¿Pues qué hacían con el dinero?

En el sexenio de Peña Nieto el presupuesto del gobierno no alcanzaba. Por esa razón esa administración contrajo deuda adicional a la que recibió del sexenio negro de Calderón, por una cantidad de 5.5 billones de pesos, es decir, cinco y medio millones de millones de pesos.

Como la suma de todos los impuestos recabados y de esos 5.5 billones de deuda pública adicional adquirida todavía no les alcanzaba para financiar sus gastos, aumentaron el precio de los combustibles varias veces y le incrementaron los impuestos a esos productos.

Entonces no se entregaban apoyos económicos a los 8 millones de adultos mayores, ni ayudas al millón de niños con discapacidad, ni becas a los 11 millones de estudiantes que hoy las reciben, ni le pagaban un salario mínimo a millón y medio de jóvenes por trabajar como aprendices para retirarlos de la delincuencia organizada, ni apoyaban a los deportistas y sus entrenadores.

Tampoco pagaban más de 400 mil jornales a campesinos que cultivan hoy la tierra en el programa Sembrando Vida, ni entregaron 3 millones de apoyos económicos a pequeños propietarios, pescadores, pequeños ganaderos para impulsar la producción.

Salvo por el palacio de la corrupción representado en el aeropuerto de Texcoco y en el tren México-Toluca que dejaron tirado, no desarrollaron grandes proyectos de infraestructura como el Tren Maya, el Transísmico y la refinería de Dos Bocas, ni restructuraron las 6 refinerías que estaban en ruinas y que hoy están ya produciendo 30% más de lo que refinaban.

¿Pues qué hacían con el dinero?

Hoy resulta sorprendente que sin contraer deuda adicional, este gobierno no solamente esté llevando a cabo todos los programas de apoyos y desarrollo que mencioné, sino que además haya tenido que terminar cientos de hospitales que habían dejado inconclusos, comprar miles de ventiladores pulmonares, capacitar e integrar a 40 mil médicos y a miles de enfermeras más, para enfrentar una pandemia de enormes proporciones en todo el mundo.

¿De dónde está sacando tanto dinero el gobierno de México para solventar todos estos gastos sin endeudarse, sin subir los impuestos ni los precios de los combustibles?

Sucede que el proyecto del gobierno consistente en combatir la corrupción y funcionar en un esquema riguroso de austeridad, que al principio parecía ser un propósito imposible de cumplirse, está funcionando.

El gobierno federal está siendo capaz de liberar fondos que estaban enredados en las prácticas dispendiosas de los gobiernos anteriores, otros que se perdían en las contrataciones y compras con proveedores mañosos, en cobrar una enorme cantidad de dinero que los grandes causantes debían en impuestos atrasados, además de llevar una administración austera y ordenada, a fin de que el dinero alcance para todo.

Así, de las compras y contratos otorgados a proveedores, el gobierno ha ahorrado 1.3 billones de pesos; de la disminución en el gasto corriente que es lo que nos cuestan los sueldos, las rentas y demás gastos del aparato gubernamental, se han ahorrado 560 mil millones de pesos más y en impuestos atrasados que no pagaban los grandes contribuyentes morosos y otros no tan grandes, que vivían de comprar facturas falsas, se han recuperado 650 mil millones de pesos más.

Si a esto le agregamos el manejo pulcro y cuidadoso de los fondos del presupuesto, ahora sabemos que sí alcanza para ir construyendo un desarrollo incluyente en nuestro país, sin tener que seguir embarcados en una deuda impagable a nuestros hijos y a nuestros nietos.

Solo de pensar que nos podría haber tocado vivir esta pandemia en los sexenios de Fox, Calderón o Peña Nieto, nos invade la angustia. La pandemia de juguete que vivimos con Calderón, en la que no se tuvo que cerrar la economía y en 3 meses se había esfumado, nos costó 38 mil millones de dólares ese año, entre un crédito de 5 mil que contrajo este presidente espurio y un punto porcentual que tuvo a bien subirle al IVA. Tenemos mucha suerte de no tener a alguno de estos subnormales ocupando hoy la presidencia.

Como dice el proverbio judío: “Cuando la suerte entra, ¡ofrécele un asiento!”.