¡Ya no somos su patio trasero!

Desde hace dos años México está experimentando cambios tan profundos, que no es nada fácil asimilar todavía el hecho de que ya no estamos viviendo en el mismo país que habían configurado los gobiernos neoliberales durante los últimos 40 años.

Si para nosotros es difícil darnos cuenta de esto, para nuestros vecinos del Norte lo es aún más. Los Estados Unidos han estado acostumbrados históricamente a considerar a México como un país subalterno, en el que las restricciones que puede implicar una frontera solamente aplican para los que vivimos de este lado de ella.

Los mexicanos necesitamos tramitar una Visa en la embajada estadounidense para entrar a su país, pero ellos pueden entrar al nuestro sin mayor trámite, cruzando la línea fronteriza por el medio que mejor les convenga, con sólo mostrar su pasaporte.

En la historia este tratamiento ha sido la regla no escrita que les otorga absoluta libertad para lo que deseen hacer en nuestro territorio y cuando México no ha estado de acuerdo, han impuesto su voluntad por medio de las armas.

Los mexicanos hemos sufrido de 3 intervenciones armadas por parte de los Estados Unidos. La primera sucedió en 1846, un año después de la anexión que ese país hizo de Texas a su territorio, al mismo tiempo que el gobierno de aquel país, deseaba extender su territorio insistiendo en comprarnos Nuevo México y lo que hoy es el Estado de California.

Como México no estuvo de acuerdo, el gobierno estadounidense inició campañas militares en Nuevo México, California, Texas, Nuevo León, Coahuila y Chihuahua. El primer choque entre los dos ejércitos, tuvo lugar en las márgenes del Río Bravo en abril de 1846. El Presidente James Polk declaró la guerra a México el 13 de mayo de ese año.

El ejército norteamericano ocupó la ciudad de México durante más de dos años y para lograr que se fueran se firmaron los Tratados de Guadalupe Hidalgo, por medio de los cuales México les entregó 2.4 millones de kilómetros cuadrados de territorio correspondientes California, Texas y Nuevo México.

La segunda fue la invasión violenta de Veracruz en 1914, sin declaración de guerra, argumentando que Victoriano Huerta no quiso izar su bandera en señal de desagravio y la tercera fue como respuesta a la invasión de Villa sobre Columbus, invadiendo México sin permiso para buscarlo y permaneciendo alrededor de dos años en esta campaña.

A partir de entonces los agentes designados por cualquier autoridad estadounidense, han podido entrar y salir a su antojo de nuestro país, haciendo lo que han querido. Llegamos al grado de tener 2 presidentes mexicanos actuando personalmente como agentes informantes de la CIA, Diaz Ordaz y Echeverría y al colmo permitiéndoles armar a grupos de la delincuencia con armas ilegales, con las que asesinaban a la población civil en el sexenio de Calderón.

Por esta tradición permisiva y humillante para México, no nos extraña que su fiscal general esté molesto porque el gobierno de México haya decidido regular las actividades de sus agentes en nuestro territorio, mediante la promulgación de una ley que los obliga a someterse a nuestras leyes cuando vengan a trabajar aquí. Es natural que les tome un tiempo irse acostumbrando a que este ya es un país decidido a proteger su soberanía; nada que ellos no hagan.

En este momento de la Historia, habría sido interesante aunque poco probable, que antes de la aprobación de esta ley, el Fiscal estadounidense se hubiera reunido con el Fiscal mexicano, a fin de acordar las mismas canonjías para los agentes de ambos países en territorio del otro. Para bien o para mal, hoy en nuestra casa, las decisiones las tomamos nosotros, no el vecino.

Como dijo el escritor ruso Fiodor Dostoievski: “Es mejor equivocarse siguiendo tu propio camino, que tener razón siguiendo el camino de otro”.