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Por: Pablo Meléndez
@jpms1500

Te invitan a una fiesta a la que vas junto a un amigo; tu anfitrión y el resto de los invitados son argentinos y españoles (eres el único mexicano) vas animado con ganas de ampliar tu círculo social.

Entras por la puerta a un departamento slim pero el anfitrión te intercepta y te dice: ¿podrías hacer guacamole?

Te asombras un poco, pero por cortesía dices que sí… lo preparas de la manera más artesanal y lo llevas a la mesa donde ya todos ríen (ya te has perdido algo de la conversación), te sientas en el último sitio algo arrinconado y cerca de la cocina, buscas ponerte al corriente y buscas acoplarte a la plática, te la empiezas a pasar bien hasta el momento en que el anfitrión te dice: ¿puedes hacer más?

Pasan algunas horas y te tienes que ir a trabajar, por lo que te acercas al anfitrión le agradeces la invitación y le comentas que ya te tienes que ir, sin levantarse ni descuidar al resto te sonríe y te señala la salida, te retiras un poco incómodo escuchando detrás como sigue la fiesta mientras te alejas.

Al día siguiente te dicen lo genial que fue la fiesta y que se extendió a un club nocturno en el que bailaron. Tu “amigo” te mira a los ojos y agrega: “el guacamole es sencillo de preparar, lo interesante es tener un mexicano haciéndolo en tu casa” y tiene razón.

Han pasado 6 años y no he vuelto a saber de ellos. Fue una triste y desafortunada experiencia que me hizo apreciar mejor la cruda realidad de un mexicano frente al mundo que está inundado de prejuicios.

Pero ¿Cómo defenderte de ello? No nos podemos encerrar, no nos podemos apartar de ese mundo ni cerrarle las puertas, pero existe y muchos de nosotros lo tenemos que enfrentar día a día, al punto de que nuestro propio presidente ha sido acosado con ese mismo estigma.

“Era el quien traería el guacamole a la cumbre” se le ocurrió decir al presentador nocturno Jimmy Kimmel como broma de la ausencia de AMLO a la Cumbre de las Américas, una protesta de que no fueran invitados todos los países americanos.

Existe el racismo entre mexicanos, también entre centroamericanos y latinoamericanos; pero estos hechos no pueden tapar el racismo del que somos víctimas sólo y por el simple hecho de tener una piel no blanca.

Pero a qué punto puede llegar el odio por el otro, el conductor que desprecia al motociclista y al ciclista; la mujer con ropa de marca frente a la señora con ropa típica; el panista frente al morenista; Lilly Téllez usando como insulto el nombre de un vagabundo.

Peor aún, el mexicano que frente a un insulto racial se fraterniza con el blanco que lanza el insulto y no con su compatriota del que incluso busca no ser relacionado para no ser víctima por igual.

Así actuamos y nos desarrollamos siendo despreciados y buscando despreciar a otros para evadir la realidad de nuestra posición social.

Y ustedes ¿cómo han dañado a los demás?

Por Columnas

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