Época de tempestades: Los medios convencionales son los grandes perdedores de la 4T

Por Lucía Deblock

Los medios de comunicación en México atraviesan por una triple crisis. Es global, porque la difusión a través de las nuevas tecnologías afectan directamente a la prensa tradicional. Es política, porque con la llegada de AMLO al poder se rompió el acuerdo con el establishment neoliberal. Y es económica, porque han perdido la mitad de los generosos ingresos que el gobierno aportaba por concepto de publicidad.

A lo anterior se suma el fenómeno que es la conferencia matutina de López Obrador, un líder de altísima popularidad que está reconstruyendo la confianza en la autoridad presidencial, desde donde marcar la nota del día, desmiente o refuerza información y, sin gran esfuerzo, impone la dirección del debate público. Evitando, al mismo tiempo, la intermediación de la prensa en su diálogo con la sociedad.

En primer lugar, la crisis es tecnológica: con la irrupción de las nuevas tecnologías -de internet a las tabletas y celulares inteligentes; las redes sociales como una gran caja de resonancia informativa y, a veces, como generadoras de contenidos-, se ha modificado la forma en que se conciben los medios, la velocidad de difusión y los procesos de construcción de la noticia; los hábitos de consumo de la información se han trasformado en muy poco tiempo y, cada vez menos, los medios conocen las preferencias de su audiencia.

Pero también hay un rompimiento ideológico: México tiene por primera vez un gobierno de izquierda y eso ha venido a anular casi todos los acuerdos entre prensa y gobierno que durante muchos años los mantuvieron danzando al mismo ritmo. Por un lado garantizaba la salud económica de los medios y, por otro, aseguraba la información “a modo” sobre las acciones del gobierno, sin que a ninguno de los dos les preocupara mucho la sociedad.
Y ahora, con el neoliberalismo y sus convenios reducidos a una oposición amorfa y sin fuerza, quienes más están resintiendo la falta de confianza de las audiencias -originada por los tantos años de acuerdos sin apego a la verdad ni a la ética periodística-, son los medios.

Las líneas editoriales son necesarias y legítimas; éstas definen en gran medida la personalidad de un medio, pero cuando el perfil ideológico supera la imparcialidad y distorsiona la información, estamos ante un problema que daña seriamente la democracia. Y si a lo anterior le sumamos que por encima de cualquier ideología predominan la decisiones de índole comercial, se reducen drásticamente las opciones para ejercer un periodismo libre y con rigor informativo.

Como ha quedado demostrado en México, no es casualidad que la mayor crisis de los medios de comunicación esté íntimamente relacionada con el cambio de régimen político.

Las educadas plumas de los articulistas mexicanos, que han demostrado sobradamente sus múltiples recursos con tal de adoctrinar a sus lectores, hoy se encuentran ante una severa crisis de credibilidad. Ésto obedece a varios motivos: porque sus nombres han aparecido en los listados de beneficiarios económicos del gobierno, poniendo en duda la veracidad de sus opiniones; porque la retórica ha cambiado en el país y no se han sabido adaptar con la rapidez que precisan los tiempos; porque tras tantos años de escribir contra AMLO y lo que representa, en términos, a veces histriónicos y otras dicotómicos, más propios de la pieza dramática que del ensayo, ya son pocos los que asienten con sus opiniones y reyertas; y por último, en un sentido más amplio, porque se ha venido desvelando la tramoya del juego sucio que emprendieron, los poderosos y los cínicos, en contra de la voluntad popular.
Así, en plena época de tempestades y posverdad, el desafío de los medios de comunicación debería ser recuperar a las audiencias, porque el valor social de la verdad está a la alza.

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