El llanto de Loret es el grito desesperado de un operador del PRIAN que se ve arrinconado por una sociedad que ya no compra sus mentiras.
En el México de la transformación profunda, donde el pueblo ha despertado de un prolongado letargo mediático y ha comenzado a ejercer una ciudadanía crítica y activa, aún resisten algunos resabios del viejo régimen. Uno de ellos es Carlos Loret de Mola, pseudoperiodista al servicio de las élites, quien lejos de ejercer el periodismo con ética, ha convertido su micrófono y su pluma en instrumentos de desinformación, espectáculo y sabotaje contra los gobiernos populares. Hoy, en su papel más reciente, pretende presentarse como una víctima de persecución política por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum. Pero los hechos, como siempre, lo contradicen.
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Loret de Mola ha sido protagonista de una larga serie de escándalos y montajes que han dañado la credibilidad del gremio periodístico y han hecho un daño irreparable a personas inocentes. Uno de los casos más infames fue el montaje televisivo del caso Florence Cassez en 2005, cuando en complicidad con autoridades federales, Televisa, empresa donde trabajaba, recreó un operativo falso para exhibir a presuntos secuestradores. Este episodio dejó claro que para Loret, la verdad es irrelevante si puede obtener rating y servir al poder de entonces.
Desde entonces, su credibilidad se ha desplomado entre los sectores más críticos de la población. No obstante, los intereses que representa lo han sostenido en plataformas como Latinus, medio financiado en la opacidad, sin estructura periodística reconocible, pero con una clara línea editorial: golpear, a como dé lugar, al movimiento de la Cuarta Transformación, a sus líderes y a sus políticas. En este marco se inscribe el reciente episodio donde Loret, fiel a su estilo, montó una nueva escena en la que supuestamente fue víctima de gases lacrimógenos en una manifestación.
En esta ocasión, el circo incluyó imágenes de humo, testimonios forzados y un relato melodramático que en cualquier democracia crítica sería motivo de burla. ¿Cuál fue el objetivo? Victimizarse, generar ruido mediático, desviar la atención de los verdaderos debates del país y culpar, sin pruebas, a la presidenta Claudia Sheinbaum. Según él, las críticas y el repudio ciudadano a su persona tienen “el sello” del poder presidencial. Nada más lejos de la realidad. Loret no es víctima de un aparato estatal; es el blanco legítimo de una ciudadanía harta de sus mentiras y montajes.

Hoy, con una sociedad más informada, más crítica y más activa políticamente, la mentira tiene las patas más cortas que nunca. Loret de Mola no es perseguido por el gobierno; es cuestionado por el pueblo. Es el rechazo masivo en redes sociales lo que lo tiene acorralado. Es el apodo #LordMontajes lo que sintetiza el hartazgo de millones de mexicanos que ya no están dispuestos a permitir que personajes como él manipulen la realidad a su antojo.
El verdadero periodismo debe servir al pueblo, no a los intereses empresariales ni a la nostalgia de los privilegios perdidos por una minoría. Y lo que representa Loret de Mola es justamente eso: la voz de quienes perdieron sus contratos millonarios con el Estado, los medios de comunicación que se beneficiaban de la publicidad oficial sin rendir cuentas, y los periodistas que jamás conocieron el rigor ni la ética profesional.
Su reciente berrinche mediático ante la presidenta Sheinbaum busca colocarlo como mártir. Pero los mártires luchan por una causa justa; él simplemente llora porque el México del pasado se le escapa de las manos. Es sintomático que Loret no pueda salir a la calle sin ser increpado por los ciudadanos. Eso no se fabrica desde Palacio Nacional; eso es el resultado de una acumulación de mentiras, montajes y campañas negras que ya no tienen cabida en el México que estamos construyendo.
El uso de plataformas como Latinus para disfrazar guerra sucia de “periodismo de investigación” forma parte de un modelo de comunicación que se resiste a morir. Es un periodismo sin rostro, sin transparencia, sin códigos, pero con abundante financiamiento de dudoso origen. Que Loret y su equipo sean financiados por intereses ligados al viejo régimen como ha sido documentado en múltiples espacios debería ser motivo de profunda alarma para cualquier sociedad democrática.

En este nuevo escenario político encabezado por Claudia Sheinbaum, donde se busca una comunicación más directa con el pueblo, sin intermediarios corruptos, personajes como Loret de Mola simplemente no tienen cabida. No porque se les silencie, sino porque se les ha desenmascarado. El pueblo, hoy más que nunca, distingue entre la crítica legítima y la manipulación vulgar.
En suma, el llanto de Loret no es por la libertad de expresión, es por la pérdida de privilegios. Es el grito desesperado de un operador del viejo régimen que se ve arrinconado por una sociedad que ya no compra sus mentiras. Por eso, más que nunca, debemos fortalecer el derecho a la información veraz, el periodismo con compromiso social y la soberanía mediática. Porque mientras existan “comunicadores” que viven del montaje, el pueblo tiene el derecho y la responsabilidad de alzar la voz, de ejercer la crítica y de no permitir que se reescriba la historia a base de humo.
Por: Héctor Zariñana
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