El canal 13, que originalmente era del Estado, hoy se encuentra en el debate público por la propuesta de Taibo II. ¿Qué dirá Ricardo Salinas?
Nacionalizar al Canal 13 no es un mero capricho ideológico, es una urgencia histórica frente a la degradación de los medios de comunicación del capital privado.
En un país como México, donde los monopolios mediáticos han operado como brazos ideológicos del poder económico y conservador, regular espacios de comunicación para el pueblo es un acto de soberanía y justicia.
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La propuesta resuena como un llamado a reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación en la construcción de una sociedad más justa y equitativa. Taibo no propuso una expropiación directa, sino abrir un debate sobre la regulación de medios privados que, como TV Azteca, han estado vinculados a prácticas de evasión fiscal. Este enfoque parte de una premisa fundamental: los recursos estratégicos, como los medios de comunicación, deben servir al interés público y no solo a los intereses de una élite empresarial.

El argumento de Taibo se ancla en la idea de “salud nacional”. Los medios de comunicación no son meras empresas privadas; son formadores de opinión pública y, por ende, actores clave en la democracia. Cuando un medio como Canal 13, propiedad de Ricardo Salinas Pliego, acumula deudas millonarias con el Servicio de Administración Tributaria (SAT) —según reportes, hasta 35 mil millones de pesos— mientras los ciudadanos cumplen con sus obligaciones fiscales, se genera una contradicción que no se puede ignorar. ¿Por qué un empresario que evade impuestos debería mantener el control de una concesión pública, como lo es el espectro radioeléctrico, que pertenece a la nación? Este cuestionamiento no busca censurar, como han acusado algunos opositores, sino replantear el modelo de propiedad y gestión de los medios para priorizar el bienestar colectivo.
En este sentido, la propuesta de Taibo no es un ataque a la libertad de expresión, sino una invitación a discutir cómo los medios pueden alinearse con los principios de justicia social. Regular no implica silenciar voces, sino garantizar que las concesiones sirvan para amplificar la pluralidad, la cultura y las necesidades del pueblo, en lugar de perpetuar narrativas que refuerzan desigualdades. La reacción de Salinas Pliego, quien acusó a Taibo de “comunista” y “ratero”, refleja el temor de una élite que se beneficia del statu quo y que se resiste a cualquier forma de rendición de cuentas.

Sin embargo, el debate no debe quedarse en la retórica. Proponer mecanismos concretos como un consejo consultivo, como sugirió Taibo, podría ser un espacio para analizar cómo regular las concesiones mediáticas sin vulnerar derechos. Esto implica transparencia, participación ciudadana y un marco legal que equilibre la libertad de expresión con la responsabilidad fiscal y social de los concesionarios. La regulación de medios como Canal 13 no es un capricho autoritario, sino una oportunidad para democratizar la comunicación y construir una narrativa que refleje los valores de la transformación.
Canal 13, como parte de la red de medios de TV Azteca, ha sido instrumento constante de desinformación, manipulación política y banalización cultural. Lejos de contribuir al debate público, su programación suele responder a intereses empresariales que anteponen el rating y el lucro sobre la formación crítica de la ciudadanía. La lucha por medios públicos no significa censura ni estatismo autoritario, como suelen argumentar los voceros de la derecha; se trata de democratizar la palabra, abrir espacio a voces históricamente silenciadas y construir una televisión que no vea al espectador como consumidor pasivo, sino como sujeto activo en la transformación social. Tal como lo han hecho experiencias como la de Telesur en América Latina o la BBC en su mejor momento, un Canal 13 regularizado puede ser una herramienta para elevar la conciencia colectiva y fomentar la participación popular.
Por: Héctor Zariñana
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