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La nueva ola progresista, que comenzó en México con la victoria del presidente López Obrador, ha conquistado fronteras consideradas infranqueables. Cuando entró al poder, morena encontró una región dominada por la derecha (en Argentina Macri, en Brasil Bolsonaro, profundas incertidumbres en Venezuela y Bolivia, etc). Hoy, un poco más allá de la mitad del sexenio lopezobradorista, el panorama latinoamericano es completamente distinto.

Con la victoria popular del peronismo en Argentina, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner despertaron la esperanza de que, una vez que el pueblo brasileño pudiera echar fuera a Bolsonaro, las tres economías más grandes de América Latina coincidieran en voltear al mismo tiempo a la izquierda. Con Lula fortalecido luego de su injusto encarcelamiento, y la imagen de Bolsonaro por los suelos, Brasil se unirá a la fiesta en octubre de este año.

Pero además de los grandes centros económicos, Bolivia nos dio una lección invaluable: el poder de la organización política de base que el Movimiento al Socialismo ha construido durante sus años en el poder permitió contrarrestar un golpe militar en contra del gobierno de Evo Morales, y derrotar a la imposición de la ultraderecha fanática mediante la movilización territorial y de calle para obligar a la dictadura a convocar a elecciones, y luego ganarlas con margen amplio en las urnas.

Otras dos grandes victorias fueron las casi simultáneas movilizaciones multitudinarias en Colombia y en Chile. Ambos comparten la existencia de una derecha institucionalizada y sangrienta. En Chile, antes del paro nacional, la Constitución vigente era la heredada por la dictadura de Augusto Pinochet. En Colombia, hasta hace unos momentos, el pueblo solamente había sido gobernado por presidentes de derecha. 

Si bien Boric y Petro pertenecen a tradiciones diametralmente diferentes en el espectro de la izquierda (el presidente chileno ha quedado mucho  a deber con su política internacional), ambas victorias alegran por su épica. Como la resistencia al golpe en Bolivia, los procesos chileno y colombiano dependieron fundamentalmente de la masividad y organización efectiva de muchos movimientos sociales. Si octubre hace que Lula regrese a la presidencia brasileña, la ola progresista habrá llegado a su cúspide histórica.

En términos cuantitativos, será un mensaje contundente que las tres economías más grandes de la región – Argentina, Brasil y México – sean gobernados por la izquierda. Pero no menos importante han sido los triunfos que ya mencionamos; Bolivia, Chile y la histórica Colombia. No obstante, en casi todos los procesos – y muy marcadamente en Colombia y Argentina – podemos darnos cuenta de una amenaza latente: las nuevas derechas parecen ir encontrando huecos para entrar a la disputa por el poder.

En Argentina lo vimos durante las elecciones intermedias, pues no solamente el macrismo avanzó terreno en el poder legislativo (ganando asientos al gobierno en ambas cámaras), sino que vimos emerger lo electoral a figuras como la de Javier Milei, que logró conectar con el discurso anti-política, y cautivar los votos necesarios para conseguir un escaño de diputado.

Una figura similar es la de Rodolfo Hernández, empresario alejado de los círculos de partidos políticos tradicionales, que llegó a la segunda vuelta colombiana de manera sorpresiva, y se mantuvo muy cerca de Petro hasta el momento de su victoria definitiva. Su discurso anticorrupción, la estridencia de su personalidad y el manejo efectivo de las redes sociales hicieron que la izquierda sudara hasta el último segundo de esta elección presidencial.

Debemos, pues, alegrarnos por el pueblo colombiano y sentirnos afortunados de presenciar un auge de las izquierdas en toda la región, pero mantenernos alertas y en constante formación, pues las derechas tradicionales están aprendiendo a adaptar sus prácticas y sus discursos a las redes sociales, las nuevas formas del antagonismo y las identidades juveniles.