El PAN está perdido; sin embargo aún ven en Anaya su carta más ‘fuerte’

Por Miguel Ángel Lizama
@Migueliz8

El Partido Acción Nacional parece dar sus últimos estertores en un país que desconoce, pero que cree dominar mediante la religiosidad y prevalencia ficticia de “la gente decente”, como se autodenominan y comportan con altanería. Por eso su arrogante persistencia en una política contestataria al Presidente López Obrador, a contracorriente de un pueblo hastiado de simulaciones y corruptelas. Pese a las evidencias, sigue sin deglutir su derrota electoral de 2018 y se cree imbatible en sus lances políticos como le hizo creer su último candidato a la Presidencia, quien ahora pretende un “regreso triunfal”, ya sea como Diputado Federal Plurinominal o Gobernador de Querétaro, sin antecedente o experiencia alguna para ello.

Ricardo Anaya Cortés fue solamente una joven sonrisa plástica que cautivó a Paco Garrido, gobernador de Querétaro, para hacerlo su secretario particular… y algo más, según decires y comidillas en el chismerío local (imposibles de comprobar), y dotarlo de atribuciones por la sola imposición volitiva del poder. Por eso le dio MIL MILLONES DE PESOS en un supuesto “programa social” que sorprendió a muchos, especialmente porque sería manejado desde la Secretaría Particular del Gobernador, y nunca reportó inicios, avances ni resultados, ni rindió cuentas a nadie… fuera del gobernador. Ejerció dos puestos al mismo tiempo, sin que nadie respingara. El Congreso, dominado por el PAN y controlado por la Secretaría General de Gobierno, no se atrevió a preguntar cómo se manejó y a dónde fue a parar tanto dinero. Simplemente se esfumó sin huella, se olvidó… hasta hoy.

Del puesto tan lucrativo junto al enamorado Gobernador Garrido, saltó Anaya a una Diputación Plurinominal del PAN, aunque antes había intentado ser diputado por elección, con nula fortuna. Creyó que por estar junto al gobernador, en automático la gente de la Sierra Queretana, que nunca antes lo había visto asomarse por ahí, votaría masivamente por él… y fue derrotado. Paco Garrido tuvo que usar toda su influencia política para meterlo en las listas de Plurinominales panistas en primeros sitios para que lograra a entrar al Congreso y lo impuso como líder de la fracción blanquiazul. Si de nuevo hubiera intentado buscar votos ciudadanos, Anaya tal vez sólo habría logrado los de su familia y los incondicionales que hubieran recibido la orden de votar por él, y se hubiera quedado afuera otra vez.

Sin restarle mérito a sus capacidades estudiantiles, que sirvieron para armarle una imagen de “chico maravilla”, Ricardo Anaya no es alguien que brille por sus luces ni destaque por éxitos en actividades públicas o dimensiones políticas, aunque sí por su capacidad y labia para la intriga palaciega o de alcoba, como puede inferirse de su meteórico ascenso en conciliábulos políticos del PAN, sin que pueda acreditar frutos o logros que lo respalden o justifiquen sus ascensos. En cambio, han surgido denuncias de traiciones y mezquindades para tejer la urdimbre que le ha servido para escalar en la política partidista y proyectarse a la política nacional.

Sin la protección de Paco Garrido, aunque tuvo la de Gustavo Madero –a quien traicionó para escalar en el PAN–, Anaya maniobró para “convencer” a un desprestigiado PRD y a un gris Movimiento Ciudadano, para conformar un pretencioso “Frente” que combatiera a un poderoso Andrés Manuel López Obrador que arrasaba por tercera vez en unos comicios, y a un menguado PRI perdido en la grosera Corrupción de su gobierno.

Las cúpulas empresariales que tenían a AMLO como la personificación misma del Demonio, aportaron de nuevo cuantiosas sumas e influencias para detener y revertir el avance que las encuestas pronosticaban imparable del nuevo Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), creado por López Obrador al salir del PRD, hastiado por el entreguismo del grupo adueñado del partido, Los Chuchos, que se creían imbatibles por los resultados que les dejó AMLO, construidos desde que lo presidió para ganarle a Cuauhtémoc Cárdenas la primera Jefatura de Gobierno del DF.

Anaya creyó ingenuamente que Los Chuchos tenían la sartén por el mango y le aportarían grandes masas de votantes donde alardeaban su poder, especialmente la Ciudad de México, Morelos, Michoacán, Guerrero y otras entidades. Pronto se desengañaría, al comprobar que había comprado el puro cascarón de lo que antes fue una verdadera fuerza popular. Los Chuchos no la tenían más que en papel.

No obstante, el chico maravilla de la sonrisa plástica emprendió su cruzada electoral, confiado en el poder del dinero de sus patrocinadores, quienes pretendieron coartar, una vez más, la marcha del tren llamado Andrés, como lo habían hecho anteriormente. Anaya daba por sentado su triunfo gracias al Voto Útil de indecisos –como pronosticaba su consejero Jorge Castañeda, ex-canciller de Vicente Fox– y a los confesionarios de la Iglesia alineada con El Yunque, ya cuestionada por la pederastia de sus Legionarios de Marcial Maciel.

No contó con la información que le llegaba al Presidente Peña Nieto, a través de la Sección Segunda del Estado Mayor Presidencial, que daba cuenta del creciente apoyo popular espontáneo que sumaba López Obrador y su MORENA. Eran número crudos (sin los sesgos bajo pedido, de las encuestadoras profesionales) que colocaban al PRI en cuarto o quinto lugar de preferencias, por la pesada carga de corrupción que arrastraba. Esa información confidencial hizo que Peña Nieto designara como candidato del PRI a un “ciudadano” con lauros de eficiencia, que tratara de poner distancia con el partido que lo postulaba. Al medir la reacción a su designación, Peña Nieto hizo armar un amago penal contra Anaya para desbancarlo del segundo lugar en las encuestas y situar ahí a su alfil. Al que no podía desbancar era a AMLO. Los datos del EMP así lo revelaban. Y la votación lo confirmó. El impulso al fraude se borró con la contundencia de las urnas. Intentarlo de nuevo, sería de pronóstico reservado.

MORENA arrasó como un tsunami. El “frente” armado por el cuestionado Sonrisal del PAN quedó en segundo lugar y el PRI en tercero. Con esa proporción llegaron a las cámaras del Congreso y la nueva mini-oposición anunció que emprendería su “reingeniería política” que devino en nuevo y rotundo fracaso. No hubo nada de reingeniería y sí mucho de la misma política.

Todos los partidos derrotados por los electores se erigieron como súbitos adalides de la democracia, “celosos vigilantes” de los manejos presupuestarios del nuevo Presidente anti-corrupción e impunidad, contestatarios “Protectores del Pueblo”, como el Cid Campeador que siguió ganando batallas en su muerte.

Los vencidos siguen intentando todo lo que sea, con lo que sea, por donde sea… hasta que se agote la paciencia o el dinero de sus patrocinadores.