¿Libertad de expresión? o ¿Libertad de agresión?

De un tiempo a la fecha, hemos visto que la oposición comenzaba a manifestarse en las calles como su cerebro se los permite; en coche, haciendo ruido con las bocinas, dando vueltas a la manzana, haciendo gala de ignorancia y mala ortografía en sus pancartas pegadas a las puertas de los vehículos, y otras particularidades que hasta resultan simpáticas por lo grotesco.

En un momento hasta llegamos a celebrar que lo empezaran a hacer, para que vayan aprendiendo como protestar, aunque lo hagan sólo por la pérdida de privilegios y sin propuesta alguna, pero por algo se empieza.

Por desgracia, como lo demostraron en las movilizaciones disfrazadas de feministas, su naturaleza violenta, destructiva e incivilizada, no les ha permitido elevar su protesta a niveles en los que se pueda entender alguna idea constructiva de cualquier tipo.

Están concentrados en una catarsis primaria, parecida a la que puede realizar cualquier animal irracional, llenos de ruido, gritos histéricos, insultos al gobierno, y de paso, a los peatones que encuentran en su camino.

Pasaron de parecer animalitos desbocados, a dar la impresión de ser perros con rabia, que ponen en peligro la seguridad y la integridad física, de quienes tienen la desgracia de coincidir con ellos en el camino.

Lo de andar en los coches tocando las bocinas se entiende, porque son tan poquitos que tienen que hacerse notar de alguna manera. Seguramente si lo hicieran a pie sólo alcanzarían a caminar unas cuadras, y por su reducido número pasarían completamente desapercibidos.

Lo que no se entiende, es el nivel de rabia que demuestra un montoncito de clasemedieros aspiracionistas con ínfulas de magnates pueblerinos, a quienes seguramente no se les condonaban impuestos en los sexenios pasados, y que difícilmente habían perdido algo antes de la pandemia.

Eso sólo se puede entender con la intervención de dos factores; uno es el profundo clasismo que se inculca en las familias de clase media desde hace mucho tiempo, de donde viene la frase “hay que mejorar la raza”, como si un color de piel mejorara algo dentro de la gente, y que los hace sentirse como si fueran miembros de la realeza sueca.

El otro, es la participación de golpeadores y sicarios verbales de vodevil, que enlodan el discurso público, como Pedro Ferriz y Gilberto Lozano, que han adoptado el papel de promotores de la violencia y de la sedición, llamando a golpes de estado, magnicidio, y amenazas a periodistas, como nuestro compañero Hans Salazar, cuyo único pecado fue exponer el comportamiento de estos ruditos de pantalla televisiva en una conferencia mañanera del presidente.

Este tipo de enfermos mentales, desquiciados por unos centavos que deben estar recibiendo de parte de quienes sí fueron afectados en esta cuarta transformación, están aprovechando la estupidez de los tontos útiles que los secundan, para arengarlos en el sentido de un comportamiento violento y antisocial.

A estos agitadores verbales que le están haciendo daño a la sociedad, sí es necesario detenerlos para que dejen de hacerlo; y no me refiero a utilizar las mismas estrategias que ellos promueven, sino los instrumentos legales al alcance de los ciudadanos, porque su comportamiento implica la comisión de más de un delito grave.

De hecho ya está en proceso una denuncia penal presentada en contra de uno de ellos, por varios miembros de la sociedad ante la Fiscalía General de la República, y por lo que sabemos, la del otro está en camino y se presentará en breve, si no es que ya se hizo.

Nadie está en contra de la libre manifestación de las ideas y hasta de las emociones, sin que por esta razón se dañe a terceros; de hecho, es necesario que esta posibilidad exista para todos, y que todos protejamos ese derecho por el que muchos llevamos años luchando.

Una cosa es pedir que renuncie un presidente “mozimista” ejerciendo tu libertad de expresión, y otra cosa muy distinta, es que lo confundas con una libertad de agresión, donde se invita a la gente a cometer magnicidio o un golpe de estado.

Y para todos aquellos que no entendemos a los tontos útiles que fundamentan sus propuestas en el clasismo, recordemos que Albert Einstein dijo: En nuestra época es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.