Cuando el bullicio electoral se apaga, las plazas respiran distinto.
Es ahí, en ese silencio postelectoral, en donde se mide de verdad la salud de la democracia: no cuando votas, sino cuando exiges, dialogas o corriges.
Por eso no desprecio el filo de las palabras de algunos comunicadores, como Azucena Uresti; la crítica, incluso la más severa, oxigena la vida pública y nos obliga a repensar lo hecho. Coincido: la violencia sigue siendo la gran herida abierta, la deuda moral con las familias rotas no tiene saldos que se puedan cuadrar, y debemos pugnar por seguir mejorando el sistema de salud. Nadie que ame a México puede celebrar eso o decir que el trabajo está terminado.
Pero sorprende y entristece su mirada parcial que pinta un país en ruinas, ignorando deliberadamente los contrapesos robustos que siguen ahí: un INE que organizó, sin sobresaltos, la elección más grande de nuestra historia; una Suprema Corte que tumbó leyes impulsadas desde Palacio; medios libres que publican, sin miedo, columnas como la suya, y periodistas que preguntan sin mordaza. ¿En dónde está entonces ese “país sin organismos autónomos”, el Congreso “arrodillado” y el “Poder Judicial inexistente”?
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No, el problema de México no ha sido la falta de contrapesos; ha sido la desigualdad, el saqueo y la arrogancia de una élite que durante décadas gobernó sin mirarnos. Hoy, aunque les pese, el salario mínimo ha crecido más en seis años que en los treinta previos juntos, recuperando su poder real frente a la canasta básica; el huachicol bajó más de 90% en volumen robado, aunque persistan mafias violentas que sangran ductos y pueblos; Dos Bocas, sí, aún en pruebas, ya produce combustibles, y el AIFA mueve más vuelos comerciales que muchos otros aeropuertos, y en algunos casos, hasta juntos.
¿Insuficiente? Quizá. ¿Pero fantasía? NO, en absoluto.
A quienes dicen que en este país la crítica está prohibida y que vivimos en una dictadura, les digo que si eso fuera cierto, tendríamos las cárceles llenas de gente lo suficientemente informada como para hacer conciencia e inmiscuirse en la vida pública y política del país; quizá, estarían escribiendo desde la prisión y sus manuscritos no saldrían de la celda. En ese caso, les cito a Violeta Parra, en la canción “La Carta”:
“Si acaso ese es un motivo,
preso voy también, sargento, sí.”
Porque con esas reglas, con esos raseros tan torcidos, millones tendríamos que ir presos por defender una opinión; entonces se me hace deshonesto calumniar de dictatorial y autoritario a un proyecto que, con todos sus errores, puso al centro a los que nunca habían contado.

Decir que López Obrador “no se ha ido” confunde liderazgo social con poder formal. Desde el 1 de octubre de 2024 quien dirige, constitucionalmente, es la Dra. Claudia Sheinbaum. Si ella decide escuchar a su antecesor o a millones de mexicanos que aún confían en esa visión de país, es parte del juego democrático, no un golpe a la república.
Lo esencial es que, tras el sexenio del presidente más observado, videograbado y fiscalizado de la historia, no se ha perseguido a ningún periodista por sus opiniones, ni clausurado un medio, ni censurado redes.
¿Qué polarizó? Sin duda.
Pero la polarización, Azucena, no la inventó él: estaba incubada en los bolsillos vacíos y en las comunidades invisibles que reclamaban un sitio en el presupuesto y en la dignidad nacional. Ellos no se excluyeron solos; fueron discriminados, y tratados como objetos que no tenían necesidades, o como si sus vidas valieran menos.
“De esta manera pomposa
quieren conservar su asiento
los de abanicos y de frac,
sin tener merecimiento;
van y vienen de la iglesia
y olvidan los mandamientos, sí.”
Otra vez Violeta, con su lucidez inapelable.
Cierro con Miguel Hernández, que entendía bien de dolores y esperanzas:
“Tristes guerras si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.”
Que no sea el odio ni la nostalgia de privilegios lo que mueva nuestras críticas, sino un amor auténtico por México: capaz de señalar errores, sí, pero también de celebrar avances y reconocer la voluntad colectiva que sigue empujando para que este país, nuestro país, se levante sobre sus propias cicatrices y sea más grande que sus problemas.
Político y poético
Por Leo Collado
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