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La fuerza de la costumbre es de tal magnitud, que incluso los miembros de la izquierda, los simpatizantes de la 4ª transformación y los militantes del partido Morena, no han alcanzado a comprender que hoy la decisión íntima del presidente de México es la misma que externa en sus mensajes, a pesar de haber señalado varias veces que él no se va a meter en los procesos de elección de candidatos de ese partido, la gente todavía espera que de alguna señal encriptada de apoyo a uno u otro candidato.

Las viejas prácticas observadas por los mandatarios nacionales durante más de un siglo, por medio de las cuales se definía a un sucesor para el puesto, o se establecía la reelección a voluntad del presidente, echaron raíces en el subconsciente colectivo de México, por lo que hoy todos esperan que la figura del Tlatoani dé su beneplácito para que se escoja un candidato por encima de otros, despreciando el principio completamente democrático implicado en esta transformación.

En estos tiempos, cuando ya es inevitable que los aspirantes, impulsados por sus simpatizantes, comiencen a moverse para promover el trabajo que han hecho y se ponga en evidencia una suerte de competencia pública por las preferencias de los ciudadanos, no faltan los quejumbrosos, porque ven sus posibilidades lejanas o inexistentes, mientras otros tratan de hacer todo lo posible para colocarse en la palestra de Morena, les toque o no.

En tanto la aun discreta competencia tiene lugar, todos esperaban la señal emitida desde Palacio Nacional para ubicar la contienda futura. Sin embargo como lo dijo desde un principio el primer mandatario, esto no va a suceder y claramente lo subrayó con marcador indeleble la semana pasada, cuando dijo que “todavía en nuestro movimiento están esperando una señal. No va a haber señal. La señal la va a dar la gente. Es muy sencillo. En el caso de los candidatos a la Presidencia, encuesta. Y lo que diga la gente. Y yo voy a apoyar al que gane la encuesta”.

Por lo pronto con estas palabras ya se descartó Monreal, que no participará en encuestas porque él no cree en la estadística a menos que le favorezca. Así que ahora se dedica a coquetear con la oposición, planteando una agenda política de derecha, en espera de que todos esos partidos fracasados lleguen a seleccionarlo para perder con ellos en el 2024. De hecho la única forma en la que este sujeto puede colaborar con la transformación del país, es pasándose a la competencia para asegurar su fracaso.

Pero este ejercicio nos debe ubicar a todos. El presidente no tiene un doble discurso, no guarda ases bajo la manga para administrar la información que maneja e incluso los pensamientos que tiene. Dice lo que piensa, lo que siente, lo que negocia y lo que planea. No hay medias tintas, ni hipocresía neoporfirista ni dobles intenciones; ya es momento de que todos lo entendamos y de que nos quede claro que la selección del candidato y del próximo presidente, así como de su permanencia, depende exclusivamente de nosotros como sociedad democráticamente madura.

Somos los ciudadanos quienes nos vamos a encargar de que esta transformación continúe. Ya no necesitamos un líder, ya lo tuvimos. Ahora tenemos los principios y los lineamientos del proceso y necesitamos tener un administrador eficiente que los mantenga en rumbo bajo nuestra vigilancia escrupulosa; pero si no lo hiciere, que la nación se lo demande con una revocación de mandato, que es un instrumento con el que ya contamos para deshacernos de cualquier político que no esté lo suficientemente maduro como para ocupar un cargo de servicio a la nación.

Como dijo el filósofo latino Séneca: “El lenguaje de la verdad debe ser, sin duda alguna, simple y sin artificios”.

Por Erika