Tormenta en una noche de verano -Cuento erótico-

Por: José Luis Mendoza
¡Ok chicos, hasta mañana!. Presurosa Ariadna entró al ascensor. -¿Ya sales Miguel?- Sí, responde el joven mientras la alcanza. Se quedan en silencio mientras descienden.

Desde hace cinco años ellos trabajan en la boutique, ella como cajera, él como repositor. Ariadna era una chica simpática y alegre, siempre con esa chispa de entusiasmo en el modo de hablar. Sus altos tacones trataban de disimular su metro cincuenta y ocho de estatura; de cuerpo rellenito pero bien proporcionada. Casada desde hacía un año y medio, sin hijos, ya que su marido, comerciante, trabajaba todo el día y no quería niños hasta comprar el departamento propio. La chica se sentía confiada con Miguel, el único compañero de trabajo que jamás se le insinuó o trato de tirarse un lance.

El era un joven educado, gentil, siempre en disposición de quién lo necesitara. Miguel sentía un cariño especial por Ariadna y la trataba con respeto y cortesía, tal vez una manera de no admitir que se sentía atraído por ella, aunque estaba muy enamorado de su mujer y amaba a sus dos chicos.

Cuando salieron a la calle, una seguidilla de truenos los hizo elevar la mirada al cielo, al tiempo que comenzaba a llover, los relámpagos iluminaban por momentos toda la ciudad. Corrieron hacia la parada del bus pero la lluvia los obligó a buscar refugio. Ambos, jadeantes y riendo a carcajadas, se resguardaron en la entrada de un edificio, la lluvia se tornó en diluvio.

Como el quicio de la puerta era estrecho, se apoyaron de lado contra la puerta, él detrás de ella; no pudo evitar percibir su perfume suave, exquisito; cerró los ojos y aspiró lenta y profundamente, mientras el aroma iba estimulando sus sentidos.

Estaban empapados y comenzaba a sentirse frío. Un estremecimiento recorrió como latigazo a Ariadna, que buscando calor, instintivamente se apretó más contra el cuerpo de Miguel. Él sin pensárselo mucho la abrazó, mientras ella sintió un temblor interno seguido de un estremecimiento que la sacudió con fuerza, esta vez, no por la lluvia, sino por el contacto de aquel cuerpo.

De pronto ella reaccionó ¿Qué le estaba pasando? Giró apoyando la espalda y la cabeza contra la puerta. Miguel se quedó atónito mirándola; el rojo de sus labios resaltaba sobre lo blanco de su camisa que mojada, dejaba en evidencia el sostén rojo y los senos rosados.

De pronto el sintió un deseo irresistible de besarla. Ella percibió la situación y trató de esquivarla dándole la espalda. Miguel ya rendido a sus impulsos, frotó suavemente sus labios contra su melena, ella dominada por el deseo, agachó la cabeza exponiendo la nuca. Él la tomó por la cintura con ambas manos hundiendo sin recato el rostro entre sus cabellos mojados, besándola con pasión, le desnuda un hombro y lo recorre con su boca, lamiendo y apretando con los dientes, hasta llegar al cuello. La sensación le produjo a Ariadna pequeños cosquilleos eléctricos que recorren su espalda, sus muslos, llegando hasta el bajo vientre mientras un gemido escapa de su garganta. Sin más dejó caer la cabeza hacia atrás, mientras la mano de Miguel, rodea su cuello, recorriendo su garganta, sintiendo como ella traga saliva mientras acaricia el frágil cuello de arriba abajo, de abajo a arriba, con su palma. Con dedos temblorosos le toma la mandíbula, el pulgar e índice juegan con las comisuras de su boca que se entreabren un poco. Los dedos de Miguel tocan sus labios; mientras Ariadna trata de atraparlos para lamerlos y besarlos. Miguel recorre el flanco sinuoso y cuando llega al final de la falda, sube su mano por la cara interna del muslo, la ropa interior está empapada pero no necesariamente por la lluvia; acaricia el fino bello y busca alcanzar la cálida vagina.

Ariadna gira y ambos se funden en un beso apasionado, abrazados en un frenesí de caricias. Ella busca con desesperación la entrepierna palpando la tela del pantalón, mientras Miguel recorre con la mirada la calle desierta. Apoyándola contra la puerta saca el duro y palpitante miembro, lo acomoda entre sus piernas bien cerradas. Él besa sus senos y cuello con ansias mientras intenta penetrarla.

De pronto ella reacciona, se detiene -¡Miguel, Miguel!- Él no quería escucharla, mientras buscaba conquistar frenéticamente ese cálido espacio entre sus piernas. -¡Miguel! Paraaaaá!-
Él, cegado por la pasión, solo desea desesperadamente penetrarla, poseerla.

Ambos luchan por un momento entre el deseo y la razón, hasta que finalmente Ariadna suelta en llanto. Miguel por fin reacciona, se detiene y ve el rostro afligido, lloroso de la chica, ya no tenía la mirada pícara, alegre. Se había esfumado esa sonrisa luminosa. Se sintió profundamente conmovido, mientras la joven compungida lo mira diciendo: – ¿Qué estamos haciendo, Miguel? ¡¿Qué estamos haciendo?!…¡Ay no! ¡¿Por favor?!

Miguel se aparta asustado, por un breve espacio de tiempo había perdido la cordura. Se sintió asqueroso, una bestia salvaje.

-Perdona Ariadna, yo no quise…- Se quedó en silencio, el sabía muy bien que no era cierto, que el deseo se había incubado durante mucho tiempo y hoy había explotado. Ninguno supo qué más decir. Se arreglaron la ropa y casi sin despedirse, salieron con prisa cada uno rumbo a su hogar.

Miguel llegó a su casa, saludó a su mujer que sin quitar la vista del televisor, puso la mejilla y le tiró un beso al aire. -En la heladera tienes la comida, es lo que sobró del mediodía. Dale un toque en el microondas y servite-

Los chicos ya dormían. Miguel no quiso comer, se dio una ducha y se fue al dormitorio.
Ya acostado repasó lo sucedido. Se sintió apenado al recordar aquel rostro lloroso, pero también excitado. Se acurrucó acariciando la almohada, mientras un susurro sale de su boca; ¡Ariadna!

¡Hola! Me retrasó la lluvia, le dice Ariadna a su esposo, quien hace una mueca de fastidio y continúa durmiendo. Ella se duchó y fue directamente a la cama. Sin poder dormir, no puede evitar recordar lo sucedido. Se siente avergonzada. En su piel todavía percibe la sensación de aquellos brazos fuertes, ese torso musculoso y ese miembro erecto. Su boca aún saborea aquella boca ansiosa. Todo su cuerpo sediento de caricias y besos, se sacude ligeramente mientras va sintiendo como se lubrica su vagina. Sacude la cabeza queriendo deshacer aquellas imágenes. Se vuelve hacia su esposo, lo abraza y sus manos inquietas buscan bajo el pijama. Encuentra un miembro flácido, indiferente y pequeño. Comienza a sobarlo. Su marido le quita la mano bruscamente al tiempo que vocifera… -¡ Por favor Ara! ¡Estoy rendido y mañana debo madrugar! Ella se siente ofendida, se da la vuelta, no quiere dormir, recuerda cada momento mientras la emoción la va envolviendo de nuevo. Suspira, al día siguiente inevitablemente volverán a verse.

Buenos Aires, Argentina

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