Oposición en la cuarta transformación

Por: @HectorAtarrabia
Lo que da sentido y sustento a una agrupación política, llamémosla partido, es la adhesión manifiesta de sus integrantes a una serie de postulados, llamémoslos plataforma política, que conforman la visión de estado, sus acciones y objetivos, que esos integrantes consideran conveniente para la región o país.

Dicho de otra manera: un grupo de personas que piensan que un gobierno organizado de cierta manera, que realice ciertas acciones para administrar y dirigir el bien común de una sociedad humana, se articulan en una organización, que puede llamarse “partido”, para buscar concretar en la realidad esas ideas a través de hacerse con el poder gubernamental por diversos medios. De esos medios, el legal en México son las elecciones.

Los ciudadanos, con base en esas ideas, elegimos a quienes deben llevar a cabo las acciones para que sus postulados se verifiquen en la realidad nacional, con efectos en la vida de todos y cada uno.
Por supuesto, ocurre que observamos que, o no eran ciertos los postulados, o no eran las personas adecuadas para efectuarlos, y esos dos factores se aúnan a las plataformas a fin de decidir nuestro voto futuro.
Oposición significa, en este ámbito político, mantener una adhesión a una forma diferente de organizar y administrar al país, a la que en ese momento hayan elegido la mayoría de los ciudadanos. Sea esa mayoría relativa, como es común, o absoluta, como la ocurrida en nuestras elecciones del 2018.
Ahora bien, las proyecciones actuales muestran una fuerte tendencia a que el movimiento con el que el actual gobierno llegó a la presidencia gane la mayoría de las elecciones estatales del 2021 y las federales que crearán la LXV legislatura.
Surgen entonces varias preguntas ¿entramos en un nuevo periodo de “partido aplanadora”? ¿Partido de estado? ¿Qué significa “oposición” en estas circunstancias?
Bien, comencemos con la más pertinente aclaración. Hay un movimiento nacional aglutinando a personas de la más diversa procedencia e ideología, que se constituyó en “partido” a fin de realizar una gran revolución pacífica que ya resultaba inaplazable. El motor de esa revolución es el hartazgo de la mayoría de la población provocado por la pobreza, la corrupción y la inseguridad, consecuentes estas con la extrema codicia de un pequeño sector del país y sin lógica en relación con la riqueza de México, su historia y las capacidades y anhelos de su población.
En este sentido, no se trata de un partido aplanadora, sino de una gradual extensión pacífica de esa revolución que busca, ante todo, una regeneración del tejido social. Es por ello que está destinada a ser efímera en la medida que se alcancen los objetivos que la gestaron. Al ser uno de sus fundamentos la real división de poderes políticos y su independencia del poder económico, no aspira a ser un partido de estado. Aspira a terminar con la corrupción, con la absurda e injusta miseria en la que viven la mayoría de nuestros ciudadanos, que, lejos de ser “ninis”, trabajan de forma excesiva en comparación a la comunidad mundial, y reciben muy poco en esos mismos términos comparativos, creando una sociedad inestable, insegura y violenta alimentada por la codicia de unos y la desesperación de otros. Inseguridad que también es su aspiración terminar.
Para ello, es indispensable que la gente que participa activamente en el movimiento jure no mentir, no robar y no traicionar.
Así, no sorprende que, hacia el interior del movimiento, existan diferentes maneras de entender tanto el pacto social como la administración y existan diferentes postulados sutil o abruptamente diferentes. Eso, culminados los objetivos primarios, serán las semillas de una política verdaderamente partidista futura donde haya, en lo político, gobernantes y oposición.
Esto de ahora, no lo es. Ello debido a que en la mal llamada “oposición”, ni siquiera hay partidos. Son empresas profundamente corruptas formadas por gente codiciosa e individualista que solo buscan acrecentar su fortuna personal. Basta echar una mirada a los “postulados” de sus “plataformas políticas” (la del PAN, por ejemplo afirma que “combate a la pobreza y la desigualdad social” o que quiere “Establecer programas específicos para los niños de la calle, con el objeto de dotarlos de servicios y atención básica, que permitan su reinserción paulatina a la sociedad” cosas que, sabemos, no pueden ser más lejanas a los pensamientos y obras de sus miembros) para darse cuenta que son documentos vacíos, meros requisitos para el INE, sin parecido con la realidad. No son “partidos”, son mecanismos de dominación prohijados por un pequeño grupo de personas que han acumulado riquezas fabulosas y que quieren al poder político supeditado al poder económico, aspirando a volver a las estructuras coloniales del siglo XVIII, manteniendo a sus esbirros en la fantasía de que con trabajo y esfuerzo llegarán a ser como ellos.

Estamos ante un cambio radical de régimen, de una plutocracia a una democracia. La oposición se gesta dentro del movimiento social, la “oposición” actual no lo es, son los residuos del viejo régimen inaceptable resistiéndose a desaparecer.
La parte más riesgosa es la de aquellos que han mutado sus formas sin cambiar su fondo. De esos también hay adentro del movimiento, pero sabremos reconocerlos y aislarlos.
©HéctorAtarrabia2019

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