¿Sigue viva la guerra fría?

@RodrigoGuillot

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Durante la guerra fría, las potencias hegemónicas de la URSS y Estados Unidos se enfrentaron entre sí disputándose la dominancia del sistema internacional. Ambos países aplicaron diferentes estrategias para, siempre de manera indirecta, combatir a su homólogo y buscar ampliar su influencia en diferentes regiones del mundo.

Entre los escenarios más importantes para ambas potencias se encuentran las naciones del denominado tercer mundo: América Latina, África y Asia. Cada uno de estos continentes protagonizó pugnas en diferentes escenarios nacionales que se caracterizaron por la intervención de una o ambas potencias hegemónicas. “Las hostilidades se desplegaron principalmente en el ámbito económico, diplomático, ideológico, armamentístico y de inteligencia-espionaje.”

En este contexto, los Estados Unidos desplegaron una política exterior para América Latina, que no pocas veces ha sido considerada por EEUU (y la comunidad internacional) como la esfera de influencia natural de la hoy superpotencia en decadencia. Durante la Guerra Fría, la doctrina de la contención del comunismo fue el pilar ideológico que legitimaba -al menos en el discurso- la dominancia de los EEUU sobre los pueblos de la América Latina.

Con la experiencia adquirida en diferentes enfrentamientos, como la guerra de Vietnam, la crisis de los misiles cubana o la guerra de Corea, los servicios de inteligencia estadounidenses desarrollaron una doctrina de contrainsurgencia; un formidable cuerpo teórico que legitimaba las más brutales violaciones a los derechos humanos con la finalidad de contener la disidencia para con el plan político, económico, de seguridad y social que los Estados Unidos desplegaron sobre el continente en disputa con la URSS. De esta manera, el terreno ideológico atestiguaba una lucha entre el comunismo y el capitalismo; defendidos por la URSS y los EEUU respectivamente.

Con este cuerpo doctrinario como respaldo metodológico, la llamada Operación Cóndor fue la forma en que los EEUU contuvieron y prácticamente eliminaron a la oposición de los regímenes autoritarios respaldados por la potencia occidental. La contrainsurgencia se valió tanto de medios psicológicos y propagandísticos como del uso de la fuerza por medio de cuerpos policiales paralelos a las estructuras del estado y de grupos paramilitares importados a las naciones del sur para la represión de disidentes y la siembra del terror en la población en general.

La operación Cóndor se trata de una serie de acciones específicas llevadas a cabo por diferentes actores estatales y no estatales en coordinación y con el respaldo de la CIA y la agencia USAID, además del apoyo del ejecutivo y el legislativo estadounidenses en términos políticos, económicos y de financiamiento. Se trató de una auténtica intervención organizada y permitida por las autoridades locales en los asuntos internos de todo el continente con la finalidad de consumar golpes de estado, asesinatos a líderes políticos y de opinión, intelectuales, activistas y ciudadanos de a pie.

Si bien la Operación Cóndor resalta por el nivel de operatividad demostrado, así como por la brutalidad de la fuerza y el cinismo de los agentes locales y extranjeros que participaron en ella, es menester comprender que ésta solo es una parte del despliegue de la política exterior en Estados Unidos durante la guerra fría. Y, como sostengo, hasta nuestros días. La primera acción diplomática de relevancia en la relación América Latina – Estados Unidos es la firma del TIAR, un tratado de seguridad regional que buscaba garantizar la integridad territorial del continente en favor del interés estadounidense y en defensa del avance del comunismo. “La cuestión de la seguridad regional como sumatoria de las seguridades internas de cada país reemplazó a la de defensa hemisférica, para los Estados Unidos, seguridad interna en los países de la región equivalía a control de la subversión comunista.”

Basados en el TIAR, los Estados Unidos dispusieron e implementaron diferentes mecanismos legales y paralegales de control de la vida interna de los países latinoamericanos. En aquellos donde el poder local les era afín se esforzaron en garantizar que las fuerzas opositoras fueran “contenidas” mediante la represión, el asesinato, la propaganda negra, la asistencia económica a los regímenes militares o civiles, el entrenamiento para la tortura, el secuestro y el asesinato y diferentes tácticas y estrategias de la doctrina de la contrainsurgencia. En aquellos países con gobiernos populares (en su mayoría electos democráticamente), la CIA coordinó esfuerzos para la desestabilización de la economía, la siembra del pańico, el terrorismo y el asesinato selectivo de figuras clave para las izquierdas nacionales y regionales.

Entre los golpes de estado más destacados durante el período de la guerra fría están: el dado contra Jacobo Árbenz Guzmán en 1954, en Guatemala; la instauración de la dictadura de Stroessner en 1989, en Paraguay; el derrocamiento de Goulart en Brasil, en 1961; los golpes de estado contra el peronismo en 1966 y 1976, en Argentina; el derrocamiento de Víctor Paz Estenssoro, en Bolivia, 1964; y el icónico golpe de estado a Salvador Allende en 1971, en Chile. Todas estas operaciones fueron acompañadas de campañas de desestabilización política, económica y psicológica orquestadas por la CIA y el poder estadounidense, pero operadas por agentes locales y regionales latinoamericanos, en apoyo de grupos tácticos extranjeros, entre los que destacan los fascistas italianos, españoles y alemanes, los grupos terroristas de ultraderecha religiosa locales y los paramilitares cubanos exiliados en Miami después del triunfo de la revolución cubana.

Cabe revisar el caso de José López Rega, fundador de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar terrorista que se dedicó a sembrar el terror y a reprimir a los movimientos sociales argentinos mediante la desestabilización al peronismo y después la represión a la oposición a la dictadura. Su caso me parece destacable porque, además de participar activamente en la Operación Cóndor y en diferentes operativos terroristas trasnacionales, mantuvo una relación estrecha con los agentes estadounidenses, llegando a declarar que “el combate contra las drogas forma parte de un plan político de lucha contra la subversión.” Su organización llevó a cabo 22 atentados, 20 secuestros y 60 asesinatos solamente después de la muerte de Perón, según el reporte del investigador Ignacio González Janzen.

La Operación Cóndor se llevó a cabo en tres etapas; la primera consistió en el establecimiento de mecanismos de intercambio de información y espionaje, la segunda en acciones encubiertas de espionaje, detención y tortura de miembros de diferentes organizaciones de izquierda en el continente. La tercera fue el asesinato de diferentes actores estratégicos en la política latinoamericana dentro y fuera del territorio del continente.

Las características de la Operación Cóndor que el autor del informe ejecutivo “Operación Cóndor 40 años después” resalta en su investigación son:

La especialidad en operativos transfronterizos

Su naturaleza multinacional

La elección precisa y selectiva de disidentes

La estructura paraestatal de fuerzas paramilitares patrocinadas por el Estado

El uso de tecnología avanzada

La utilización de sindicatos del crimen y organizaciones extremistas

La idea que sostengo en este texto es que la Operación Cóndor sigue viva en diferentes remanentes de la política exterior estadounidense, donde América Latina siempre ha sido vista como una esfera natural de influencia y el espacio donde ejercer el poder, experimentar y obtener los recursos materiales y económicos necesarios para mantener el statu quo estadounidense a su interior y exterior. No hace más falta que revisar las experiencias de gobiernos y movimientos progresistas en los últimos años para descubrir los rasgos comunes en las formas en que éstos han sido combatidos.

Si bien la mano estadounidense es poco visible -quizá por la falta de investigación documental al respecto- en los movimientos anti populares de América Latina, la forma en que éstos se dan no distan de los métodos de guerra psicológica, propaganda negra, terrorismo, desestabilización política y económica e incluso, como vimos en Bolivia en semanas recientes, el uso de las fuerzas armadas para la instauración de regímenes militares que deponen presidentes electos mediante las urnas.

Revisar la guerra mediática internacional contra Venezuela, representada por Chávez y Maduro, nos acerca a la concordancia de los intereses de los medios afines al poder hegemónico con los poseedores de poder económico y político duro en contra de la soberanía nacional en aquel país; confirmaremos lo anterior al analizar las alianza político-militares que sostiene EEUU con, por ejemplo, Colombia, manteniendo amenazada la soberanía nacional venezolana con bases militares en la frontera entre estos dos países, o por la actividad terrorista de grupos civiles y paramilitares que, entre otras cosas, han quemado vivos a miembros del partido oficial o del gobierno.

El caso de Brasil, con la judicialización de la política que buscó y logró separar al mandatario brasileño de la carrera presidencial por su reelección y lo mantuvo encarcelado bajo cargos de corrupción que hasta la fecha no se han comprobado, demuestra que las fuerzas antidemocráticas continúan actuando de manera directa en los países que sostienen regímenes económicos o políticos que no le son afines al interés estadounidense. El caso brasileño terminó con la elección de un candidato de ultraderecha, cristiana conservadora y afín a la línea programática de la diplomacia estadounidense y de instituciones internacionales como el FMI, con las implicaciones políticas y económicas que esto significa.

Pero revisemos también las dos últimas muestras de la diplomacia estadounidense: el golpe de Estado contra Bolivia y su legitimación por parte del gobierno de Trump, que lo consideró una advertencia para regímenes como el de Maduro y Ortega; el uso de las fuerzas armadas como método de amenaza contra la vida de integrantes del gobierno y de partidos políticos reivindicados como socialistas y la instauración de un régimen militar posterior a la deposición del legítimamente electo Evo Morales demuestran un recrudecimiento de la política exterior estadounidense en términos del intervencionismo en los países de América Latina.

La declaración de que los cárteles mexicanos serían considerados por EEUU como grupos terroristas para el gobierno de Trump sigue la misma tónica. Es necesario recordar que. una vez terminada la guerra fría, la intervención de los Estados Unidos en medio Oriente se justificó por el discurso de la lucha contra el terrorismo, causando miles de muertos en territorio iraquí, palestino, iraní y en general de aquellos países en donde se buscaba obtener un beneficio estratégico de la guerra. Cabe destacar la declaración que hace Trump en los medios, en la que, tras anunciar el trabajo legislativo para tomar la medida, califica al gobierno de Andrés Manuel como de corte socialista; otro elemento discursivo de la guerra fría.

Será que en realidad el trabajo para denominar al narcotráfico mexicano como actividad terrorista ya estaba en marcha desde hace tiempo o será que se trata de un intento de represalia o disuasión para el estado mexicano, que tras el golpe en Bolivia asiló y salvó la vida del presidente Morales. Cualquiera de las dos hipótesis puede ser atinada, pero la cuestión más importante es la responsabilidad del gobierno estadounidense, que provee de armas al crimen organizado en todo el mundo y además es el principal consumidor de drogas y otros ilícitos que produce y trafica el mismo.

La cuestión de fondo es que los últimos dos episodios de la política exterior estadounidense para América Latina (el golpe en Bolivia y la amenaza de intervención directa en México) demuestran que la forma de relacionarse con nuestro continente que los EEUU demostraron durante la guerra fría sigue vigente y se actualiza mediante el incremento de la hostilidad del régimen de Trump. La lección para los gobiernos y movimientos populares de América Latina es que el deber de fortalecer las relaciones y la cooperación entre los mismos incrementa ante la agresión de Estados Unidos, que hoy por hoy, como en la guerra fría, disputa su hegemonía internacional y demuestra su disposición al despliegue de violencia para mantener sus intereses en nuestro continente.

En tiempos inciertos conviene estar más alertas que nunca y seguir las dos recomendaciones que daba Ernesto Guevara no confiar en el imperialismo -ni tantito- y caminar en unidad y constante aprendizaje hasta la victoria siempre.

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