Compete a la salud pública

Mi padre tomaba diario un vaso de whiskey con agua, y vivió una larga vida muy sano. Excepcionalmente tomaba un segundo vaso. No pretendo decir que su salud y su longevidad se debieran a ello, pero recuerdo a un célebre músico cubano que a los noventa seguía dando conciertos en giras internacionales y lo atribuía al cuarto de ron que tomaba todos los días. Recientemente vi a una mujer argentina de esa edad que aboga por tomar poca agua, y sí vino en la comida y algún licor digestivo. Yo mismo tomo ocasionalmente una cerveza antes de la comida, o vinito tinto los domingos.
Esos personajes tenían en común que nadie los vio ebrios. Muy posiblemente el alcohol no les aportaba esa salud -eso se puede polemizar largamente- pero, en definitiva, no los enfermó, ni causó estragos en su familia y entorno.
Por otro lado, he visto morir de manera muy prematura y absurda a varios amigos queridos y otros conocidos, así como familiares, debido a los excesos en el consumo de alcohol. Otros envejecieron llenos de achaques y males crónicos. Entre las bajas se cuentan tanto aquellos que se hicieron paté el hígado, como aquellos que destrozaron el carro consigo mismos a bordo. Lo más triste, por supuesto, es quien pierde la vida sin haber bebido por causa de un ebrio al volante…y la estadística da escalofríos. Pero no solo están los casos mortales; lo terrorífico es la gente que puede sufrir en el entorno del alcohólico, el maltrato, la violencia, la ruina financiera, la depresión, psicosis, visitas al hospital. La lista es interminable. Los daños en ese entorno provocan más alcoholismo, drogadicción, suicidios, depresión crónica y miseria.
En ese momento se convierte en un asunto de salud pública. Deja de ser una cuestión privada y del derecho de cada uno a hacer con su propia vida y su cuerpo lo que mejor le venga en gana, para pasar a ser un problema que afecta a otros. Por ello, el alpinismo, con una tasa de mortandad tan grande, no es un problema de salud pública sino de libertades personales; no así el alcoholismo. Debido a ello, existen medidas como una edad mínima legal para su consumo, el alcoholímetro, la restricción al consumo en vía pública, campañas, impuestos, grupos de ayuda y otras.
Nadie imaginaría a un alcohólico siendo ensalzado en la portada de una revista de sociales tipo “El exitoso ebrio que ya logró acabar con su familia recibe el galardón la copa de oro”, o siendo recibido en alfombra roja al son de “Don Borracho, ayer atropelló a su peatón número cien, bienvenido a su homenaje” o siendo evocado y admirado en la sobremesa de las familias “Un día me voy a reventar el páncreas como Don Alcoholes Martínez, ya lo verán, hoy se burlan, pero lo he de lograr”
Por supuesto, suena algo ridículo, pero cambien “alcohol” por “dinero”, y “alcoholismo” por “codicia” y verán que no resulta tan lejano.
En efecto, en nuestra sociedad, con mayor intensidad en los últimos treinta años, se ha llegado a adorar con tal fervor la acumulación obscena de riquezas, que vemos estos y peores absurdos. Se admira a quien ha destruido la vida de no pocos de sus congéneres, sus modos de vida, la ecología, amistades, familia y su propia moral y ética, sin lograr satisfacción sino solo un apetito cada vez más voraz, en pos de algo que nunca obtendrá. A quien recurre al crimen, o al delito de cuello blanco o, simplemente, a quien reduce a la miseria a trabajadores, transformando el trabajo de ellos en la riqueza personal de él, se le glorifica como si hiciera algo bueno y envidiable.
Es perfectamente entendible querer ganar una buena cantidad para comer bien, ociar, viajar, comprar cosas divertidas o hermosas. Pero carece de sentido continuar eternamente en la acumulación a cualquier costo; el de la vida de tus congéneres, la estabilidad de la nación, la felicidad propia y del entorno. Esa sana ambición (en el sentido de algo que se desea con vehemencia) deformada en codicia (en la acepción de afán excesivo de riquezas) está en la base y raíz de la descomposición social, la corrupción, la ruptura de todo contrato social.
¿De dónde, si no de la codicia enfermiza, creen que proviene la inseguridad que vivimos? ¿Cuál creen que es el motor de la corrupción? Es un problema de educación, no de instrucción. ¿De qué vale una buena universidad, si tus valores caseros te llevan a despreciar a los otros y considerarlos solo fuente de enriquecimiento personal?
Ni duda tengo de las mieles del enriquecimiento, pero hablo de cuando esas ganancias rebasan los límites de lo racional, se convierten en deseo de control y posesión de otros y motivo para destruir. Es entonces cuando esa fea enfermedad de la codicia se convierte en un problema de salud pública, y como tal debe ser tratado.

©HéctorAtarrabia2019
@HectorAtarrabia

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