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Los señalamientos a periodistas identificados como incondicionales al poder económico neoliberal, van a continuar en lo que resta del sexenio.

No puede haber tregua, porque lo que se está jugando en este momento, es la verdadera transformación del país, en el terreno de la educación y la cultura.
Eso lo deja claro el presidente López Obrador, en la conferencia de esta mañana.

¿Por qué poner en evidencia a gente de la calidad de Loret de Mola y Denise Dresser?

¿Por qué señalar a diario que el Reforma, El Universal, o el Financiero, son rotativos dedicados a la difusión de noticias falsas?

Hay una sólida razón para ello y el presidente nos da los motivos que hacen de esta denuncia diaria, un asunto de especial relevancia para el gobierno de la transformación.

La fortuna de Carlos Loret de Mola, tiene como principal base, la corrupción. A buena parte de los periodistas del país, se les pagó generosamente durante el periodo neoliberal, para ser los defensores incondicionales del gobierno en turno.

Recibían honores, privilegios y jugosas cantidades en efectivo, para proteger a quienes se adueñaron del país, con la única finalidad de saquearlo.
Si la corrupción se mantuvo en el pasado, lejos de la vista de los ciudadanos, se debió en buena medida, al trabajo realizado por estos comunicadores que tenían el encargo de esconder toda la basura debajo de la alfombra.

Nunca fueron señalados los actos delictivos que se cometían a diario en las oficinas de gobierno.

Era un honor ser invitado a las ceremonias de “besamanos”, donde se codeaban en confianza políticos, traficantes de influencias y periodistas, estrechamente ligados por hábitos de corrupción compartida.

Todo el dinero que se llevaron los traficantes de influencias, para amasar sus grandes fortunas, provino de las arcas nacionales.

Los políticos que hicieron grandes negocios al amparo del poder, afianzaron su riqueza personal, a costa del dinero público.

Los periodistas que aceptaron el compromiso para defender al régimen corrupto de todo ataque que pusiera en riesgo su viabilidad, recibieron la compensación económica conocida como “chayote”, con dinero robado al pueblo.

Periodistas y comunicadores como Loret de Mola, López Dóriga, Ciro Gómez y aquellos que aparecieron en la lista de “chayoteros” millonarios, son parte del problema de corrupción, que dio al traste con todas las instituciones del país.

¿Cómo callar en este momento esa complicidad?

¿Cómo permitir que permanezca oculta esa verdad?

¿Por qué mandar al baúl del olvido una página tan vergonzosa para periodismo, cuando los actores principales de esos actos reprobables, se empeñan en aparecer a la vista de todos, como representantes de una prensa objetiva y libre y honesta?

Loret de Mola es un conocido fabricante de noticias falsas. Es el personaje que ejemplifica la degradación a la que llegó un oficio que defiende con dignidad el periodista de a pie, que gana honradamente su salario, recorriendo calles, para dar con la noticia diaria.

Loret no hace ese trabajo. No le preocupa la noticia. Le ocupa cumplir con el encargo que tiene para seguir defendiendo a los corruptos que hoy no gobiernan, pero tienen interés en regresar al poder. Le ocupa golpear permanentemente a un presidente y a un gobierno que trabajan incansablemente, para erradicar toda manifestación de corrupción en el país.

El presidente López Obrador dijo en la conferencia de este día, que la corrupción periodística se convirtió en un poder paralelo, hermanado al poder político y económico.
Poder mediático equivalía en el mundo neoliberal del pasado, a uno de los brazos del gran poder de la corrupción.

Es importante para el presidente señalar el caso de Loret de Mola y otros periodistas, para que la gente conozca la verdad sobre el origen de sus fortunas personales. Es dinero del pueblo lo que hay ahí. Los departamentos y residencias de Loret, dan constancia del estado de corrupción que vivió México, antes de la llegada del gobierno de la Cuarta Transformación.

No puede ser que estos personajes caminen por las calles del país, presumiendo una respetabilidad que no les corresponde. Una honradez que de ninguna manera han demostrado.

En la conferencia de hoy, el presidente tocó el tema de Denise Dresser, otra golpeadora permanente, que dedica buena parte de su tiempo a desinformar y engañar a quienes la escuchan o leen.

Según nos dice el presidente López Obrador, Denise no actúa buscando primeramente un beneficio económico. Lo de ella es un poco más difícil de entender.

Odia a México y a lo mexicano. Es clasista y racista. “Habría qué ver el trato que da a la gente que le ayuda en casa, o el trato que da a meseros y empleados que atienden sus necesidades”.

Erradicar este tipo de conductas, también resulta de capital importancia para el gobierno de la Cuarta Transformación.

Hay un proyecto educativo de alcance nacional, que pretende contrarrestar los efectos nocivos que está replicando hasta nuestros días, el modelo formativo para estudiantes, que nos heredó el periodo neoliberal.

El proyecto tiene como fin, hacer énfasis especial en el humanismo, la cultura, los valores éticos y morales, la empatía, el bien común, el respeto y la sana convivencia.
Es un modelo educativo que rechaza la competencia desde temprana edad, como forma de vida para alcanzar las metas que de verdad importan al ser humano.

No es en la búsqueda de la riqueza, de la fama, o del poder, donde se encuentra la esencia de la vida.

Este proyecto se encuentra bastante avanzado y dentro del mismo, se elaboran los nuevos libros de texto, que impulsan el desarrollo integral del niño y del joven. Ahí no hay una visión mercantilista de la vida, ni se impulsa la competencia despiadada.

Llamar a todo corrupto por su nombre, es tarea importante en este momento.

Quitar la máscara de respetabilidad de tanto Loret de Mola que hay por ahí intentando engañar, vistiendo un disfraz de honradez que no le queda, es responsabilidad de todos.
Si en verdad estamos trabajando por un cambio sano para el país, debemos comenzar a limpiar la casa, arrojando al cesto de la basura a todos estos ídolos de barro, que ensucian todo lo que tocan.

Loret y su riqueza mal habida y Denise Dresser con su rechazo a todo lo que suene a pueblo, son reliquias de un pasado neoliberal, del que la naciente sociedad mexicana no quiere saber nada, ni guardar recuerdo alguno.

Quitarles la máscara y arrojarlos al sitio que merecen, es acción obligada para todos quienes estamos comprometidos con el cambio sano para el país.

Quienes se creían intocables, o privilegiados ubicados un ladrillo más arriba del resto de los mexicanos, ven rencoroso cómo dejan de serlo, en el gobierno de López Obrador.

Malthus Gamba