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Por: Héctor Atarrabia
@HectorAtarrabia

Para hablar de lealtad, es necesario definir tal concepto. Y ocurre que no es fácil. La palabra deriva de “ley”. La ley, en cambio, no resulta tan difícil de definir; se trata del grupo de normas, preceptos y nociones que el soberano impone a los sujetos. Ahora ¿qué es soberano? Soberano es quien está “por encima de todo”, o sea, quien tiene y ejerce el poder en última instancia.

Claramente, esto ocurre en cada momento que hay varias personas involucradas, incluso personas no humanas, porque el amo impone la ley a los que considera sus animales y que lo aceptan de buen o mal grado como tal.

Quien ejerce el liderazgo familiar hace lo mismo. En una comunidad pequeña, mediana o grande, sea deportiva, amistosa, profesional, laboral, vecinal o de cualquier tipo, ocurre lo mismo: uno o varios de los miembros, incluso todos, podrán erigirse soberanos de ese grupo e impondrán la ley de dicha comunidad. Incluso una pareja hace lo mismo.

En principio, entonces, la lealtad será mantenerse fiel a esa ley y, por ende, a esa soberanía. En efecto, legal y leal tienen un origen común, pero la segunda se reserva para una actitud de fidelidad no escrita sino dependiente de la voluntad y virtud de la persona, más que en la ley escrita judicializable.

En forma coloquial, usamos el concepto lealtad, para expresar la aprobación tácita, irrestricta e incondicional de una persona, sobre todo si esta adquiere una jerarquía superior a la del que le es leal. Debiera ser, en ese caso, recíproca, pero en realidad se considera normal que sea asimétrica, siendo el triste caso que, desde la familia, hasta la política o en cualquier ámbito, se conserve la idea de que quien ejerce la soberanía, no necesariamente es mutuamente leal con el sujeto.

Pero no todo es lenguaje y etimologías. Lo que acabamos de observar es la adopción de un vocablo que sirve para un sentimiento profundo y muy personal. Esta actitud de apoyo a quienes se tiene afecto y que, contradictoriamente, puede rebasar toda legalidad, al grado de enfrentarnos a la ley por lealtad a los seres amados sin miramientos a si es correcto o no su proceder. Esto es; enfrentar la ley injusta es el motor de las revoluciones, las reformas y los cambios sociales, pero enfrentar la ley o apoyar a quien enfrenta la ley por sus propios intereses y en contra de la colectividad nos mete de lleno en el tema de la paradoja de la lealtad. Ser leal e ilegal al mismo tiempo.

Se acepta, en lo legal, que las leyes tienen jerarquías; así, la Constitución prima sobre las leyes secundarias, estas, sobre las locales; todas ellas sobre códigos y normas de colectividades de cualquier tipo. Dicho de otra forma, una regla familiar o de un club deportivo o de una asociación civil, si entra en contradicción con una ley o la Constitución, carece de validez.
Sin embargo, se acepta tácitamente, en lo leal, que esas jerarquías puedan estar invertidas. De esa forma, el código de la pandilla, los acuerdos familiares, los de la sociedad secreta, por ejemplos, parecerían primar por sobre leyes, carta magna y lo que sea. Dura contradicción que pone al individuo a escoger entre lo leal y lo legal…aunque sean lo mismo en origen.

Incluso, dicen muchos psicólogos que las lealtades hacia los padres suelen ser un bloqueo para la sanación del individuo. Así de complejo resulta el tema.

Es en cómo establece sus jerarquías el individuo en donde se producen, o no, tales contradicciones. En la educación, la moral y la ética aparecen desenmarañadas y semejantes.

En general, la ruptura de la lealtad por parte del sujeto suele llevar el nombre de traición. Y aquí merece la pena detenernos a considerar este otro concepto. Traición, a diferencia de gran parte de las nociones abstractas de las relaciones interpersonales, es unívoca; nunca toma un posible carácter positivo. Dante la colocó en el fondo del infierno, donde Judas es eternamente devorado. La Constitución esperó hasta 2004 para abolir la pena de muerte que estaba reservada para la traición a la patria en guerra extranjera, entre otras seis causas, varias de ellas relacionadas con ese mismo concepto de alguna forma.

Si la lealtad resulta un concepto complejo y lleno de peculiaridades, su contraparte, la traición, es únicamente el quebrantamiento de la lealtad. Y casi nada es tan aborrecido como la traición.

El problema para el individuo nacido en una familia conflictiva o en una nación enferma, es que se ve orillado a cometer traiciones dado el traslape caótico y discordante entre las diversas lealtades impuestas y adquiridas.

Es tan agudo este conflicto que me permito postular que la forma segura para medir qué tan sanas son las relaciones interpersonales, grupales y sociales está en que el individuo tenga la posibilidad de ser veraz sin faltar a la lealtad y de ser leal sin faltar a la verdad. Un individuo que pueda ser veraz y leal en todos los casos se encuentra en una relación sana con su entorno, siempre que esto sea recíproco.

Una sociedad que aspire a una convivencia sana entre sus miembros y a tener un gobierno u órgano rector confiable emanado de ella siendo la propia sociedad la soberana, debe privilegiar una educación basada en la verdad. En la casa y en la escuela.

Entiéndase la verdad como la consonancia de la manera más exacta entre las cosas o hechos y lo que de ellos se retiene en la mente, así como el comunicarlos con la más precisa identidad, sin alteraciones, pero también como la consonancia precisa entre lo que se piensa y siente y la comunicación que se realiza de esos pensamientos y sentimientos a otros.

En las relaciones humanas corrompidas, los sujetos no pueden ser veraces y leales al mismo tiempo. Al menos no por completo. A lo sumo, podrán ser casi por completo veraces y casi por completo leales. Los tres peores males raíz de la sociedad; la codicia, el odio y el rencor, son los principales promotores de la corrupción que impide que la verdad y la lealtad sean valores compatibles entre sí. Que una persona pueda ser completamente veraz y leal al mismo tiempo, se ve frenado por los efectos de alguno de esos males.

Esto ocurre en cada esfera y nivel de poder. La persona que espera que el amigo a quien ha hecho favores lo cubra de forma cómplice frente a otras personas, clientes o autoridades. El jefe laboral que exige que los empleados lo cubran y guarden silencio en sus irregularidades o comportamientos inmorales. El funcionario que espera que los miembros de su partido o de su generación académica o incluso paisanos le solapen y apoyen en cualquier comportamiento por corrupto o criminal que este sea. El coordinador de bancada que espera lealtad de los diputados aunque ello vaya en contra de la sociedad soberana y la Constitución.

En una familia con sólidos principios, respeto, libertad y relaciones sanas, el individuo no duda en elegir la verdad y ser leal al código familiar. En una familia donde las relaciones no son sanas, claras y no se rige por la verdad y donde la verticalidad es total, los hermanos elegirán las lealtades entre ellos a la verdad y a la ley del pater familias, o traicionarán esas lealtades para ganar el favor del jefe de familia.

Una familia en una comunidad donde algunos imponen su ley para ventaja de sí mismos y no hay claridad ni justicia, elegirá las lealtades entre sus miembros por encima del código comunitario. En una comunidad mayor se crearán grupos de intereses y lealtades, con ello, traiciones. Una nación con leyes injustas, donde la elite impone su parecer, crea mentira y deshonestidad en cada nivel, traiciones y lealtades a la propia supervivencia.

¿Cómo definir lo que es una traición a la patria?

Con toda seguridad, lo primero que hay que definir es qué es eso de la patria. Desafortunadamente, en cada caso esa definición, no la de diccionario, sino la real, depende enteramente del soberano. De quien gobierna. Veamos la de diccionario; es el lugar en el que se ha nacido y con el que se tienen vínculos afectivos, jurídicos o históricos.
Puede serlo por adopción, también.

Tal definición está sujeta a que uno haya nacido o haya adoptado un lugar que puede ser en extremo cambiante o puede ser una circunscripción trazada por intereses tocantes a las elites. La elite con el poder decide llamar a los sujetos a defender lo que ella decide que es la patria.

Sólo el pueblo en el poder, o el gobierno representante de la sociedad se interesa por la patria como el conjunto de los intereses de todos los que la conforman. Cuando el pueblo no es el soberano, el concepto patria manifiesta los intereses de la elite.

Importa definirlo, porque el lugar está conformado no sólo por el lugar físico específico, pues no llamamos patria a la casa u hospital donde se nació, sino a la más amplia administración territorial, o sea, a lo que una administración humana, por razones históricas aglutina. La patria es un concepto humano que no existe en la realidad física del territorio al que se refiere. Es un acuerdo más o menos sólido con otros humanos que declaren otros territorios como otras patrias, y cuya existencia es inútil y redundante sin ellos. O sea, existe para delimitar grupos humanos y, más específicamente, la administración de ese grupo. Sólo el grado de conciencia de esa otredad le da sentido. Un grupo humano puede incluso estar dividido en dos naciones y los individuos serán probablemente enseñados desde la cuna a considerar una patria el país en el que se encuentran y otra, la que está dividida. En ese caso, el “lugar en el que se ha nacido” resulta insuficiente para la designación.

Eso es un grave problema para la definición del diccionario que vimos.
Pero el soberano del lugar (país, administración, zona de influencia de una elite determinada) puede entrar en conflicto con su contraparte y ambas exigir al grupo humano que se encuentra dividido en sus dos lugares, probablemente contra su voluntad, luchar por el país y no la patria. Si se niegan, entonces los llamará traidores a la patria.

Como vemos, el individuo nace con lealtades prefabricadas impuestas a conveniencia de alguien y ese alguien realiza un enorme esfuerzo para inculcarle sus lealtades incluso por encima de la instrucción necesaria para la sobrevivencia y felicidad del sujeto. Se añaden todas las mentiras o verdades a medias necesarias. Pero al resultado se le ensalza como virtud y a la posible toma de conciencia como traición. Incluso cuando ese alguien mismo no está dispuesto a ceñirse a esa lealtad y menos de forma recíproca con el sujeto.

Así que todo depende de quién es el soberano. Siendo el pueblo el soberano, el interés que forje las leyes será el bienestar común; siendo una elite la soberana, las leyes serán para beneficiarlas sólo a ellas. La traición a la patria, en el primer caso, es lo que atente contra la comunidad, mientras que, en el segundo, lo será lo que atente contra el interés de unos cuantos. Así de importante es definir patria, soberanía, legalidad y lealtad.

Y eso vale para la familia, pareja, club deportivo, manzana, colonia, ciudad, etc.

¿Cómo jerarquizarlo, entonces? Mientras a más personas abarque el ente soberano, mayor su preponderancia. O sea; el interés común de todos en el país será superior a cualquier subdivisión o subgrupo. El humanismo se basa en que la soberanía recae en el conjunto de la humanidad, con el planeta como lugar de nacimiento, como patria.

En el extremo opuesto ocurre una paradoja: la lealtad a sí mismo. Esta es en extremo importante; el individuo tiene su propio código, llámese conjunto de principios, a los que en última instancia se ciñe. Pero en una sociedad donde domina la corrupción, y las relaciones enfermas, ese código lo lleva a sentir que su soberanía no es sólo sobre sí mismo, sino sobre todo lo que abarque sus intereses y deseos. La codicia convierte a esa lealtad a sí mismo en un motor de destrucción que no tolera más ley que la propia.

Para lograr una sociedad sana de cualquier tamaño es indispensable que las lealtades se jerarquicen de los más numerosos a los menos. Y es aún más importante que las lealtades no se contrapongan, y para ello deben ser gobernadas por la verdad. De esa forma, sólo podrán aparecer dilemas éticos en los que, sin mediar el dolo, o la codicia, o el interés personal, hay más de un camino para lograr el beneficio común y esos caminos se contraponen. Pero el dilema ético no contiene ni mentira ni codicia, ni rencor ni odio y es producto de la complejidad natural. Con esa precondición en última instancia no tiene solución o todas son correctas éticamente.

Vale preguntar; si el individuo debe someter su lealtad a sí mismo a la comunitaria ¿en dónde quedan en ese caso la individualidad y la diversidad? Preservadas en la medida en que la verdad y la lealtad sean compatibles. Si la legalidad está construida sobre el bien común, respeta y contempla las necesidades individuales ¿en dónde quedan las libertades individuales? Preservadas en la medida en que no atenten contra las de los demás.

En una sociedad enferma, el individuo elige las lealtades más concretas y cercanas; las gremiales, por ejemplo, como el periodista que defiende a otro que observa una conducta carente de ética, sólo por ser de la misma profesión; las familiares, el clasemediero que defiende al primo enriquecido ilícitamente en su cargo como director de un hospital. Dejan de tener sentido las lealtades más amplias que son las que en realidad benefician a todos cuando la ley proviene de la soberanía del conjunto de la sociedad.

La ley que emana del bien común y gobierna sobre sujetos que aprecian la verdad como valor inamovible, es una ley que sólo debe inhibir el abuso de unos sobre otros. El abuso nace de la carencia o el miedo a ella como respuesta fácil y falsa para resolverlo, pero cuando hay abundancia de recursos, y no se tienen carencias objetivas urgentes, ese abuso, que era de por sí la peor solución a la carencia, se vuelve patológico. La codicia, entonces, es deslealtad en todos los casos y por ende, traición y fuente de caos y ruptura del contrato social.

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