El sueño de balcanizar a México

La oposición mexicana, “aspiracionista” en buena medida, tomando como referencia y modelo las formas de la cultura norteamericana, ha soñado a lo largo de la historia del país con dejar de ser parte de una nación en vías de desarrollo, para pasar a ser, como clase acomodada, un sector social privilegiado a nivel mundial

En épocas pasadas, soñaron con ser franceses y en ese afán de asemejarse a la corte del entonces emperador Napoleón III, ofrecieron a nuestro país, en calidad de Colonia, al trono europeo. Pedían respaldo armado para construir en nuestra nación, una réplica de la monarquía que reinaba en Francia.

Así llega a México el emperador Maximiliano.

Antes, durante la guerra intervencionista en la que perdimos la mitad de nuestro territorio a manos del hoy imperio norteamericano, fue tan fuerte ese deseo de asemejarse, o ser parte de la nación vecina en el norte, que se llegó al extremo de proponer al general invasor, Winfield Scott ser presidente de México. Incluso liberales jóvenes como Migue Lerdo de Tejada, apoyaron en su momento tal propuesta. El deslumbramiento ante el pretendido “progreso” que se vivía en el país del norte, avasallaba no solo a las clases acomodadas, sino también a muchos jóvenes deseosos de forjarse un futuro sólido.
En el siglo XX, nuestra clase conservadora de viejo cuño, se sintió atraída en su momento por el nazismo ascendente en Alemania. Son públicas las muestras de respaldo de políticos mexicanos, que dieron vida al partido Acción Nacional, mediante las cuales daban la razón a quienes llamaban al predominio mundial de la raza aria.

Rara esta posición de ultra derecha, en un país como México, donde la mayor parte de la población poco tiene de ario. Los panistas pretenden borrar esa posición política y social que es parte de su historia, pero en vano, ya que están los escritos que sus “teóricos” dedicaron a la defensa del posicionamiento nacional socialista alemán.
Dentro de nuestras fronteras, la clase conservadora del país, periódicamente siente el deseo de formar parte de movimientos y naciones que brillan mundialmente por su modo particular de vida. Una vida donde el lujo, el poder y el dinero son las bases para el transcurso de la existencia en forma plácida, libre de complicaciones y en compañía de personas tan ricas y desenfadadas como ellos.
Y qué mejor forma de hacerlo, que separando a la pobreza del panorama cotidiano. Creando espacios donde solo reine la riqueza y la buena vida.
Eso lo han conseguido en los barrios y colonias donde habita lo más selecto de la sociedad conservadora. Ahí está excluida la miseria en cualquiera de sus múltiples formas.

Pero la aspiración general es romper en definitiva con un país tercermundista, que no tiene peso a nivel mundial y que por lo mismo, no puede ser la carta de presentación de quienes tienen cuentas bancarias con muchos ceros y propiedades en abundancia.
Para este sector social, el ser mexicano deja ser un orgullo, para convertirse en un inconveniente.
No toda la clase conservadora es así, pero buen número de sus integrantes piensan de esa manera.

Cuando las pasadas elecciones del 2018 y ante la inminencia de un triunfo del partido que hoy gobierna, muchos opositores manifestaron su intención de abandonar el país, para no ser gobernados por un presidente salido de las filas de la pobreza y que pretendía otorgar derechos y bienestar a las clases más humildes y necesitadas.

Con ese gobierno no se identificaban y México dejaba de ser por ese motivo, la tierra en donde querían continuar con su vida diaria.
Para nadie es un secreto la enorme desigualdad que vive nuestro país. Hay un México próspero ubicado en la parte norte del territorio, donde el nivel de vida es bastante aceptable.

Pero está también la parte sur de esta nación, donde las condiciones de pobreza han sido aterradoras de manera histórica. Comunidades donde se muere de hambre. Donde hay insalubridad y condiciones de la vida deplorables. Ahí se vive en un estado de inseguridad permanente desde la cuna, hasta el momento de la muerte.

La distribución de la riqueza nacional, nunca ha sido equitativa en el país.
Durante siglos, nadie había procurado atención a los más humildes entre los humildes. El sur de México, relegado históricamente, vivió una realidad muy distinta a la de los mexicanos del centro y norte del país.

Antes de la llegada de la Cuarta Transformación al poder, pocas esperanzas había para estos millones de mexicanos. Pero esto cambia hoy.
El dinero que por Ley maneja el gobierno federal, está destinado a proteger, apoyar y fortalecer no solo a la parte norte del país, sino a todos los mexicanos en su conjunto. El sur de México vive en este momento tiempos de desarrollo. Hay proyectos emblemáticos para detonar la economía en Estados considerados de pobreza extrema.

Las economías que ha concretado el gobierno del presidente López Obrador, generan los recursos suficientes para el desarrollo de esta amplia zona nacional.

Pero ese manejo austero del presupuesto, ha generado el descontento de quienes se sienten representantes de la clase conservadora privilegiada.
Los gobernadores surgidos de los partidos de oposición, exigen en este momento más recursos para sus Estados, amenazando con separarse de la Federación, si sus peticiones no encuentran respuesta positiva por parte del gobierno federal.
Son quienes gobiernan en la zona norte del país, donde el nivel de vida es más aceptable, los que exigen hoy más dinero. Los gobiernos del sur de México, no asumen esa actitud, no obstante las enormes necesidades de su población.

La amenaza de separarse de México no es nueva para la clase conservadora gobernante. Es más que un arma, un deseo recurrente. Es esa inclinación a sentirse norteamericano, sin serlo. O europeo, aunque los rasgos y la sangre autóctona lo desmientan.
Es lo que se conoce popularmente como “la maldición de La Malinche”.

El pretexto de hoy, es que el gobierno de la Cuarta Transformación no acepta dar un peso que corresponda ejercer a la autoridad federal, para incrementar las participaciones a los gobiernos estatales.

Lo que debe por Ley ejercer el poder ejecutivo y su administración no se va a entregar a los gobernadores opositores.
El dinero es el motivo de la amenaza conservadora.
Pero más allá del apetito desmedido por el dinero, está esa oculta preferencia por lo extranjero. El deseo de ser parte de otra cultura, porque la nuestra es vista (estúpidamente) como inferior.

Separar a los Estados ricos de los pobres, dando vida a una nación de “gente bonita y opulenta”, es el sueño opositor de siempre.
Pobres de ellos. Su sueño es irrealizable en este momento. Aún en los Estados del norte del país, el grueso de la población apoya el proyecto transformador que vivimos los mexicanos.

Los gobernadores opositores son personajes secundarios, sin poder real para modificar la estructura de la Federación.
Son un pequeño grupo de ambiciosos, a quienes poco les importa el destino de los millones de mexicanos menos favorecidos.
No son amenaza a la estabilidad del país.

Son vulgares ambiciosos “aspiracionistas”, con ridículos sueños de grandeza.

Malthus Gamba