Que no falte el pan; que no falten las rosas; y que Carolina jamás olvide que el pueblo nos oye cantar.
Nacer un 18 de marzo en Michoacán es cargar una palabra poderosa: soberanía. Ese día, la historia mexicana celebra la expropiación petrolera; Carolina Rangel lleva, sin buscarlo, en su acta de nacimiento, el sello de las causas que no se negocian. Para ella, esa fecha no es anécdota, es brújula.

Hoy, desde la Secretaría General de Morena, su tarea no es declamar consignas: es ordenar el paso, tejer acuerdos y sostener un pulso político que no pierda el sentido de para qué se lucha.
¿Es adecuado el poema de James Oppenheim para describir el andar de Carolina? Por supuesto. “Pan y Rosas” late como código. Pan: políticas que garantizan lo básico.
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Rosas: dignidad, cuidado, belleza de la vida. Ese equilibrio define su sello; no es un eslogan: es la experiencia de gestión que dejó en Michoacán. El pan: apoyos para familias cuidadoras de niñas y niños con cáncer; pensión para personas con discapacidad de 30 a 64 años en coordinación con la Federación; respaldo económico para mujeres con cáncer de mama o cervicouterino.
Las rosas: núcleos cuidadores para niñas, niños y adolescentes víctimas indirectas de feminicidio; apoyos a mujeres egresadas de refugios; impulso al cooperativismo, decenas de nuevas cooperativas en decenas de municipios; inclusión de la comunidad LGBTTIQ+; rescate de la medicina tradicional; y la reactivación del Consejo Consultivo de Desarrollo Social, para abrir ventanas a la participación y la contraloría ciudadana.

En el tablero nacional, esa experiencia se traduce en método: menos estridencia y más estructura; menos ocurrencia y más programa. La consigna de Oppenheim no aparece como cita, sino como práctica: “Sí, es por el pan que peleamos, pero también peleamos por rosas”.
Y sí, su lucha tiene una veta feminista que no pide permiso: poner al centro el cuidado, la autonomía económica y la vida libre de violencias; pero no es una lucha contra los hombres, sino contra la injusticia. Por eso, cuando el poema recuerda que:“mientras vamos marchando, marchando, luchamos también por los hombres, ya que ellos son hijos de mujeres…”, no es una concesión, sino una estrategia de humanidad: si el bienestar es de unos pocos, no es bienestar; si la política olvida el cuidado, deja de ser proyecto para convertirse en trámite.

Carolina, hoy, no camina con pancarta, sino con agenda; y no empuña un megáfono, sino una estrategia. Lleva el pulso de la base, ese que entiende padrones, logística y territorio, y lo coloca en la mesa donde se juega la conducción del movimiento.
La épica no está en los discursos, sino en los resultados: programas que llegaron, recursos que se dispersaron, estructuras que volvieron a funcionar, cooperativas que prendieron motores. A fin de cuentas, “Pan y Rosas” no es un poema del pasado: es un mapa para el presente.
Pan para que nadie se quede atrás; rosas para que la vida valga la pena; y, en el México que estamos edificando, esa mezcla no es lujo ni estética: es política de servicio.
Que no falte el pan; que no falten las rosas; y que Carolina jamás olvide que el pueblo nos oye cantar.
Político y poético
Por Leo Collado
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