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Al carecer de proyecto nacional, la oposición mexicana se convierte en un cascarón vacío, que ocupa espacio, aunque no pueda mantener seguro el mismo y menos pensar en fortalecer su posición actual en el corto plazo.

La guerra de odio que mantienen desde hace tiempo, en contra del gobierno del presidente López Obrador, parece ser su única razón de ser. Le dedican todo el tiempo a esa campaña de rechazo a toda acción, o propuesta implementada por el actual gobierno. Así conciben ellos el trabajo que debe hacer un político.

Y esa enfermedad es contagiosa, ya que ahora vemos a decepcionados, o “desencantados”, como dice Noroña (mordiéndose la lengua), que se unen al coro que entona descalificaciones permanentes en contra del presidente.

Son precisamente quienes integran este grupo enfermo que no sabe construir, pero que pretende destruir lo que edifica la gente que goza de plena salud mental, quienes califican de “fanáticos” a todos los que defienden un cambio democrático en el país. Un cambio que tiene como fundamente el Proyecto de Nación que está impulsando el gobierno del presidente López Obrador.

El fanatismo, de acuerdo a lo que escriben y declaran los reaccionarios que se oponen a todo cambio, está presente en millones de mexicanos. Todo el que respalda la política de transformación para encontrar un rumbos nuevo, que nos saque del desastre que dejó el neoliberalismo, es fanático.
Por el contrario, para ellos, los verdaderos demócratas son quienes se empeñan en obstaculizar ese cambio y abogan por el regreso a las formas neoliberales. Por eso destruyen, entorpecen o bloquean, cada intento que hace la sociedad comprometida con el cambio.
Defender las políticas que puso en marcha este gobierno desde su llegada, es construir. Y para lograrlo, es necesario despejar el territorio nacional de toda huella de corrupción e impunidad.

Por eso la sociedad mexicana pide castigo para los corruptos funcionarios del pasado. Un Poder Judicial donde no salga favorecido quien cuente con los recursos económicos suficientes para comprar la justicia. Verdadera democracia, donde el árbitro electoral no incline la balanza en favor de alguno de los contendientes en cada proceso electoral. Que terminen los privilegios para los conocidos traficantes de influencias. Que se de preferencia a los más humildes. Que se respete al país y a a su soberanía. Que la desigualdad, el clasismo y el racismo dejen de estar presentes en la vida nacional. ¿Eso es ser fanático?.

Por su parte, la oposición busca que nadie toque las ruinas neoliberales que aún se mantienen en pie. Sueñan con recuperar el poder en el corto plazo y revertir todos los cambios que se han dado con el actual gobierno. Que regresen la corrupción y la impunidad. Que la desigualdad se mantenga . Que se privilegie a la gente que llega del extranjero a saquear las riquezas del país. Que el clasismo y el racismo sean distintivos aplicables a quienes son integrantes de otros sectores sociales. Que unos pocos disfruten de privilegios, mientras millones no cuenten con lo básico. Que México se quede estancado en el pasado, sin buscar un futuro mejor.
¿Esa conducta es sana, o es característica de quienes tienen un enorme boquete cultural, que les impide tener empatía hacia los demás?
La polarización de la que tanto habla la prensa conservadora, tiene que ver con este desencuentro político, irreconciliable e histórico.
Porque este problema ni es nuevo, ni exclusivo o característico de la sociedad mexicana. Se da en todo el mundo.

El conservador es clasista y racista. En esa vieja creencia descansa su pretendida superioridad en relación al resto de la sociedad. Es narcisista, porque solo importa él y lo que a él le beneficia o interesa. Los demás no cuentan, ni importan. Carece de valores nacionales, pues el único valor que le interesa, suena a metálico. La búsqueda e incremento de riqueza, es su motor.
Ese comportamiento es propio del psicópata.
El modelo político-económico neoliberal, donde lo único que importa es el enriquecimiento vergonzoso de unos cuantos, es el que defiende la clase reaccionaria. Un modelo que no evoluciona. Que vive estancado y mantiene al grueso de la sociedad sumida en el abandono y la pobreza.
Cuando los reaccionarios hablan de “la defensa de los valores democráticos”, están mintiendo cínicamente. La democracia es participación colectiva y no privilegios para unos cuantos.
Los llamados “fanáticos” queremos un cambio de rumbo que nos saque del abismo al que nos condujeron los gobiernos neoliberales. Queremos democracia real y ponemos nuestro esfuerzo en ello.

Demolemos las ruinas de viejas estructuras, pero al mismo tiempo construimos otras mejores.
Por su parte, los “psicópatas” pretenden destruir lo nuevo, para que perduren las viejas ruinas que hoy resultan inoperantes. Nada construyen. No pueden hacerlo, porque nunca han trabajado por el bienestar social. Solo han visto por ellos mismos. Y al no poder crear, se conforman con maquillar.
Hay otra cosa más que debe considerarse, por ser de gran importancia.
Los “fanáticos” trabajamos en un cambio de mentalidad. Una forma distinta de ver la realidad, para mejorar nuestro comportamiento social. Un cambio donde no se permite la entrada a la manipulación que controla mentes y anula al ciudadano.
Ese cambio de conciencia nos libera del control social ejercido por los “psicópatas”.
Nos hace libres y nos brinda los elementos necesarios para impedir que el neoliberalismo y los corruptos regresen al poder.

Hay dos caminos a seguir en este momento y cada uno de ellos lleva a un México diferente.
El de los psicópatas, no trae mejora alguna. No tiene propuesta y conduce por lo mismo, al escenario que vivimos antes de la gran derrota opositora del 2018. Nos lleva al mundo de la corrupción e impunidad.
La otra vía, más amplia, tiene un Proyecto Nacional sólido. Ahí se propone trabajar en beneficio de todos, poniendo por delante a los que menos tienen. Los “fanáticos” defendemos a diario ese proyecto, porque en él vemos futuro y no estancamiento. Vemos libertad y democracia; no fraude y enajenación mental.
Son tiempos de definiciones y cada ciudadano puede y debe elegir la vía que va a definir el futuro del país.
O se es “fanático”, o se elige ser “psicópata”.
Se construye, o se destruye.

Estamos en un momento estelar en nuestra historia y no caben medias tintas, ni titubeos. Se está de un lado, o del otro.
Quienes optan por mantenerse al margen, juegan en realidad a favor de quienes no tienen interés en cambio alguno.

Lo que da esperanza y confianza, es que el lado de los “fanáticos” está muy nutrido y eso da fortaleza.
Los “psicópatas”, son cada vez menos y el odio que destilan a diario, los lastima más a ellos, que a un gobierno que sabe bien como enfrentarlos.
No me ofende que me llamen “fanático” en redes sociales. Se que los enfermos reales están ubicados en el grupo conservador.
Ahí donde cada “psicópata” se siente el centro del mundo.

Malthus Gamba