La oposición

Por: Ricardo V. Santes-Álvarez
@RicSantes

La asunción de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República en 2018 significó no sólo el arribo al poder del líder opositor más importante de las últimas décadas en México, y el inicio de la Cuarta Transformación, o 4T. Representó también la salida de grupos que por similar tiempo dominaron y llevaron al país a la situación que conocemos y padecemos, así como el fin de la denominada etapa neoliberal.

A diferencia del pasado, en que los opositores eran vituperados y perseguidos, violentados inclusive, por el gobierno autoritario en turno y los medios de comunicación a su servicio, en la nueva época las cosas se ubican en el extremo contrario. En efecto, quienes hoy están en la oposición no han sufrido represión alguna, pese a que han adoptado estrategias de descalificación, hostigamiento e intimidación hacia el gobierno y sus simpatizantes.

Es importante considerar que 2018 marcó un cambio de poder político, mas no de poder económico. Por ello, los grupos influyentes no disimulan su animadversión a las actuales políticas sociales y de austeridad, y para confrontarles utilizan una carta que sólo ellos pueden tener: dinero. Sin embargo, incurren en el error de pensar que tener y repartir recursos económicos son condiciones suficientes para legitimarles políticamente. Acaso creen que lo ocurrido hace tres años fue una pesadilla pasajera y que los mexicanos les reubicarán nuevamente en el trono. Olvidan que la mayoría de ciudadanos que votó por el cambio lo hizo convencida de los discursos patrióticos del hoy presidente López Obrador en sus incontables recorridos por el territorio nacional.

La oposición apuesta al dinero. Con él, desprestigia, amenaza y agrede a quienes no piensan como ella. Pero esa no es vía adecuada para lograr la integración de una base social sólida que le permita encumbrar líderes, por la sencilla razón de que la labor política está ausente y sin ella no puede haber éxito. El líder político no se construye a billetazos; para muestra, el caso Peña Nieto.

Decir que hoy existe una oposición verdadera es quizás conceder demasiado, pues lo que vemos cotidianamente son expresiones de ira de grupúsculos privilegiados, faltos de organización y vinculación con otros inconformes; peor, carentes de principios, valores, y proyecto: la coalición de partidos opositores PRI-PAN-PRD, sometidos al financiamiento y las órdenes de empresarios, es una perla insólita.

Hoy se elevan voces que acusan centralismo y autoritarismo en la toma de decisiones, pero se olvida que tal ocurre en la misma medida de la debilidad o ausencia de una oposición política auténtica que actúe como contrapeso. La democracia demanda actores que cuestionen a la autoridad con argumentos sólidos sobre problemas que atañen al interés general, sin embargo, en lugar de eso destacan impresentables reclamando beneficios particulares.

Es factible avizorar, como ya indican algunas encuestas, que luego de las elecciones de junio las cosas no serán diferentes, que los detractores de la 4T se verán más reducidos… y hay que subrayar que eso no será precisamente por culpa de López Obrador.

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