Durante 4 décadas los mexicanos fuimos forzados a consumir propaganda sobre logros y avances inexistentes, elaborada por autores expertos en ciencia ficción y medios acostumbrados a publicar piezas de realismo fantástico, motivados por el entusiasmo que provoca la bonanza económica personal y el crecimiento acelerado del saldo en sus cuentas de banco.

Detrás de esa información no había ningún respaldo concreto de hechos que pudiéramos experimentar en la realidad que vivimos. Nos presumían un crecimiento del Producto Interno Bruto, pero no nos decían que estábamos endeudándonos en la misma cantidad que supuestamente crecíamos.

Nos contaban sobre la supuesta desaparición de los yacimientos petroleros, al tiempo que los ponían en subasta entre inversionistas extranjeros, como si estos fueran tan ilusos como para estar dispuestos a comprar algo que está a punto de esfumarse.

Nos decían que construían hospitales cuando inauguraban fachadas escenográficas y prometían refinerías que terminaban en bardas abandonadas, en pueblos quebrados por la expectativa de progreso que nunca se cumplió. Nos informaban que luchaban contra el crimen organizado y usaban a las fuerzas del Estado para proteger a un cártel de narcotraficantes y hacer negocios con él, mientras morían decenas de miles de mexicanos inocentes como “daños colaterales”.

Nos vendían todo esto porque no podían decirnos la verdad. Porque mientras pintaban un México de progreso inexistente, se dedicaron a saquearnos a manos llenas y marginaron a la mayoría de la población en la pobreza más absoluta.

Aplicaron por 40 años una política de mentira e injusticia, distrayéndonos con un discurso falsario que nos montaba en una rueda de hámster, para que corriéramos detrás de la promesa de opulencia que convirtió a muchos mexicanos en aspiracionistas extranjerizados y frustrados, llenos de odio y de clasismo catártico.

El adoctrinamiento imbuido en la sociedad a través de la política de injusticia y mentira no fue suficiente para evitar que la consciencia colectiva experimentara un cambio a partir del 2014, acumulando el hartazgo de vivir en una realidad esquizofrénica, donde la experiencia diaria estaba divorciada del discurso mediático.

Como sostienen los académicos Asemoglu y Robinson, el avance de la tecnología representado por el desarrollo de las redes sociales, acompañado de un acontecimiento histórico con el caso Ayotzinapa, detonaron la movilización ciudadana para que en 2018 se decidiera colectivamente un cambio de gobierno, operando una revolución democrática y pacífica en las urnas, en la esperanza de obtener justicia y verdad.

A pesar del escepticismo derivado de vivir en un escenario incongruente durante tanto tiempo, y de la resistencia al cambio que han presentado las estructuras de instituciones extractivas, configuradas históricamente para promover el saqueo y la marginación, hemos sido sorprendidos por la aplicación de una política de justicia que está transformando esas instituciones en herramientas de inclusión social a gran velocidad, respetando el marco legal y en forma pacífica. Como si esto fuera poco para la incrédula percepción que fuimos configurando en nuestras mentes a lo largo de 40 años, además hoy por primera vez nos están diciendo la verdad.

La esperanza con la que en forma mayoritaria, la sociedad se volcó a generar un cambio de gobierno, se ha ido materializando para provocarlo realmente en las vidas de los mexicanos, especialmente en la de aquellos excluidos del desarrollo por el neoliberalismo y que hoy nos coloca en una realidad completamente distinta, donde lo que dice el gobierno y la experiencia cotidiana son congruentes. La política de verdad, en el discurso oficial está respaldada con la de justicia y esto evita en una buena medida que la narrativa mediática, disociada de la experiencia cotidiana, logre convencer a la mayoría de quienes viven esta nueva realidad en carne propia.

Como dijo el filósofo latino Séneca: “El lenguaje de la verdad debe ser, sin duda alguna, simple y sin artificios.”

Por Erika