos y sueldos insultantes la protagonizó la vieja corte.

También la difaman diciendo que “la escuela en la que estudió es una escuela patito” o que “no estudió”. Otra mentira burda. Lenia es egresada de instituciones públicas que han formado a miles de profesionistas comprometidos con el país. Descalificar sus estudios es, en realidad, un desprecio clasista y racista hacia la educación pública mexicana.

La ministra Lenia Batres, mejor conocida por la Ministra del pueblo

Lo que la derecha quisiera es que sólo egresados de universidades extranjeras, ligadas al privilegio y a las élites, pudieran ocupar altos cargos. Ese pensamiento no sólo es retrógrada, es antidemocrático.

Otra mentira que difunden es que “quiere más espacio dentro de las instalaciones de la Corte”.

Intentan caricaturizar un derecho elemental: tener condiciones dignas de trabajo. Convertir en escándalo lo que es normal revela la pobreza de sus argumentos.

Asimismo, la acusan de “recibir más recursos que la vieja corte”, cuando en realidad el poder judicial entero se ha beneficiado históricamente de presupuestos millonarios, de fideicomisos opacos y de privilegios insultantes. Lenia, por el contrario, ha puesto el dedo en la llaga al cuestionar esos abusos y exigir transparencia.

La verdad es clara, no le perdonan que se haya atrevido a romper el cerco de una institución secuestrada por intereses oscuros.

No soportan que una mujer de izquierda, con trayectoria en la defensa del pueblo, se siente en la silla donde antes sólo se acomodaban juristas de la élite. Les incomoda que hable claro, que nombre la corrupción, que critique los excesos y que cuestione los dogmas de la vieja corte.

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Por eso el ataque es feroz. No se trata de un debate académico ni de diferencias de criterio jurídico; se trata de una guerra política donde la derecha intenta desprestigiar a quien representa una amenaza real a sus privilegios. Lenia simboliza la posibilidad de que la justicia mexicana deje de ser un botín de las élites y se ponga al servicio del pueblo.

Le temen porque saben que no está sola. Detrás de la Ministra del Pueblo está la fuerza de un movimiento social, democrático y transformador que exige justicia verdadera. Y frente a esa fuerza, los ataques, las mentiras y las calumnias no harán más que confirmar una realidad, la derecha ya no tiene argumentos, sólo pánico y coraje ante el avance de la transformación.

Por: Héctor Zariñana 

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