La historia de brutal represión que han sufrido los periodistas en México, se evidencia con los asesinatos o desapariciones registradas, de 443 trabajadores de la información desde 1860 a la fecha, aunque con toda seguridad los registros no dan cuenta de la totalidad de estos terribles eventos. La gran mayoría de ellos no han sido siquiera investigados y una proporción ínfima se han resuelto mediante la detención de sus victimarios o de sus autores intelectuales, que casi en todos los casos son miembros del crimen organizado y/o de gobiernos municipales, estatales o federales.

Desde diciembre de 1860 hasta el sexenio de López Portillo que terminó en 1982, hay registro de 71 periodistas asesinados o desaparecidos, aunque la falta de rigurosidad en su conteo durante estos 122 años seguramente omitió a muchos de ellos. Otros 346 se registraron en los 40 años del período neoliberal, con 35 en el gobierno de Miguel de la Madrid, 57 con Salinas de Gortari, 21 con Zedillo, 30 con Fox, 111 con Calderón, quien como sabemos, logró los récords históricos en todo aquello que pueda considerarse como deleznable y 92 con Peña Nieto, que le hizo competencia al anterior en cualquier aberración de la que tengamos memoria. Todavía en el sexenio actual han sido víctimas de estos hechos deleznables 26 periodistas.

En México la política de los gobiernos coludidos con el crimen organizado, ha sido la de reprimir a sus críticos y premiar a sus aplaudidores, bañando a unos en plomo y a otros en oro. Así, mientras vemos con el corazón apachurrado, pasar frente a nosotros los ataúdes de comunicadores que decidieron con gran valor evidenciar la corrupción, también vemos el desfile de yates, casas y chayotes de toda índole, de aquellos que dejaron los principios en el cajón para volverse cómplices, encubridores y ‘matraqueros’ del poder así como de la delincuencia.

En esta estrategia de manejo de la prensa, hay también otros casos de periodistas y trabajadores de la comunicación, a quienes por contar con audiencias abultadas decidieron solamente callarlos, como son entre otros, los casos emblemáticos de Gutiérrez Vivó a quien Fox decidió acallar y exiliar, o de Aristegui con quien Calderón optó por hacer que le quitaran el programa y Peña Nieto actuó para hacerle la vida difícil.

En este último caso, por haber tenido lugar ya en la época de las redes sociales, la ciudadanía se volcó en su apoyo repudiando la actitud represora de Peña Nieto y la respaldó en la formación de su propio medio independiente. Sin embargo, los ciudadanos interpretaron las agresiones del gobierno contra Aristegui, como derivadas de que ésta comunicadora actuaba a partir de principios y no de intereses, cuando la realidad era otra.

Su actuación nunca fue producto de su convicción ideológica en contra de las prácticas neoliberales deleznables de los gobiernos, sino de los intereses de su propio negocio informativo que cobijado en un disfraz de análisis y de información imparcial, recibe dinero de clientes que le compran una verdad tergiversada, manejando una boutique de mentiras muy bien presentadas. Con el asunto de la casa blanca de la Gaviota, que preparó a partir de haber recibido un expediente con el caso, que fue totalmente verdadero y que la colocó en las nubes de audiencia, no hemos visto nada de su parte que pueda considerarse como producto de una investigación elaborada con rigor periodístico.

Durante la administración actual se ha convertido, como todos los medios convencionales, en una fábrica de mentiras disfrazadas de investigaciones calumniosas, sin rigor periodístico o fundamento sólido. Hoy, cuando la estrategia del gobierno no incluye la represión, el exilio, la desaparición, el asesinato o la mordaza contra los comunicadores, sino simplemente el desmentido de sus calumnias, Aristegui nos quiere convencer, con los ojos llorosos, de que el presidente tiene la intención de destruir su reputación, cuando en realidad ella está haciendo todo lo necesario para lograrlo sin ayuda.

En lugar de decirnos lo que ella cree que está intentando hacerle el presidente al desmentir sus calumnias, sería útil que terminara de salir del clóset y mejor nos contara que es lo que ella busca replicando todas las noticias falsas que difunden los medios chatarra en nado sincronizado, o bien, calumniando descaradamente a la familia del mandatario con reportajes inventados en su mesa de redacción.

Como dijo el escritor francés Marcel Aymé: “Algunas personas son tan falsas, que ya no son conscientes de que piensan justamente lo contrario de lo que dicen”.

Por Erika