Comando Chucho el roto y el del chalequito azul

COMANDO CHUCHO EL ROTO Y EL DEL CHALEQUITO AZUL
Por Akire Lincho

En esta semana se llevó a cabo un acto inédito de proporciones simbólicas colosales, que podrían considerarse hasta antropológicas porque representa la materialización de un deseo colectivo, de una profunda ilusión comunitaria que viene de muchas décadas atrás.

Por primera vez en la historia y, a escasas semanas de la creación del instrumento institucional concebido para devolver al pueblo lo robado, lo cual sonaba más como un cuento de hadas que como una posibilidad real de acción gubernamental, se entregaron 25 millones de pesos en recursos derivados de la venta de automóviles, que había sido confiscados por el gobierno y que se encontraban en custodia de la Secretaría de Hacienda de México, a las autoridades municipales de dos comunidades alejadas y pobres del Estado de Oaxaca.

Como ya se está haciendo costumbre en la celebración de actos conmemorativos de acontecimientos del pasado, que conllevan una carga simbólica relevante, el evento tuvo lugar dentro de la conferencia “mañanera” del Presidente de México, con la presencia de los representantes del Instituto Para Devolver Al Pueblo Lo Robado y de las autoridades municipales de los pueblos oaxaqueños beneficiados, quienes pudieron tomar la palabra para agradecer la atención que el nuevo gobierno está prestando a las comunidades marginadas y olvidadas de las latitudes más lejanas e inhóspitas del territorio nacional.

Ya antes, cuando iniciaba su período de gobierno, el Presidente viajó a la sierra de Oaxaca para entregar personalmente 50 cheques al mismo número de comunidades indígenas de ese Estado, a fin de que pudieran comenzar a construir caminos de concreto que conectaran sus cabeceras municipales con el resto de la entidad, dentro del marco del programa de construcción de caminos, a través del cual se financiará el desarrollo de carreteras por medio de entregas directas de parte del gobierno a las autoridades municipales de usos y costumbres de más de 300 municipios oaxaqueños que no cuentan con caminos pavimentados hasta sus capitales.

Como dijimos, el titular del Poder Ejecutivo entregó los 50 cheques en mano de los representantes municipales de los cincuenta pueblos y frente a los habitantes que ellos representan, ondeando así la bandera de salida para un programa de construcción de infraestructura que está detonando el empleo, el consumo y el inicio de una economía de bienestar donde más se necesita, basado en el concepto de que los caminos se construyan con el trabajo de los habitantes de las comunidades a las que van a beneficiar, con técnicas intensivas en mano de obra que empleen a la mayor cantidad posible de personas, para que el dinero se quede y se gaste dentro de los pueblos, ahorrándose intermediarios y moches a terceros, que eran prácticas tradicionales de todos los gobiernos anteriores de la historia de México.

En este evento no solamente es importante la reiteración del ejecutivo federal en su intención para voltear a ver y atender con acciones concretas, expeditas y efectivas, las necesidades de aquellos que habían sido maltratados y olvidados durante siglos por las autoridades del país, e incluso, por el resto de la sociedad; es de una enorme relevancia que, en una suerte de Comando Robin Hood, o de Comando Chucho El Roto para tropicalizar el concepto, se comience a llevar a la práctica la promesa, increíble cuando se hizo, de que, en un país como México, se devolvería lo robado al pueblo, quien por medio de su esfuerzo genera la riqueza que ha servido de botín a unos cuantos corruptos y ladrones de toda índole, apoltronados en puestos públicos, asistidos por sus favoritos y familiares en el despojo de los bienes populares, ejerciendo la práctica más descarada de crimen organizado desde el poder.

Por otro lado, y en contraste profundo entre conceptos de poder, gobierno y servicio público, también esta semana trascendió en los medios la fotografía patética de un expresidente, parado en una esquina frente a la ventanilla del coche de un automovilista, repartiendo propaganda relacionada con el lanzamiento de un partido político potencial que pretende registrar junto con su esposa, como si los institutos políticos pudieran crearse y servir al desarrollo funcional de un sistema a capricho familiar, sin infraestructura ideológica, moral u operativa de ninguna especie.

La imagen deja espacio para hacer reflexiones de toda índole y también, como en el caso de devolver al pueblo lo robado, conlleva una carga simbólica de grandes proporciones.

No es lo mismo ver a un alto exfuncionario público, incluso a un presidente en funciones, acercándose a los automovilistas y transeúntes para impulsar los intereses de una causa de beneficio social, como la colecta de la Cruz Roja por ejemplo; esto no implica nada más un esfuerzo personal loable, sino un ejemplo para que los demás hagamos lo mismo.

Sin embargo, este no es el caso del expresidente Calderón, quien se encuentra en las esquinas promoviendo un proyecto que deriva de la actitud soberbia que provocó su salida del PAN, donde podría continuar participando como miembro relevante, una vez que fracasó en su intento de apoderarse de la estructura directiva del partido para utilizarla en fines de promoción familiar, y para continuar sintiéndose importante y poderoso.

Es la manifestación clara de una personalidad egocéntrica sin capacidad cognitiva que le permita ubicarse con dignidad en su realidad actual de expresidente que, bien o mal, ya tuvo su oportunidad de gobernar; probablemente su propio inconsciente lo obliga a buscar desesperadamente otra oportunidad a sabiendas de que hizo un trabajo asqueroso como gobernante.

Es también la demostración pública de un cerebro muy poco inteligente, incapaz de aprender de sus errores y de sus fracasos; es punto menos que increíble la falta de conexión con la realidad que demuestra este patético personaje, quien después de haber incrustado, “haiga sido como haiga sido”, a su esposa en un proceso electoral, donde tuvo un desempeño deplorable y en el que no recibió prácticamente ningún apoyo relevante de parte de la sociedad, siga pensando que puede tener éxito como una figura con arrastre popular, que le permita volver a ocupar un cargo de elección importante, o regresar a dirigir una estructura de competencia política que cuente con posibilidades reales de ganar algo.

Probablemente se ha creído su propia mentira de popularidad, al contar con 5 millones de seguidores en Twitter, de los que todos sabemos que son robots más de 2.5 millones, con cuentas abiertas en su periodo de gobierno por servicios pagados a partir de los impuestos de los contribuyentes, y que sólo presenta un nivel irracional de ambición por el poder, fuera de todo el contexto en la dinámica política actual.

Hoy la mayoría se divierte observando a este ex miembro de la clase privilegiada haciendo el ridículo en las esquinas, enfundado en su chalequito azul, para pedirle firmas a los ciudadanos en los que nunca pensó y a los que, sus decisiones estúpidas, dejaron sumidos en un entorno de la más lamentable violencia que no está siendo fácil empezar a controlar. Sólo en su cabeza enferma cabe pensar que alguien con un cerebro funcional, puede quererlo de regreso en la vida pública de México.

Comparando estas dos situaciones es curioso ver como el gobierno empieza a devolver al pueblo lo que se robaron exfuncionarios, como éste, que ahora piden firmas para intentar volver a las andadas.