A 99 años de su muerte, Flores Magón, el anarquista de la Revolución

Por: Miguel Alejandro Rivera

@MiguelAleRivera

“Sólo el que sufre sabe comprender al que sufre”
Ricardo Flores Magón

Así como hablaba francés, italiano, portugués, inglés y hasta un poco de latín y griego, también manejaba el léxico florido de los barrios mexicanos. Un personaje cuyo nombre es más conocido, tristemente, por la estación del metro de la Línea B que por sus enormes aportes a la historia de México. Fue nombrado El Apóstol de la Revolución por propagar las ideas de libertad e igualdad en un país donde reinaba la injusticia bajo el mandato de Porfirio Díaz.

Este 21 de noviembre, se han cumplido ya 99 años de la muerte de Ricardo Flores Magón, uno de los más importantes personajes de la Revolución Mexicana al cual no se le da la relevancia que debiera, quizá por sus orígenes humildes y sus ideales anarquistas.
Político, periodista y libertario, este personaje era hijo de Teodoro Flores, un indígena de raza pura y de Margarita Magón, una mujer mestiza. Nacido en San Antonio Eloxochitlán, Oaxaca tuvo un origen muy distinto al de personajes como Francisco I. Madero o Venustiano Carranza, por nombrar algunos nombres de la Revolución que emanaron de la burguesía o del Ejército para enfrentarse a las fuerzas Federales.

El oaxaqueño es reconocido por haber encontrado en el periodismo el mejor aliado para luchar contra el régimen de Porfirio Díaz. La pluma le era el fusil más certero para disparar su crítica a la oligarquía que explotaba a los campesinos y obreros de todo el país. El 7 de agosto de 1900 apareció el primer número de Regeneración, un periódico de crítica social por el cual Ricardo Flores Magón, y sus hermanos Jesús y Enrique, serían enviados a la cárcel de Santiago Tlatelolco, en 1902.
“Camaradas: ¡No quiero ser esclavo! Grita el mexicano, y tomando el fusil ofrece al mundo el espectáculo grandioso de una verdadera revolución, de una catástrofe social que está sacudiendo hasta los cimientos el negro edificio de la Autoridad y el Clero (…) México es el país de los contrastes. Sobre una tierra maravillosamente rica vegeta un pueblo incomparablemente pobre”, era el grito de El Apóstol de la Revolución, uno de los pocos intelectuales mexicanos de inicios del Siglo XX que se apasionó por el discurso libertario de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Proudhon, entre otros autores anarquistas.

A través de Regeneración y El Hijo del Ahuizote, promovió la lucha armada al grado de ser considerado por Francisco I. Madero para iniciar la Revolución; sin embargo, Flores Magón declinó la invitación al entender la lucha de Madero como un movimiento burgués sin intereses reales por el pueblo.
El oaxaqueño tuvo una vida dividida entre el exilio, la prisión y las letras; fue un revolucionario incansable que comprendió que la teoría sin práctica es tan inútil como la práctica sin teoría. Intentó fundar comunas anarquistas en la frontera del país a través del Partido Liberal Mexicano, pero fue derrotado por las fuerzas federales.
Flores Magón pertenece al grupo de la injusticia histórica en el que comparte créditos con Belisario Domínguez, Filomeno Mata, Librado Rivera, y hasta hace poco Felipe Ángeles, además de otros tantos personajes que con su lucha legaron las bases del México moderno, de ese país que apenas los recuerda en los nombres de las calles, estaciones del metro, algún premio que lleve su nombre o acuñados en las monedas, si bien les va.
En 1920, un año después de haber sido apresado en Estados Unidos, Ricardo Flores Magón rechazó, una pensión que le otorgó la Cámara de Diputados de México, a instancias de Antonio Díaz Soto y Gama; argumentó: “Yo no creo en el Estado; lo considero como una institución creada por el capitalismo para garantizar la explotación y subyugación de las masas. Por consiguiente, todo dinero obtenido por el Estado representa el sudor, la angustia y el sacrificio de los trabajadores, mis compañeros, mis hermanos, de quienes me siento orgulloso… Sería un dinero que quemaría mis manos y llenaría mi corazón de remordimiento”.

Diría Eduardo Galeano en su texto “El nacedor”, dedicado Ernesto “el Che” Guevara, pero que bien podría hablar del revolucionario mexicano, que la congruencia de Flores Magón sería extraña “en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen”.
Este intelectual utopista falleció a los 49 años en un calabozo de la penitenciaría de Leavenworth, Kansas, Estados Unido; la versión oficial indica que pereció a causa de un paro cardiaco; se dice que la de Librado Rivera, aseguraba, murió ahorcado, y otra versión es que fue apaleado por los custodios de la prisión… Como quiera que fuere, su muerte fue una ironía: un anarquista que pasó sus últimos momentos encerrado tras las rejas, soñando con su libertad y la del pueblo.

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