Hay trayectorias que merecen narrarse no sólo en la aridez de los datos, sino en la hondura de la palabra. Entre ellas está Luisa María Alcalde: joven y, al mismo tiempo, curtida por responsabilidades que suelen doblar a los más veteranos; mujer que ha sabido transformar la frescura en lucidez y la esperanza en oficio.
Su paso por la vida pública la ha llevado a defender derechos laborales frente a las inercias más duras del sistema, a conducir la gobernabilidad de un país en tiempos convulsos y hoy a encabezar el partido que nació de la esperanza popular, siempre con la serenidad de quien no necesita gritar su fuerza, porque la fuerza está en el modo mismo en que camina.
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Decía Carlos Castaneda que en el camino del conocimiento acechan cuatro enemigos; y cualquiera que se atreva a caminar hacia adelante, tarde o temprano se topará con ellos.
Así, en aquellos años en que el movimiento era oposición y la violencia política caía como sombra sobre quienes desafiaban al régimen, era natural sentir miedo.

El primero de los enemigos habría aparecido; sin embargo, la joven militante, Luisa María Alcalde, no corrió. “Debe estar lleno de miedo, pero no debe detenerse”, advierte Don Juan. Y no se detuvo. A cada paso, su propósito se fortaleció; le llegó un destello de claridad, hasta que ese primer enemigo retrocedió.
Entonces llegó el segundo enemigo, la claridad. Esa lucidez, característica del impulso juvenil, que dispersa el miedo y que le hizo comprender que la política podía ser campo fértil para los sueños colectivos. Pero Castaneda lo advierte:
“Esa claridad de mente… también ciega.”
Fue la claridad de la juventud, la certeza de que todo estaba al alcance de la mano. Y sin embargo, la experiencia en la Secretaría del Trabajo le enseñó que la claridad debía templarse en hechos: ahí impulsó los aumentos más altos al salario mínimo en décadas, hasta llevarlo a más de 248 pesos diarios en 2024 y 374 en la frontera norte; ahí nació también la reforma de Vacaciones Dignas, que duplicó los días de descanso desde el primer año; ahí condujo la transformación laboral que abrió paso a tribunales independientes y a un sindicalismo con voto libre y secreto; ahí prohibió el outsourcing abusivo y logró que tres millones de trabajadores fueran reconocidos por sus verdaderos patrones, con prestaciones y seguridad social plenas.
Esa claridad, usada con tiento, la llevó a transformar derechos laborales y a demostrar que su juventud podía también ser oficio y responsabilidad histórica. La joven tuvo el poder para cuestionar su propia lucidez y echar mano de la inteligencia, y la experiencia de otros.
Y entonces apareció el tercer enemigo: el poder. “El poder es el más fuerte de todos los enemigos”, escribió Castaneda.
El poder seduce, embriaga, transforma en capricho lo que nació como convicción. Luisa María lo conoció al frente de la Secretaría de Gobernación, uno de los encargos más pesados del Estado mexicano. Tenía a su cargo la gobernabilidad de un país convulso, siendo todavía una joven.
Le tocó instalar las mesas de seguridad para garantizar elecciones pacíficas en 2024, coordinar a las instituciones en tiempos de riesgo, y acompañar políticas que redujeron los feminicidios reportados en un 35%.
El riesgo estaba ahí: confundirse con el poder mismo, caer en la tentación de que todo se puede porque se manda. Pero resistió. Supo que el poder no es un trofeo, sino una carga; que sólo controlándose a sí misma podía gobernar.

Hoy, como presidenta de Morena, camina todavía ese sendero. Y en el horizonte se perfila el último enemigo: la vejez. No la biológica, sino la que se instala en el alma cuando la comodidad vence a la convicción, cuando la rutina arrulla la mente hasta adormecerla.
“Si se arrulla en la fatiga…”, nos recuerda Castaneda, “…habrá perdido el último asalto.”
La advertencia no es un reproche, sino una exigencia: que no se permita envejecer en espíritu, que no deje que la fatiga se lleve su compromiso, que no se pierda en el confort de los cargos.
En ella se juega, como en todo caminante de la historia, esa posibilidad de vencer enemigos para seguir aprendiendo.
Y si lo logra, será recordada no por los cargos que ocupó, sino por haber mantenido viva la claridad, el poder y el conocimiento, aun en los momentos en que el cansancio quiso derrotarla. Porque hay en su figura algo incansable y luminoso, una fuerza que ha sabido transformar el miedo en prudencia, la claridad en lucidez crítica y el poder en servicio. Esa grandeza merece reconocimiento, pero también exige vigilancia: ningún sendero está libre de tropiezos, y ningún caminante está exento de caer.
Político y Poético
por Leo Collado
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