Por: Pablo Meléndez
@jpms1500

“A big, beautiful wall” esas palabras dichas por Donald Trump durante su campaña detonaron una bomba de racismo, todos pensamos que serían los estadounidenses quienes mostrarían mayor odio sobre las minorías, pero en realidad los mexicanos lo hemos mostrado sobre nuestros semejantes.

México se convirtió en una enorme frontera que dividió a Norteamérica con el resto del continente, las noticias anunciaron que se cerraría la frontera sur y de una enorme concentración de migrantes que buscaban entrar a México.

El mayor logro de Trump fue hacer de México una frontera que detuviera la migración, buscando persuadir a las personas de no intentarlo ¿y qué podía hacer México? Siempre amenazado por lo que el gobierno estadounidense pueda hacer contra los paisanos.

Pero Trump y Peña Nieto ya no están, ha cambiado la configuración del poder y la diplomacia; el presidente Biden frente a la presión del presidente Obrador ha revocado restricciones al gobierno de Cuba, además de considerar permitir que esté en la Cumbre de las Américas; de lograrse esto último, es posible replantear la existencia de una Latinoamérica unida, posicionando a México de nuevo en un papel de liderazgo y como contrapeso del vecino norteño.

La dignidad mexicana se recupera, pero no será tan fácil recuperarse de ese racismo que se creó a raíz de las palabras de Trump y prosperado por la decadente clase media mexicana.

Hoy el problema es que los poblados más lejanos de las ciudades piden un mejor sector salud, nunca imaginamos que el buscar proveer de ese derecho provocaría una rabieta de médicos que buscan plazas en las grandes ciudades, pero que se han ofendido que mientras eso ocurre extranjeros obtengan trabajo donde ellos nunca considerarían ir.

Desde hace años, los centroamericanos han viajado a la frontera mexicana para participar en el trabajo de recolección en el campo, casi tres cuartas partes del total de los campesinos que realizaban la tarea eran de origen guatemalteco; poblados daban la bienvenida y trabajo a esos migrantes temporales sin que alguien se quejará de un grupo de agricultores extranjeros que les quitaran un trabajo.

Los mismos campesinos mexicanos que dan empleo al extranjero no presentarían molestia que un médico, sea cual sea su origen, se acercara a sus comunidades a darles un servicio que la aristocracia y el neoliberalismo les ha vetado.

El médico mexicano se queja, dicen que no hay vacantes… fueron desmentidos, dijeron que el pago es malo… se les aseguró un mejor sueldo, dijeron que no hay infraestructura… se planteó primero la necesidad de especialistas y entre queja y queja no han mostrado superioridad moral para tomar el trabajo.

Desde que se plantó la idea comunicativa que los migrantes eran malos, sumados a una despistada que se atrevió a hablar mal de los frijoles, se creó un estigma negativo de un grupo que hasta ese momento era invisible y que mejoraba la producción del país.

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