El Mirador: Los inversionistas ven a México como ¿Traspatio o Despensa?

Por Akire Lincho

El 12 de abril del 2019 se celebró la clausura del foro denominado Diálogo de CEOS México Estados Unidos en Mérida, Yucatán, al que asistió el presidente López Obrador para encontrarse con, entre otros, Tom J. Donohue, presidente de la Amercian Chamber of Commerce, Larry Fink, presidente de Black Rock y Wilbur Ross, Secretario de Comercio de Estados Unidos.

Las conductas repetidas configuran hábitos, y los hábitos colectivos mantenidos en el tiempo desarrollan culturas.

Sería inocente imaginarnos que una serie de discursos de terciopelo bañados con miel, pronunciados en el marco de este foro, pudieran representar un cambio de fondo en la cultura que las empresas norteamericanas han desarrollado en México durante los últimos ciento treinta años.

Es un error confundir a México con el traspatio de los Estados Unidos; en la historia económica México ha jugado el papel de almacén o despensa de materias primas para las economías de Norteamérica y de Europa Occidental. La inversión extranjera se ha distinguido fundamentalmente por fomentar la exportación de materias primas baratas y la importación de productos terminados caros, acentuando las características de subdesarrollo económico, alentando enormes niveles de desigualdad en la repartición de la riqueza que se concentra en manos de un pequeño grupo de personas asociadas a los intereses extranjeros, la permanencia de un ingreso per cápita muy inferior a los de los países desarrollados y, entre muchas otras desgracias sociales, contar con el privilegio de un sistema educativo rezagado.

No sería justo imputar la responsabilidad directa de todos estos males únicamente a los empresarios extranjeros, cuando los facilitadores han sido, fundamentalmente, la pomposa oligarquía local integrada por un puñado de traficantes de influencias coludidos con gobiernos entreguistas y saqueadores, quienes a lo largo de la historia han servido de caballerangos en los establos de las grandes empresas internacionales y, en especial, de las norteamericanas, a cambio de las migajas que les permiten recoger sus desventajosas asociaciones.

Baste recordar que a fin de saquear sin escrúpulo alguno su riqueza, México ha sido invadido nueve veces, cinco de ellas por los norteamericanos. Para conservar sus privilegios en los negocios, el gobierno estadounidense ha sido corresponsable del derrocamiento de cuatro gobiernos en México; los de Porfirio Díaz, Francisco I. Madero, Victoriano Huerta y Venustiano Carranza; entre otras bellezas, también lo fue del asesinato del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez a manos de Francisco Cárdenas y Rafael Pimienta, dos miembros del ejército federal que actuaron por órdenes de Huerta, recibidas inmediatamente después de que éste hubiese sostenido una reunión de más de una hora con Henry Lane Wilson, embajador norteamericano en México.

En el México moderno, considerado a partir de 1934 con el gobierno del general Lázaro Cárdenas, el país solo ha podido avanzar en la recuperación relativa de sus riquezas cuando los Estados Unidos se encuentran ocupados atendiendo negocios importantes, como la Segunda Guerra Mundial, período en el que México logró la recuperación de su soberanía petrolera mediante el decreto de expropiación de las concesiones extranjeras, representadas fundamentalmente por empresas norteamericanas y británicas, redactado entre el 10 y el 17 de marzo de 1936 por el general Francisco J. Mújica para el presidente Cárdenas, después de la negativa de estas empresas a acatar un fallo de la Suprema Corte de Justicia en el que se les negó el amparo contra un laudo laboral que las obligaba a pagar 28 millones de pesos al sindicato de trabajadores petroleros.

Por eso, entre otras razones, solo la inocencia o la ignorancia histórica, nos podría hacer pensar que los discursos enmelados, pletóricos de admiración y halagos dirigidos al presidente mexicano pronunciados por los dueños del capital estadounidense, pudieran marcar un quiebre en la tendencia de comportamiento que ha observado la inversión norteamericana en nuestro país a lo largo de la historia.

Retirando la miel de sus palabras, Larry Fink y Tom Donohue, dejaron bien claro que no les importa cómo se repartan las migajas derivadas de la inversión extranjera que se puedan quedar en México, siempre que el gobierno respete dos cosas: Los contratos celebrados con sus empresas y la actuación de México dentro del bloque norteamericano, enmarcado en el tratado de libre comercio que está por ratificarse en los congresos de ambos países, donde se evita que el gobierno privilegie la inversión desde otras partes del mundo por encima de la norteamericana. También dejaron claro que les conviene tener como vecino a un país con instituciones incluyentes en un Estado de derecho que privilegie el desarrollo, en el que la gente reciba buenos salarios y no tenga que migrar por hambre.

No es casual que haya sido Larry Fink, director del fondo de inversión más grande del mundo, quien pronunció el primer discurso del evento ante los directores de las empresas norteamericanas, y también ante la pléyade de emperadores pulqueros de la oligarquía local que trabajan como almacenistas encargados de su despensa, a quienes les escurría saliva por la comisura de los labios en actitud aspiracional de culto religioso ante el patrón. En su discurso la mala noticia fue para ellos.

@Akirelincho