No cabe duda que estamos viviendo tiempos interesantes y que son también tiempos de definición. Llevamos lustros escuchando el discurso de que debemos salvar al mundo deshaciéndonos de las fuentes de energía contaminantes del medio ambiente.

Los europeos y en especial los alemanes, han sido los promotores principales de estas afirmaciones que se han repetido como mantras, utilizándose como excusas para defender a depredadores voraces de capital en todo el mundo, como Iberdrola, que aparentan producir energías limpias, cuando lo único que limpian son los presupuestos nacionales y los bolsillos de consumidores secuestrados por estos criminales.

Pero en Alemania parecía que se la llevaban bastante bien con esta promoción, con regulaciones orientadas en este sentido y la bandera de la ecología ondeando por todo lo alto, hasta que llegó el conflicto de Ucrania.

Comenzó la guerra y la verdad se abrió paso entre las buenas intenciones; el avance insuficiente de la tecnología que permitiría la transición energética, al igual que la imposibilidad de mantener una economía funcionando, respaldada por las fuerzas del viento y del sol. Los argumentos que repudiaban el uso del petróleo, el gas y el carbón como motores de la industria, se fueron desdibujando para transformarse en una mueca grotesca de las peores manifestaciones de la voracidad desesperada.

Al grito de ¡Acabemos con los rusos! Impulsados por el gobierno de los Estados Unidos, los gobiernos europeos miembros de la OTAN comenzaron por intentar expandir su influencia hacia el interior de Ucrania. Ante la reacción rusa decidieron inundar de armas a los ucranianos, robarse los depósitos de Moscú que estaban en los bancos europeos y americanos, decretando sanciones para dejar de comprar productos rusos, en un intento por destruir su economía.

En el proceso nos fuimos enterando de que la planta industrial europea no era la hojita verde que podía prescindir de los combustibles fósiles, sino que en realidad depende de ellos y no del sol o del aire como tanto presumieron.

Al darse cuenta de que no iban a doblar a Rusia, pero que sus sanciones los privarían de sus principales fuentes de energía, decidieron decretar de un plumazo que la energía producida con gas y con plantas nucleares se convertía en energía limpia. Así de un día para otro regresaron a abrir sus plantas generadoras que funcionan con carbón. Y como dijo su ideólogo y mega experto mexicano Quadri, ese carbón es ecológico.

En un arranque de demencia, hoy el gobierno alemán decidió “tomar”, por no decir expropiar, tres refinerías rusas ubicadas en su territorio, que procesan el 40% de los derivados de petróleo que consume ese país, sin darse cuenta que la mayoría del petróleo que procesan viene de Rusia y que probablemente ya no llegará, dejando a las refinerías sin materia prima, a menos que tengan una innovadora técnica ultrasecreta para convertir el viento en oro negro.

De esta forma los paladines de la ecología se convirtieron en los depredadores violentos de cualquier infraestructura que impida su congelamiento en el invierno que se acerca, haciendo cálculos prácticamente con los dedos de las manos, sin darse cuenta de que a estas alturas, hagan lo que hagan, no van a tener suficiente gas en enero para calentarse, por lo que su planta productiva parece tener como destino la desindustrialización en el mediano plazo.

Los abanderados de las energías verdes que hoy generan con carbón “ecológico”, protectores del libre mercado, que se roban depósitos bancarios y las plantas refinadoras, que defienden los derechos de la mayoría, mientras permiten a las corporaciones privadas ahorcar a sus consumidores para ganar las mayores utilidades de su historia, perdieron la máscara de la justicia, dejando al descubierto con su incongruencia absoluta, un rostro depredador y despiadado. ¡Qué viva la civilización de los gandallas!

Como dijo el escritor francés Joseph Sanial-Dubay: “Los abusos son minas sordas que tarde o temprano estallan”.

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Por Erika