Más gises, menos balas

LA CUERDA FLOJA
Más gises, menos balas

León Fernando Alvarado
@feralva61

“Cada chavo que se rehabilita es uno menos que te roba el acumulador o el estéreo o los espejos de la camioneta, uno menos que te “tumba” el reloj o la bici o los tenis en la calle”, dijo Mario G.

Nada nuevo se revela al afirmar que la violencia actual es producto de la falta de oportunidades y del olvido en que se tuvo a los jóvenes. Pero el pueblo es sabio y bueno -aunque a algunos les dé risita la expresión- y cuando la perseverancia de los gobiernos se enfoca a borrar las huellas del saqueo más que a atender las necesidades de la sociedad, la gente es capaz de generar espacios de convivencia para ayudarse a sí misma.

“Sólo el pueblo salva al pueblo”, se dice. Los argumentos son buenos, pero la realidad es mejor cuando se trata de verificar la validez de una propuesta. Y aquí se cuentan historias reales de gente ayudándose entre sí*.

Colonia León II, barrio obrero con problemas de violencia en las calles y adicciones entre los jóvenes. José N encontró una forma de alejar a un grupo de adolescentes de esa situación. Integró una banda de guerra con unos treinta adolescentes, hombres y mujeres, de su colonia.

La banda se presenta en actos cívicos de escuelas, en los Honores a la Bandera, en peregrinaciones, en las procesiones del santito de la parroquia, y en desfiles. José guarda los tambores y las cornetas en una pequeña bodega cuyas ventanas y puertas carecen de vidrios y se tapan con cartones porque, ubicada en un terreno donde las pandillas zanjan sus diferencias a ‘rocazos’, eran rotos con frecuencia y no tenía caso reponerlos una y otra vez. Si a José le llegan rumores de que algún muchacho del grupo bebe o se droga, lo suspende de la banda, habla con el muchacho y con los papás. Es decisión del joven, que casi siempre prefiere retomar su sitio en la banda.

Otro. Juan N fue profesional en dos deportes: el futbol (jugó con el Unión de Curtidores en 2ª. División) y la lucha libre. Si no brilló a grandes alturas, sus destrezas físicas le bastaron para mantener a su familia. Ahora, ya retirado, se dedica a entrenar en futbol a niños y niñas de diez a quince años que reúne en la unidad deportiva de la colonia León II.
Solicitó el apoyo de uniformes y balones a la administración municipal panista y por sus gestiones sólo obtuvo un par de balones usados, para que los niños no corrieran el riesgo de acostumbrarse a recibir gratis las cosas. Pidió también que no se cobrara a los niños la entrada a la unidad, porque cinco pesos diarios son un gasto para sus familias; tampoco lo consiguió. Es entendible, porque los servicios municipales deben cobrarse sin miramientos para que nadie se equivoque pensando que el Municipio está para apoyar a la gente cuando en realidad su única obligación es facilitar los negocios de sus allegados. Así, a cambio del pago de su entrada, los niños pueden disfrutar cómodamente de las canchas de tierra con porterías sin redes. ¿Qué más querían?
A veces, antes de comenzar el entrenamiento, los niños deben limpiar el baldío que simula ser la cancha, llena de vidrios y piedras porque es terreno de batallas campales entre pandillas. Igual, si Juan sabe que los muchachos andan en las pandillas, los separa de los equipos hasta que abandonan las bandas. Por el momento, el orgullo de Juan son tres: dos jóvenes que estudian la Vocacional en el Politécnico y uno más juega profesionalmente con un equipo de 3ª. División.

¿Otro? Aquí va. Martín es un danzante. Se fue un tiempo a trabajar en Estados Unidos. A su regreso a León formó su grupo de danzas autóctonas en Cañada de La India, zona de muy alta marginación, con unos treinta jóvenes de veinte a treinta años. Las vestimentas de los integrantes son eclécticas, mezcla de las culturas indígenas del altiplano con las de las etnias del desierto norteamericano; el mismo sincretismo se advierte en la música, donde hay teponaztles y ocarinas junto a instrumentos modernos y una buena sonorización. Es un grupo profesional que se presenta en atrios de las iglesias, en kermeses parroquiales o a la cabeza de peregrinaciones. Lo que se cobra se invierte en transporte, alimentación, confección de vestimenta e instrumentos.
Misma estrategia: cuando Martín sabe o ve que algún integrante –hombre, mujer- anda de ‘tinaco’ (inhalación de thinner), o con el ‘muñeco’ (estopa impregnada con agua de celaste), o con el ‘flan’ (bolsa con pegamento para calzado), lo suspende del grupo. La sobriedad es el único requisito para pertenecer al grupo. Los integrantes prefieren danzar a drogarse.

La última. Mario G. participa en el centro de rehabilitación para enfermos de alcoholismo y adicciones Rey de Reyes, uno de los llamados “anexos”. Mario no espera que los jóvenes acudan al anexo, él sale a buscarlos. Los ha encontrado en el lecho embovedado del Arroyo del Muerto, donde se reúne un grupo de unos treinta muchachos que van y vienen al grupo. En el lugar conviven, duermen en colchones arruinados, comen, se drogan. Mario comparte con ellos alimentos que los encargados preparan usando una botella de cloralex cortada a la mitad como pala de cocina. Unos llevan tortillas, otros ponen los refrescos, todos comen de la olla común.

Mario G. solicitó apoyo al Municipio para instalar talleres de herrería, de carpintería o de fabricación de calzado. Pero Mario es pobre, no tiene estudios, es moreno, en fin, todas las agravantes para que el gobierno panista no lo atienda. ¿Resultado de sus gestiones? Ninguno, porque el Municipio tiene su propio programa de atención a jóvenes, donde se trabaja de lunes a viernes en horario de 9 a 5. Lo único malo de esto es que las adicciones no tienen horario ni fecha en el calendario para presentarse. El programa municipal ha conseguido que algunas bandas firmen pactos de no agresión o que participen en encuentros de futbol entre bandas, pero eso es nada para detener el consumo. Mario G dice que sólo la rehabilitación y las oportunidades de trabajo disminuirán la delincuencia.

A lo mejor, tiene razón. Quién sabe si una casa de cultura, dotada con cincuenta maestros de guitarra, corte y confección, literatura, pintura, repostería, escultura, computación, dibujo, etcétera, pueda tener mayor impacto que una comandancia de policía con cincuenta elementos pertrechados con escudos, cascos, toletes, armas de fuego. Más educación, cultura, recreación, deporte, oportunidades de estudio y de trabajo darán como resultado menos violencia, delincuencia, robos, asaltos y motivos de preocupación. Por eso, más gises, menos balas. Más guitarras, menos metralletas.

*Las historias presentadas se reportearon in situ. Algunos nombres propios fueron cambiados. Las colonias y el anexo mencionado existen en la ciudad de León.

León Fernando Alvarado. Docente, narrador y periodista. Tiene publicados una novela y un libro de cuentos, además de narraciones y columnas periodísticas en diversos diarios y revistas. Premio Nacional de Cuento León 1987 (Jurado: José Agustín, Armando Ramírez y Rafael Ramírez Heredia). Premio Estatal de Periodismo Guanajuato 2012, categoría Reportaje.

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