¿Blancos que niegan el racismo?

@RodrigoGuillot

La Fórmula 1 es un evento que recién regresa al debate público, al menos en la Ciudad de México, luego de Claudia Sheinbaum, Jefa de Gobierno, anunciara que éste será llevado a cabo financiado por la iniciativa privada y no pública. El tema ha sido sujeto de discusión en diferentes momentos y ha permitido que se tomen posturas en torno a las prioridades del gobierno: ¿Debería el dinero público (del erario) utilizarse para financiar eventos de accesibilidad privada (el acceso tiene un precio), y además exclusiva (el precio es impensable para la mayoría de los mexicanos)?

La respuesta de Sheinbaum fue que no, y alrededor del tema se abrió un intenso intercambio de posturas que iban desde el papel económico del estado y la iniciativa privada hasta la desigualdad económica. Pero el giro que le dieron las redes sociales tomó un curso acelerado luego de que en el programa de debate Punto y Contrapunto, Estefanía Veloz, panelista se quejara de la naturaleza elitista de eventos como la Fórmula 1.

Expresó:

“Más allá de que sea un tema clasista también es un tema de la pigmentocracia, también es un tema de la pigmentocracia tú entras al lugar y todo mundo es güerito, ojo verde. La Fórmula 1 es un evento que sirve para congregarse entre la clase alta, y la sociedad servía para facilitarles el camino y que pudieran llegar en sus carros de lujo al espacio de la Fórmula 1 (…), concediéndoles esta narrativa de la derrama (económica) y los trabajos (generados por el evento), que se haga con su dinero; las empresas lo van a pagar”

La reacción de un sector de la derecha en torno al uso del término “pigmentocracia” fue de rechazo a la existencia del fenómeno. Más allá de la discusión que pueda darse en torno a la diferencia de significado entre “pigmentocracia” – que se refiere solo al color de la piel – y “racismo” – que alude también a otros rasgos físicos -, llama la atención que a pesar de la sólida evidencia cuantitativa que relaciona el color de piel de las personas con la facilidad o dificultad que tienen éstas para gozar de una mejor calidad de vida. Irónicamente, una porción importante de quienes niegan que México es un país construido a base de violencia clasista y racista eran blancos, algunos miembros de los grupos intelectuales, políticos o culturales de élite. Tristemente, en la defensa de su tesis esgrimían, a veces sin darse cuenta, argumentos clasistas y racistas.

La que más llamó mi atención fue la de José Antonio Meade, que decidió apelar a su condición de enfermo de vitiligo para llamar a anular el debate sobre el racismo y clasismo en México: “El vitiligo lo padece cerca del 2% de la población. Pocos comentarios tan frívolos y superficiales como el de la “pigmentocracia”. Ojalá Leono con la Espada del Augurio y el Ojo de Thundera les permitiera a muchos ver más allá del color o las enfermedades de la piel.”

Como si en México fuera lo mismo ser blanco con vitiligo que ser moreno con vitiligo.
Frívolo pensar que se puede anular el debate en torno a la desigualdad económica de un sistema social a partir de la particularidad de una persona. Tachar de frívolo al acto de señalar que millones de mexicanos son diariamente discriminados de forma sistemática por el solo hecho de no pertenecer a una minoría económica y racial es no entender la realidad sobre la que se pretende hacer política.

Y es que, contrario a lo que la derecha quisiera argumentar, México es un país en el que tener un color oscuro de piel significa de origen tener desventaja no sólo en el trato cotidiano, sino en las oportunidades a las que puedes aspirar según la condición socio-económica de tu familia: asuntos como acceso a servicios públicos, seguridad, calidad y esperanza de vida o movilidad social se ven atravesados por el aspecto físico u origen étnico de las personas.

Por eso México es un país clasista y racista a la vez, aunque haya quienes opten por negarlo.
Afortunadamente, las redes sociales no se compraron la trampa del chantaje: usar condiciones particulares (como el vitiligo de Meade) para negar su pertenencia a una clase social y económica claramente aventajada y minoritaria en una sociedad tan desigual como la mexicana y optaron por evidenciar con ejemplos, análisis y datos duros que el color de piel en México es en efecto una razón por la que las personas son discriminadas.

La ironía de que quienes nieguen el racismo sean blancos se explica o por falta de empatía o por resistirse deliberadamente a cambiar la situación de desigualdad de la que se benefician. Contra ambas razones el primer paso para desarmar sus argumentos está en la labor de visibilizar las desigualdades y llevarlas al centro del debate público para que aquellos que defiendan su condición de clase no puedan negar los privilegios de los que gozan al pertenecer al sector más pequeño y más rico de México,