La democracia participativa

LA CUERDA FLOJA

León Fernando Alvarado
@feralva61

“Tenemos que establecer la democracia participativa como algo cotidiano”, indicó el presidente López Obrador en la “mañanera” del pasado 20 de agosto. Y nos urge, porque para nosotros la política era lo que pasaba después de depositar nuestro voto en la urna. Los poquitos que votábamos, porque en las elecciones presidenciales de 1988, por poner un ejemplo, la abstención llegó al 52.58%1.

Cumplido nuestro deber nos retirábamos de la casilla para dejar en manos de los políticos la conducción del país, no porque confiáramos en ellos sino porque no quedaba de otra.
Si estos políticos se nos escondían y nunca volvíamos a verlos en su distrito; si endeudaban al país; si desvergonzadamente malbarataban los recursos naturales a empresas extranjeras; si privatizaban las playas en favor de los hoteles; si vendían los ferrocarriles y luego se iban a trabajar de fogoneros a la empresa compradora; si le aplicaban al pueblo pactos de solidaridad económica (¡verdad buena que así los llamaban!) que terminaban siendo pagados en exclusiva por los obreros; si saqueaban a mansalva a la nación; si se agachaban obedientemente ante las presiones del FMI; si le cargaban al pueblo hasta 2070 el pago de los platos rotos en 1994 por los fracasos empresariales con los bancos; si se agraciaban a sí mismos con sueldos que ni soñando podrían ganar ejerciendo honestamente su profesión, pues ni modo. Así era la democracia representativa.

Esa indolencia ciudadana dio origen a personajes y códigos de conducta significativos en la formación de la picaresca política nacional, a saber: Gonzalo N. Santos: La moral es un árbol que da moras; César Garizurieta, el Tlacuache, por mal nombre: Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error; Carlos Hank González: Un político pobre es un pobre político; Carlos Salinas de Gortari: Ni los veo ni los oigo; Felipe Calderón: Haiga sido como haiga sido; y la más desorejada de todas: Vicente Fox: ¿Y yo por qué? (Se ruega una sentida disculpa a todos aquéllos que por méritos propios deberían aparecer en esta galería y que por falta de espacio no fueron citados. Será en otra ocasión.)

También condujo a prácticas que, según consejo de López Obrador, “conviene recordar para que no se olvide cómo era antes” con estas democráticas personas al frente. Aquí el listado:

a) Ratón loco: cambio de ubicación de casillas para confundir a los electores a fin de desanimarlos;
b) Operación Tamal: reunión tempranera en casa del coordinador(a), a quien los votantes entregaban sus boletas para que por favor se las cruzara a favor del PRI, recibiendo a cambio un jarro de atole y los indispensables tamales;
c) Carrusel: votantes priistas que andaban a vuelta y vuelta, a voto y voto, los ‘caballitos’ del carrusel podían ser los taxistas agrupados en la CTM;
d) Casillas Zapato: inspirada en el dominó, donde la pareja vencedora festeja con grito de “¡cero cero zapatero!” cuando blanquea a su oponente, se aplicaba a las casillas donde el PRI obtenía en 110% o el 120% del total de boletas electorales, contra cero votos de la oposición;
e) Tacos de Votos: prestidigitación priista capaz de ingresar por la estrecha rendija de la urna cincuenta o más boletas enrolladas;
f) Urnas Embarazadas: urnas que en el sigilo de la noche previa a la elección daban su mal paso y comparecían ante los electores con su domingo siete en el vientre, cargaditas siempre a favor del PRI, cosa que sobra anotar.

Si nada de eso era suficiente para que el PRI ganara la elección, llanamente se recurría al robo de urnas. Punto. Había ocasiones en que los reacios insistían en sus protestas porque creían haber ganado por 22,173 votos contra 58 del oficialismo (sí, 22,173 contra 58), por lo que el gobierno, muy a su pesar, no tenía más remedio que recurrir al abuso de la fuerza, como sucedió el 2 de Enero de 1946, en León, con saldo de 26 muertos y 37 heridos graves2.

Pero el ingenio priista, siempre atento a las novedades electorales, modernizó estas tácticas de democracia representativa. Primero, creó organismos autónomos a modo; luego, procuró que los medios masivos y los columnistas debidamente “maiceados” corrieran entre la población la patraña de que los organismos autónomos estaban integrados por arcángeles del talante de Santiago Creel o Luis Carlos Ugalde. Jugada maestra.

Más tarde vino la tecnología y entre ésta, el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, formalizaron la burla al elector. En estos tiempos, ¿para qué el robo de urnas si se puede manipular el “algoritmo” y fingir una ventaja de 0.51% en la elección presidencial de 2006? ¿Para qué los tacos de votos o las casillas zapato si, con las debidas y marrulleras complicidades, se puede impedir la participación de candidatos que arrasarían en las elecciones, como sucedió en Michoacán y en Guerrero?
Esto se pagó porque el ejercicio de la democracia y la participación política no se encontraba en nuestro horizonte ya que entre menos se moviera la sociedad era mejor para el poder, legítimo heredero del apotegma porfirista de “mucha administración, poca política”.

La 4T ha venido a cancelar este desalentador panorama. Las reformas económicas llevadas a cabo son sin duda acertadas, pero más importante aún cambiar la mentalidad del pueblo. Y está cambiando.

Los reporteros cuestionan de manera directa al presidente en las conferencias “mañaneras”. El presidente aborda un avión comercial y no viaja, como lo hacen algunos gobernadores, protegido por convoyes de lujosas camionetas.

La 4T ha propuesto que la política se convierta en una actividad inusual, sino parte de la vida cotidiana. Por eso se realizó la Consulta Nacional para enjuiciar a los ex presidentes, donde participaron siete millones de ciudadanos, más que votantes.
Ahora viene la revocación de mandato, que es el refrendo de esa la democracia participativa. Y así, una y otra vez, hasta que se nos haga costumbre y a nadie se le ocurra quitárnosla.

1 El comportamiento de la abstención en México en las elecciones federales de 1982 a 1997.

2 1946 La multitud que protesta por el fraude electoral es acribillada en León, Guanajuato.

León Fernando Alvarado. Docente, narrador y periodista. Tiene publicados una novela y un libro de cuentos, además de narraciones y columnas periodísticas en diversos diarios y revistas. Premio Nacional de Cuento León 1987 (Jurado: José Agustín, Armando Ramírez y Rafael Ramírez Heredia). Premio Estatal de Periodismo Guanajuato 2012, categoría Reportaje.

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