La soberanía no es un discurso; es un acto: la soberanía se viste de tinta morada, celeste, rosa, amarilla y del color de cada boleta en Elección Judicial.
Por: Leo Collado
A pocos pasos de su trascendencia de esta vida terrenal, aún respiramos el perfume del gran Pepe Mújica en los discursos y las agendas políticas nacionales y globales.
“¿Qué es la vida humana? ¿Por qué luchamos?”
Así preguntó el viejo sabio del sur; con su historia escrita en cicatrices y utopías; y en ese eco que cruzó el Atlántico, retumbó lo que en México hoy arde:
¿para qué tenemos patria, si no podemos decidir su rumbo?
La soberanía no es un discurso ni una fecha con desfile; es un acto, un derecho, una trinchera de dignidad; y en estos días, históricos como pocos, la soberanía se viste de tinta morada, celeste, rosa, amarilla y del color de cada boleta en este proceso electoral.
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Hoy, México escribe un capítulo inédito: elegir, por voto directo, a quienes impartirán justicia. No lo decide el poder político ni lo dicta una élite; lo decide el pueblo.
Nos lo debemos. Nos lo merecemos. Nos lo ganamos.
Mújica nos recordaba que “no vinimos a este mundo solo a trabajar y comprar; ¡vinimos a vivir!” Eso también es el resultado de una justicia que escucha, que abraza y que no confunde imparcialidad con indiferencia.

Elegir a nuestras juezas y jueces es eso: un acto de amor propio colectivo; es decir: “yo también merezco justicia, y no la mendigo, la construyo.” Es ejercer la patria, no solo celebrarla.
Y si hay quien teme al error del pueblo, habría que recordarles algo más simple, más humano:
Equivocarse actuando es mucho más noble que vivir en la duda.
Soberanía o nada.
Justicia o mármol.
Pueblo o élite.
Tú decides.
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