Para facilitarnos la tarea de clasificar, solemos formar grupos o crear casilleros, donde caben de manera general, personas, cosas y acciones, que están relacionadas entre sí en los aspectos básicos.

Hablamos de gente alta, tomando como base comparativa nuestra estatura. Señalamos a alguien como ladrón, sin que nos importe mucho si el monto de lo sustraído es considerable, o se trata de un robo hormiga, necesario para que la familia del asaltante pueda comer durante algunos días.

Hablamos de música grata, o de ruido disfrazado de música, de acuerdo a nuestros gustos personales.

Pero dentro de estas clasificaciones hay una gradación que marca diferencias importantes, entre quienes fueron agrupados o encasillados dentro de la misma categoría.
Con los traidores sucede los mismo. Así ha pasado históricamente.

Hay traidores en nuestro país desde tiempos remotos. Incluso antes de la llegada de los españoles a este continente.

En el Valle de México, era costumbre ancestral el sellar alianzas entre los distintos pueblos que habitaban el territorio, con matrimonios pactados por las casas reales de cada comunidad. Y era frecuente también que por causas políticas, donde la ambición, el deseo de poder y la necesidad de conquistar nuevos territorios, se traicionaran los pactos y las lealtades familiares acordadas.

El caso de la Malinche tiene que ver con esta conducta prehispánica. El pueblo que recibe a los conquistadores, quiere crear un lazo familiar con ellos y ofrece a sus mejores doncellas a los españoles, sin entender que la mentalidad de estos, hace ver a los pobladores del territorio a conquistar, como simples esclavos sin derecho o valor alguno. Quizá la Malinche ni conciencia tenía del papel que jugaba, en contra de su mismo pueblo.

Ignacio Elizondo, soldado realista, engaña a Hidalgo y a los demás insurgentes de la primera etapa. Se hace pasar como uno de los suyos, para poder aprehenderlos. Es el traidor puro. El infame que actúa con total sangre fría.

Ignacio Comonfort, presidente de México, traiciona a la república y a la Constitución del 1857. Da un autogolpe de Estado y deroga la Constitución. Lo hace a ruego de su madre, persona católica, que le suplica salvar su alma del infierno, tal y como le ha dicho su confesor que sucederá, si no da marcha atrás y respalda la aplicación de una Ley que ofende a Dios y a la Iglesia.

Victoriano Huerta es otro traidor puro. Finge respaldar al gobierno de Madero, pero a la primera oportunidad, mueve al ejército en contra del presidente, lo toma prisionero y lo asesina poco después.
Hay muchos ejemplos que ponen en evidencia que hay de traidores a traidores y que las faltas no son idénticas en todos los casos.

Hay una clase de traidores que juegan un papel al que la gente identifica como propio de personajes históricos de Francia. Equilibristas de la política. Personajes acomodaticios que juegan el mismo rol representado en su tiempo, por Joseph Fouché. Consejero del rey. Operador tras bambalinas. Mente siniestra que componía y descomponía de acuerdo a las necesidades del monarca y de las suyas propias. Un ambicioso sin medida. Un buscador de poder.

Fouché apoyará al rey, después a Napoleón y al final nuevamente al rey.

La capacidad operativa de este político era reconocida por todos. Napoleón lo consideraba un ser similar a Robespierre, pero con una inclinación inocultable hacia el mal.
Fouché estuvo con todos y traicionó a todos. Acumuló mucho poder y es el creador de la policía secreta francesa. Al final, su poder mengua y muere en la soledad y el olvido. Fue acusado de regicida, por haber sido parte del gobierno que guillotinó a Luis XVI.

En México conocemos a esta especie de políticos de sonrisa permanente, de mano “franca” extendida siempre, de traje impecable y discurso donde la gente y el pueblo nunca faltan. Gente que se mantiene en algún cargo de importancia, dentro o fuera del gobierno.
O son representantes del pueblo, o están en un puesto de importancia para servir al pueblo. Y si no es posible acceder a estas posiciones, tienen a su cargos puestos de relevancia en la estructura del Partido Político.

Ricardo Monreal es uno de estos personajes.

Operador permanente detrás de bambalinas. Tejedor de acuerdos con toda la clase política importante, sin desdeñar corruptos, traidores a la patria, ni delincuentes de cuello blanco.
Ricardo Monreal conoce el historial de la mayor parte de los políticos que ocupan cargos de representación en el Congreso. Sabe quienes recibieron “moches” para aprobar las reformas estructurales y a ninguno de ellos hace el feo.
¿Por qué?
Porque se dice convencido de que la vía de la “reconciliación” es el camino que conviene a México. Hay que abrazar al corrupto, al traficante de influencias, al parásito enquistado en la administración pública, al empresario que se niega a pagar impuestos.

No más “polarización”. Hay que dar nuevas oportunidad a todos.

La bandera de Ricardo Monreal, es la que lleva por emblema las palabras “Hipocresía y Farsa”.
Su desmedida ambición de poder, su deseo de ocupar un cargo público más, lo hace traicionar uno de los principios básico de la Cuarta Transformación.
“Perdón sí. Olvido nunca”

Monreal no intenta que se perdonen las faltas anteriores, por el bien del país, tal y como propone el presidente López Obrador. Lucha porque el pueblo de México olvide y dé la mano a quienes saquearon y robaron al país.

Los quiere actuando libremente, dentro de una sociedad que los ha limitado en su accionar político al máximo.
¿Por que hacer esto?

Porque Ricardo Monreal es uno de los traidores que pasan sin remordimiento alguno, de una causa a otra.
Sabe que dentro de Morena hay elementos de más valía política que él. Sabe que los millones de mexicanos que respaldan a la Cuarta Transformación, lo conocen bien y lo desprecian por lo mismo. Ya no le creen.

Ricardo Monreal no es confiable y ya hace sus movimiento en contra del gobierno actual.

Ataca al presidente, intentando ejercer la presión suficiente para que le sea ofrecido un cargo importante dentro del gobierno que llegará en el 2024.
Hoy dice que la estrategia de seguridad en el país es un fracaso y que el Senado debe intervenir para rescatar al país de la violencia.
Ricardo Monreal no tiene fuerza suficiente para impulsar un cambio de esa naturaleza.

Coquetea con los partidos opositores, para que hagan suya esa batalla. Pero son pocos y la mayoría de Morena en el Congreso, no se va a prestar a su juego.
Entre las distintas categorías de traidores, quizá la que causa más desprecio es aquella en donde queda clasificado Ricardo Monreal.
Un político sin principios, sin ética, sin valores ni lealtades.

Un operador que juega para sí mismo y que no vacila en cambiar de camiseta, o en atacar a quienes prometió respaldar, si el premio personal que olfatea, así lo precisa.
Ricardo Monreal va a perderlo todo en esta carrera hacia el 2024.

El Pueblo de México cambio y ya no se traga las sonrisas falsas, los discursos huecos, ni la pretendida postura de izquierda, cuando las acciones desenmascaran a diario al traidor.
No va a ser candidato de Morena. Eso es seguro.

Terminará sus días igual que Fouché. En el olvido y la soledad que acompañan a los traidores, cuando el tiempo los alcanza.
Un muy triste final.

Malthus Gamba