El infierno de los desaparecidos

Los desaparecidos…

Por Lucía Deblock

Hace ocho años iba caminando por una céntrica avenida en Veracruz, en la era duardista, y fui incapaz de reconocer a Hilda. Mi acompañante me insistía “Es la de blusa azul” y yo, a pesar de ver a la mujer de blusa azul, era incapaz de reconocer a mi ex compañera. Esta mujer, que flotaba entre el tumulto, parecía mayor que Hilda, era ósea y tenía el cabello largo y canoso, peinado sin vanidad. Caminaba entre la gente con ausencia, como si sólo su cuerpo estuviera ahí. No se parecía en nada a la mujer que fue mi entusiasta compañera en un diplomado cultural y a la que le gustaba bailar en todas partes. Hilda tenía un hijo desaparecido y además, era señalada por la gente por andar “en la maña”. De cerca, sus ojos se habían apagado, estaban cercados por profundas marcas. Me contó que sus otros dos hijos se habían ido del estado -a vivir sin miedo-, pero que ella se quedó en la casa de siempre por si Braulio regresaba, por si alguien tenía noticias de él. Me despedí de ella con un fuerte abrazo, intuyendo el profundo dolor, su soledad.

En Veracruz, en Tamaulipas o en Colima hay cientos, miles de historias parecidas a esta. Lo peor de todo es que se ha normalizado, todo el mundo tiene un referente más cercano, más dramático, más triste. Nosotros, los afortunados, seguimos con nuestra vida; ellas, las madres de los desaparecidos, viven todos los días el duelo interminable y conviven de cerca con ese dolor profundo e incómodo que es la ausencia. Mientras, van a predios a escarbar la tierra con la esperanza de hallar a los suyos, a los de otra madre y llevarle paz.

En México se han contabilizado 40 mil desaparecidos, mientras que en la morgue hay cerca de 26 mil cuerpos sin identificar. Son más de 1,100 fosas clandestinas, más las que se acumulen. Y hasta que Alejandro Encinas presentó el Sistema Nacional de Búsqueda, no había manera, ni legal ni práctica ni institucional, para que estas madres y familiares recibieran el apoyo del estado. Todo lo anterior había sido una sucia simulación, un craso intento por ocultar el horror.

Pasarán muchos años para que historiadores y analistas nos expliquen con claridad lo que ha estado sucediendo en México desde el sexenio de Calderón, tras declarar la guerra contra el narcotráfico. Sin embargo, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes atroces cometidos por funcionarios de cualquier nivel y ciudadanos comunes y corrientes que operan al amparo de la impunidad reinante, son ahora mismo y literalmente, incontables. El dolor se sufre ahora, el horror se contempla hoy, pero la solución no es inmediata.

La extraordinaria investigación periodística A dónde van los desaparecidos reveló que, entre 2006 y 2016, se cometieron al menos mil 978 entierros clandestinos en 24 estados del país. Los principales hallazgos fueron en Veracruz (332), Tamaulipas (280), Guerrero (216), Chihuahua (194), Sinaloa (139), Zacatecas (138), Jalisco (137), Nuevo León (114), Sonora (86), Michoacán (76) y San Luis Potosí (65). Y si algo ha quedado claro es que los datos entre la investigación y las cifras oficiales no coinciden. Básicamente porque los gobiernos estatales ocultan información y minimizan o no reconocen las fosas ni los restos ahí hallados.

Es un reto descomunal, han sido muchos años en que los familiares de desaparecidos han exigido la atención del gobierno y, pese a que falta dar a conocer la metodología y afinar detalles, el anuncio de Alejandro Encinas aparece en el horizonte como un rayo de esperanza para miles de familiares que cada día conviven con la pesadilla de la desaparición.

Lucia Deblock

Escritora y artista digital.