Textos y Contextos

Por: Miguel Alejandro Rivera
@MiguelAleRivera

Desempleo, pobreza, una devaluación enorme por la que el Fondo Monetario Internacional le ofreció un préstamo de 30 mil millones de dólares, muy parecido a lo que sucedió con la Argentina de Mauricio Macri en su periodo de 2015-2019… así era el Brasil que dejó el entonces presiente Henrique Cardoso a su sucesor, Luiz Inácio Lula da Silva, quien tomó por primera vez el gobierno de su país en 2003, para así gobernar hasta 2011.

Dos fueron los procesos que ganó el más importante líder que ha tenido el Partido de los Trabajadores en el país más extenso de América Latina. Ante el escenario caótico que su antecesor le había heredado, Lula tomó la bandera de la izquierda para beneficio de la población, con una administración contraria a lo que creían sus detractores, tanto entonces, como ahora, que le acusan de radical en temas políticos, económicos y hasta religiosos.

En su primer mandato, la receta de Lula fue reducir el gasto, pagar la deuda, austeridad en la burocracia y favorecer a los emprendedores. Contraviniendo la imagen de radicalidad de la que, de suyo, se juzga a la izquierda, Da Silva abrió Petrobras, la empresa estatal de petróleo en Brasil a un modelo mixto de inversión con la iniciativa privada. “Petrobras rompió su monopolio, hubo un cambio en la Constitución y Petrobras se transformó en una empresa de economía mixta. Tiene acciones en la Bolsa de Nueva York, entre los trabajadores brasileños y el gobierno con el 38%”, dijo el ahora presidente electo en 2011, en las postrimerías de su segundo periodo presidencial.

Lula miró en la riqueza de la materia prima brasileña importantes oportunidades, sobre todo para la exportación; en 2003, Brasil vendía a China bienes por 4 mil millones, y la cifra aumentó a 46 mil millones en 2013, según datos del FMI; el grano de soja, el mineral de hierro y el petróleo correspondieron al 79% de lo exportado al mercado chino, según informa Agencia Brasil.

Cuando Lula concluyó su mandato, había una economía en auge, una tasa de desempleo inferior a la de Estados Unidos o Alemania; asimismo, según cifras del Banco Mundial, entre 2001 y 2011, el PIB per cápita de Brasil creció 32 por ciento, la desigualdad disminuyó un 9,4 por ciento y el índice de personas en situación de pobreza y pobreza extrema se redujo a la mitad… Lula concluyó su mandato con aceptación oscilante entre el 82 por ciento.

Con la balanza comercial a su favor y ante una creciente industria tecnológica, como la aeronáutica, Lula da Silva echó a andar programas de bienestar social como Bolsa Familia, con el que desde 2003, y con un gasto del 0,5% del PIB, sacó a millones la pobreza y pobreza extrema (solo en 2017 a 3,4 millones y a 3,2 millones respectivamente, según un estudio que refiere), mitigó la inseguridad alimentaria y la desigualdad, aumento la escolarización, redujo los embarazos juveniles, mejoró la salud, creó empleos, etcétera. “Es una maravillosa inversión, la sociedad gana multiplicado lo que invierte con el programa”, aseguró el economista Rodrigo Zeidan tras enumerar estudios académicos que avalan esos logros, según referencia el diario El País.

Asimismo, Paul Wolfowitz, expresidente del Banco Mundial, declaró alguna vez: “Bolsa Familia ya se ha convertido en un modelo muy elogiado de política social efectiva (…) Todos los países del mundo están aprendiendo una valiosa lección de la experiencia de Brasil y tratando de lograr los mismos resultados para su propia gente”.

Bolsa Familia era un programa interesante porque otorgaba apoyos mensuales directos a unos 15 millones de brasileños, quienes gracias a ese ingreso lograron reducir la brecha en desnutrición y la mortalidad infantil, así como el aumento de escolaridad de los sectores más desprotegidos de Brasil.

Sin embargo, en octubre de 2021, Jair Bolsonaro, quien perdió las últimas elecciones ante Lula, anunció en octubre de 2021 el fin de Bolsa Familia y aunque dijo que sería sustituido por otro, que daría mayor cobertura, causó la desconfianza de muchos beneficiarios del anterior programa. Y es que de Bolsonaro, muy pocas cosas buenas podrían salir para los brasileños, quienes terminaron por echarlo luego de sus expresiones homófobas, racistas, antivacunas y demás muestras de su ignorancia.

Sin embargo lo importante ahora es el futuro, tanto para Brasil como para América Latina, pues el progreso del país más extenso de la región, seguro puede afectar de forma positiva; Lula, que de niño esperaba la lluvia para poder beber agua, que dejó los estudios para trabajar por necesidad, que no conoció el arroz hasta los diez años de edad, deberá llevar de nuevo su empatía por los desfavorecidos al gobierno brasileño.

Por Columnas

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