Zedillo no es un referente de futuro, sino el recordatorio de que nunca más se debe permitir que los corruptos y entreguistas vuelvan a gobernar México.
La figura de Ernesto Zedillo representa uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente de México. Su llegada a la Presidencia en 1994 estuvo envuelta en la corrupción y la turbulencia: tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el dedazo presidencial lo impuso como candidato del PRI, cerrando filas en torno a la continuidad de un régimen autoritario y profundamente antidemocrático. Su elección se consumó en medio de un clima de violencia política, fraudes electorales disfrazados de legalidad y un país herido por la crisis económica y la represión.
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Durante su sexenio (1994-2000), Zedillo consolidó la entrega del país al capital transnacional mediante privatizaciones masivas y el rescate bancario conocido como el Fobaproa, una de las mayores traiciones al pueblo mexicano. Convirtiendo deudas privadas en deuda pública, hipotecó el futuro de generaciones enteras para salvar a banqueros y empresarios aliados. Simultáneamente, su gobierno fue cómplice de la represión brutal en comunidades indígenas, como lo evidenció la masacre de Acteal en 1997, un crimen de Estado que permanece impune y que simboliza el desprecio neoliberal hacia la dignidad humana.
NEOLI
Después de su mandato, Zedillo continuó su ruta de corrupción e impunidad al refugiarse en el sector privado global. Fue premiado por los mismos intereses que favoreció como presidente: se incorporó como asesor y miembro de grandes corporaciones trasnacionales, entre ellas el Citigroup y la Unión Pacífico. La llamada “puerta giratoria” entre el poder político y el económico encontró en Zedillo un caso emblemático de traición nacional.

Hoy, el PRIAN —esa alianza caduca entre la derecha rapaz del PRI y el PAN— intenta resucitarlo como vocero, evidenciando su desesperación. Sin liderazgo legítimo, sin propuestas creíbles y sin respaldo popular, buscan en las figuras del pasado neoliberal un ancla para su naufragio. Sin embargo, para los pueblos organizados y conscientes, Zedillo no es un referente de futuro, sino el recordatorio de que nunca más se debe permitir que los corruptos y entreguistas vuelvan a gobernar México.
Por: Héctor Zariñana
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