Los conservadores en México; las nuevas magdalenas nacionales

La característica de los conservadores en nuestro país es, hoy en día, una muy particular.

Son muy llorones.

Debemos remontarnos un poco al pasado reciente, para apreciar objetivamente esta peculiaridad del sector social fifí.

A consecuencia de la derrota que sufrieron los neoliberales el año pasado, la estructura política que soportaba su lujosa manera de vida, se vino abajo.

Acostumbrados como estaban a la comodidad, a la atención de sus asuntos por parte de los encargados de la administración pública en turno, quedaron desamparados cuando el nuevo gobierno les dijo que no habría en adelante, privilegios de grupo.

Los conservadores se sienten en ese momento arruinados. No en el sentido literal de la palabra, sino en lo que corresponde al espacio especial que disfrutaron hasta entonces. Les quitan de la noche a la mañana, el orgullo y la satisfacción de saberse dueños indiscutibles del destino de este país. Su punto de vista, antes acatado sin cuestionamientos, es considerada tan valioso e importante como el del barrendero, o el dependiente de cualquier tienda de autoservicio. Ya no son especiales.

La democracia los alcanzó y no pueden acostumbrarse a este cambio de régimen, donde el dinero y las buenas relaciones, dejan de ser el factor que empodera a una familia, a un grupo, o a una empresa.

Como los partidos políticos que ellos formaron, se encuentran el total descrédito, sin posibilidad de enfrentar y frenar las acciones del nuevo gobierno, no tienen otra alternativa de llorar y quejarse amargamente por el destino que deberán soportar, durante los siguientes seis años, al menos.

Saben que son pocas las alternativas que tienen, para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Sus mejores cuadros dentro el panismo y priismo están totalmente desprestigiados. La prensa fifí no tiene el peso suficiente como para desestabilizar a un gobierno fuerte, que cuenta con el apoyo mayoritario de la población. Sus periodistas mercenarios, ávidos de dinero, solo pueden hacer una labor periférica contra el gobierno de López Obrador, intentando desequilibrar el proceso de la Cuarta Transformación, pero sin conseguir pasar la línea de combate que significan las redes sociales. Se quedan en aproximaciones mediocres, sin oportunidad de llegar al centro y dañar la imagen del presidente.

Habiendo pasado por todo esto, caída en el total desconsuelo y sin esperanza real de modificar el destino democrático que le espera, la clase antes privilegiada, no ha encontrado otro camino para aliviar su pena que el llanto. Y el insulto vulgar, cuando se da la oportunidad.

Lloran los conservadores por las asociaciones civiles que ya no reciben recursos públicos, para financiar proyectos sociales y de paso sostener el gasto de algún partido político de la derecha.

Lloran, porque la reforma educativa que pretendía privatizar la enseñanza en México, de acuerdo a recetas llegadas del extranjero, se deroga.

Lloran los conservadores porque el nuevo aeropuerto en Texcoco se cancela, como se cancelan sus sueños de crear un emporio empresarial, en los terrenos que rodearían a dicha obra.

Lloran porque los programas sociales no les parecen acertados, ya que el dinero que se destina a los mismos, ya no pasa por sus asociaciones civiles.

Lloran por todo y de todo. Cualquier política pública implementada por el gobierno de la Cuarta Transformación, es motivo de disgusto para la clase fifí.

No quieren cambio alguno. Para ellos, el México monolítico, donde poco se movía y lo que lo hacía, siempre era para favorecer y beneficiar al pequeño grupo de privilegiados, es el México perfecto.

El país del neoliberalismo es su paraíso perdido.

Tiene razón el presidente López Obrador, cuando dice: “tuvieron casi cuarenta años para hacer las cosas correctas…y no hicieron nada”.

Todo fue disfrutar de los beneficios que les procuraba el empobrecimiento y venta de los recursos de nuestro país.

Nada sembraron para que fuera fuente de recursos en el futuro. Se dedicaron a la especulación financiera y a los proyectos que les dejaban beneficios, vía corrupción.

Hoy que el país cambia, se encuentran con que no hay mucho espacio para ellos en México, mientras mantengan esa manera egoísta de pensar.

La oposición que se espera de los conservadores, debe entenderse como una alternativa propositiva. Decir: “no estoy de acuerdo, porque aquí les traigo algo mejor, o diferente.”

Si nada construyeron en el pasado, deben modificar su forma de pensar y actuar, para crear proyectos funcionales que mejoren la calidad de vida de los mexicanos y compitan con la propuesta de cambio que tiene bien definida la Cuarta Transformación.

Descalificar a diario, decir ante cualquier disposición del gobierno “no sirve, va a fallar”, alegar que el neoliberalismo, de triste memoria, fue mejor que la democracia de nuestros días, definitivamente no les sirve.

Insultar al gobierno en turno, durante las desangeladas marchas a las que convocan, tampoco les reditúa dividendos. Y menos si los insultos alcanzan a los ciudadanos que están a favor del cambio. Hoy son mayoría los apoyan al presidente López Obrador.

Pocos creen en la palabra de la clase conservadora. No hay confianza en ellos. Se deslegitimaron ante la ciudadanía y poco hacen por recuperar una credibilidad que está por los suelos.

Su única actividad constante, es llorar. Llorar por todo lo perdido y por todo lo que pasa.

Se transformaron en la clase plañidera del país.

Económicamente lo tienen todo, pero eso no les basta. La ambición puso su marca sobre sus frentes y no pueden resignarse a no tener más. Sientes que las puertas del enriquecimiento ilimitado se les están cerrando injustamente.

Detestan la democracia que gobierna hoy al país.

Por eso los vemos llorar todo el tiempo, solos, o acompañados de la prensa fifí que tan bien los entiende y defiende.

Los conservadores son hoy las magdalenas nacionales. Se les indigesta el cambio de régimen y son incapaces de generar alternativas audaces y novedosas, para enfrentar un cambio que los alcanza y supera.

Por eso los vemos llorosos y malhumorados, descalificando siempre la realidad social, que los tiene en la lona, humillados y sin oportunidad de triunfo, al menos, en el mediano plazo.

 

Malthus Gamba
@MalthusGamba