Santa Lucía es una realidad, mientras la derecha sigue llorando por un sueño: El NAIM

Llorando por un sueño

Como analogía del estado de satisfacción artificial que generaba la droga llamada SOMA dentro de la trama de la novela publicada en 1932 por el escritor británico Aldous Huxley, “Un Mundo Feliz”, la expectativa creada por la construcción del aeropuerto de Texcoco, anunciada e iniciada durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, mantuvo a una buena cantidad de mexicanos flotando en la borrachera emocional del primer mundo, y a un pequeño grupo de personas muy afortunadas en los parámetros neoliberales, entusiasmados profundamente con la enorme fortuna que estaban por hacer a través de contratos, concesiones y negocios inmobiliarios de gran calado.
Sin embargo, para la mayoría de los ciudadanos que no estaban incluidos en el negocio, o para los que tomar un avión no es materia aspiracional, era evidente que el proyecto podría causar más daño que beneficio aunque no se conocía bien el fondo del asunto, pero se percibía.

Hoy el Secretario de Comunicaciones y Transportes presentó un informe detallado de las razones y causas que motivaron la cancelación del faraónico aeropuerto y, a pesar de que ya nos estamos acostumbrando a la magnitud de la corrupción que se aplicaba en los negocios del gobierno anterior, no dejan de ser sorprendentes los montos involucrados, la forma en que intentó llevar a cabo el negocio y los “beneficios” que le aportaba a la sociedad.
En resumen y en cifras gruesas, en el aeropuerto de Texcoco se iban a gastar seiscientos mil millones de pesos (32,500 millones de dólares aproximadamente), el sistema aeronáutico iba a contar con un solo aeropuerto de 2 pistas en 2024, las mismas que ya tenemos hoy en el aeropuerto “Benito Juárez” y, en teoría, con otras 4 pistas para el 2029.

En el nuevo proyecto, se van a invertir setenta y dos mil millones de pesos (3,890 millones de dólares aproximadamente), el sistema aeronáutico va a contar con un aeropuerto nuevo (aeropuerto “General Felipe Ángeles” de Santa Lucía), uno remodelado y ampliado a 3 terminales (aeropuerto “Benito Juárez”) y otro acondicionado (aeropuerto de Toluca) y 6 pistas en el 2021; este proyecto tiene un costo adicional de cien mil millones de pesos (5,400 millones de dólares aproximadamente) que corresponden a pagar los adeudos contraídos por el gobierno de Peña Nieto para poder cancelar el aeropuerto de Texcoco. El total invertido para contar con 6 pistas y atender a 130 millones de usuarios al año será de 9,300 millones de dólares aproximadamente, en lugar de los 32,500 millones de dólares que nos iba a costar tener más o menos lo mismo. Es decir, nos va a costar una cantidad equivalente al 28.6% de lo que nos íbamos a gastar y vamos a contar en 3 años con la misma infraestructura aeronáutica que tendríamos dentro de 11 años, incluso pagando la liquidación del desastre financiero que dejó el proyecto del gobierno anterior y que, por cierto, es lo que nos va a costar más caro. Como si esto fuera poco, las obras de remodelación y desarrollo de la tercera terminal del aeropuerto actual en ciudad de México se van a iniciar en breve para incrementar la capacidad de atención de usuarios y la comodidad en el uso de las instalaciones que ya existen; para esto no va a haber que esperar hasta el 2024 como hubiera sucedido con la construcción del aeropuerto de Texcoco.

No solamente nos estamos ahorrando más de cuatrocientos mil millones de pesos (21,622 millones de dólares aproximadamente), sino que se evitó un desastre ecológico de enormes proporciones alrededor del lago de Texcoco que ahora se convertirá en un área verde que servirá de pulmón para la ciudad de México y su zona conurbada, sin mencionar que se evitó también un gran desastre de sobrepoblación y congestionamiento urbano en la zona Oriente de la ciudad, donde lo que menos falta hace es aglomerar desarrollos sin planeación.

El Mundo Feliz del negocio de Texcoco es tan emblemático como la cereza del pastel de corrupción desarrollada en los últimos cuarenta años en México; la corona de flores sobre la testa de la reina de la primavera neoliberal. El reparto del botín venía vestido de contratos entregados por asignación directa que permitían revaluación en los trabajos que se iban a realizar, la contratación innecesaria de deuda pública multimillonaria con organismos financieros privados, la entrega del control de la institución que iba a administrar el aeropuerto, el inicio de obra sin contar con proyecto ejecutivo, la prolongación eterna de los compromisos financieros del gobierno con financiadores privados y, en fin, un bonito paquete por medio del cual se iban a repartir alrededor de veintidós mil millones de dólares entre los cuates y que íbamos a pagar todos los mexicanos.

Pero el negocio grande no estaba en el aeropuerto, sino en el desarrollo inmobiliario que se llevaría a cabo a su alrededor, donde un buen número de políticos, empresarios y miembros de sus pandillas habían comprado terrenos a 40 pesos por metro cuadrado, mismos que iban a vender a 350 dólares por cada metro cuadrado una vez que el aeropuerto avanzara en su construcción. Ahí estaba el dinero grande.

No es de extrañar que la reacción que hemos visto de este grupito de saqueadores sea equivalente a lo que se podría experimentar en una extracción sin anestesia de un tumor canceroso, analogía precisa de lo que hizo el gobierno cancelándoles la fiestecita de despedida. Algunos otros que solamente se iban a beneficiar aspiracionalmente y que sirven de tontos útiles a los que están enojados por haber perdido el negocio de sus vidas, lloran sobre la pérdida de un espejismo de opulencia del que sus personitas psicológicas iban a poder disfrutar hasta dentro de once años.

Por @AkireLincho