Morena necesita ser creativo, serio y generoso. Que sepa decirse la verdad. Que sepa perdonar. Que sepa volver al centro de su causa: el pueblo.
Hay países donde la izquierda fue gobierno y ahora es advertencia. Bolivia, por ejemplo, que alguna vez fue vanguardia del sur, hoy se acerca peligrosamente al abismo del retroceso. ¿Por qué? Porque olvidaron que las diferencias no deben ser trincheras, sino puntos de partida para el consenso. Porque confundieron el derecho a disentir con la obligación de fracturarse.
La derecha, doctrinaria y vertical, sigue banderas sin cuestionar demasiado. En cambio, la izquierda, formada en la idea de que todos tenemos voz y voto, suele enredarse en su propio coro de opiniones, hasta que ya nadie escucha al otro; sin embargo, es la unidad, no la uniformidad, lo que construye historia.
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A veces (más de lo que nos gusta admitir), nuestras divisiones no nacen de verdaderas posturas ideológicas, sino de cuentos. Sí, cuentos que nos contamos entre nosotros, cuentos con nombre y apellido, con pasados que pesan, con protagonismos que duelen. Y cuando eso ocurre, los movimientos se enredan en su propio relato.
Como escribió León Felipe:
“Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.”
También dentro de la Cuarta Transformación, hermano, se han inventado cuentos cuentos. Cuentos que nos separan. Cuentos que disfrazan el ego de principios. Cuentos que huelen más a rencor que a razón. Cuentos que nos debilitan justo cuando más necesitamos unidad.
Pero no nos confundamos: el talón de Aquiles del 2027 no será el adversario político, será la desunión interna.

Se aproxima un ciclo electoral local donde las candidaturas pueden ser el campo de batalla no entre partidos, sino entre camaradas. Donde los estados se disputen no por proyecto, sino por ego. Donde los municipios se llenen de ruinas porque nadie quiso ceder.
Necesitamos recordar que somos más fuertes cuando cerramos filas, no cuando abrimos heridas. Que una grieta puede convertirse en arte si se repara con oro, como el kintsugi japonés. Que la política es, en el fondo, el arte de la compostura: de componer voluntades, visiones y hasta diferencias.
A nuestra militancia le hace falta, quizá, un poco más de la prueba cuádruple que enseñan en el rotarismo:
¿Es verdad?
¿Es equitativo para todos los interesados?
¿Creará buena voluntad y mejores amistades?
¿Será beneficioso para todos los involucrados?
Desde esta trinchera, desde esta columna que es más cuaderno que púlpito, hago un llamado honesto, directo, fraterno: que cualquier diferencia se dialogue, que toda ofensa se repare, que no entreguemos nuestras victorias al capricho del ego ni al veneno de la desconfianza.

México necesita un pueblo unido, creativo, serio y generoso. No de buenas intenciones, sino de acuerdos útiles. Que sepa decirse la verdad. Que sepa perdonar. Que sepa volver al centro de su causa: el pueblo.
Porque sin pueblo, no hay movimiento; y sin unidad, no hay victoria.
Por: Leo Collado| Político y poético
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