El brazo zurdo de la derecha

El 11 de septiembre del año que corre ocurrió una reunión entre los padres de los jóvenes normalistas desaparecidos en Ayotzinapa y una pequeña delegación del Gobierno Federal, encabezada por el presidente, que fue acompañado por Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación y Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración.

El tono en que se dio el intercambio fue de cordialidad; si bien el discurso de los padres de familia no ha cambiado en su núcleo, el viraje de su actitud en torno al poder político es evidente: no ha habido confrontación pública, sino todo lo contrario. Se tomaron la foto en las escaleras de Palacio Nacional y le pidieron al presidente y su gabinete portar la playera conmemorativa del quinto aniversario de la desaparición de los jóvenes. De esto último podemos inducir que el movimiento se siente representado -o al menos acompañado- por el gobierno federal entrante.

De cualquier manera -faltaba menos-, el jueves 26 los padres de familia encabezaron la marcha anual con una diversidad de organizaciones sociales, civiles y políticas respaldándoles. Así comenzaron su marcha del Ángel de la Independencia al Zócalo a eso de las cuatro de la tarde, y así llegaron al Zócalo: marchando en son de paz, con la misma firmeza que desplegaron desde el septiembre de hace cinco años, cuando desaparecieron de manera forzada a sus hijos.

La marcha fue nutrida en comparación de algunos años pasados; será por la carga simbólica de cumplirse el primer lustro desde que comenzaran las movilizaciones, será porque en años anteriores la atención de mucho estaba enfocada en otras coyunturas. No es motivo de este texto estudiar las razones, pero así sucedió. Sin embargo, el sentimiento general era ambiguo, intento explicarme:

Si uno recorría los contingentes podía notar la poca homogeneidad entre ellos: en los colores, las formas de organizar la marcha, las consignas entonadas y las actividades realizadas. La disociación que intento describir tiene dos trasfondos que me interesan: el ideológico y el material. El primero, se dará en los motivos personales que nos llevan a manifestarnos y nuestra percepción de la realidad política. El segundo, se dará en la práctica de estas ideas: qué exigimos, a quién, y cómo.

El fondo ideológico del asunto es de explicación sencilla: algún sector de la izquierda es escéptica de la lucha electoral y elige no reivindicar los avances políticos desde las instituciones del Estado, otro ve en el Estado un instrumento aprovechable para resolver las demandas sociales y políticas de la gente. Hoy por hoy, los padres de los 43 pertenecen al segundo sector, que cree en la funcionalidad del estado si éste es bien administrado. Otros y otras compañeros y compañeras, no. Punto. Así es la democracia y así es la pluralidad.

A pesar de las diferencias ideológicas, una gran mayoría de ciudadanos de todos los credos salió a respaldar a los padres de los 43 en armonía con los propios padres: pacíficamente. De no ser por los pequeños grupos de gente encapuchada que hicieron uso de la violencia, el saldo de la marcha habría sido perfecto.

Pero la decisión de los autodenominados anarquistas dotó al aparato mediático de la derecha de una excusa para golpear: la nota principal fue justamente ese ejercicio de violencia, excluyendo una amplia gama de expresiones culturales, artísticas y políticas que bien habrían merecido una porción de la cobertura.

Cuando veía a los supuestos anarquistas no pude evitar recordar una de las escenas más impactantes de las movilizaciones de 2014, también por Ayotzinapa: los encapuchados prenden fuego a Palacio Nacional y la policía carga contra la multitud que se manifestaba pacíficamente. Me quedó claro que la policía y los grupos violentos esa vez actuaron en sintonía: los primeros esperaban la provocación de los segundos para reprimir a los manifestantes auténticos, que ni la debían, ni la temían.

Al hablar de destrucción (del espacio público o privado) el debate debe ser serio, y más cuando vemos escenas como las de ayer: encapuchados prendiendo fuego a una librería con gente adentro, lanzando piedras a edificios ocupados por civiles y agrediendo turistas, paseantes y trabajadores. Las agresiones a seres humanos no deben equipararse a las intervenciones del espacio público.

Ayer las provocaciones de estos grupos no lograron su objetivo estratégico: los manifestantes reprobaban los hechos y la policía de la Ciudad de México se dedicó a cuidar a los ciudadanos, resistió provocaciones y agresiones sin usar la violencia; es de celebrarse. La materialización de las demandas ciudadanas fue, en la inmensa mayoría de los casos, pacífica. Y también lo fue la respuesta del gobierno.

Y en eso reside la diferencia fundamental entre los 26 de septiembre anteriores y el de ayer: la relación entre el movimiento social y el gobierno es distinta; para una buena parte de la izquierda el gobierno es hoy un aliado, y no un enemigo. Aquella izquierda que no lo considere así ejerce su derecho a disentir, pero bien debería ponerse a debate la materialización de su lucha. ¿A qué intereses favorecen quienes recurren a la violencia?

La respuesta está a la vista: los frutos de la violencia sembrada ayer los recogió la derecha que, por un lado, descalificó al gobierno de Claudia Sheinbaum y por el otro -de nuevo- desestimó la protesta pacífica de miles de mexicanos, encabezados por los padres de los normalistas y, le pese a quien le pese, respaldados por los gobiernos de México y de su capital.

Debemos tener precaución ante las acciones de grupos de choque como los que vimos ayer; estos solamente operan en favor de la derecha y buscan desestabilizar la organización popular, esté o no en el gobierno. Afortunadamente la mayoría de los mexicanos, incluidos los padres de familia, apuestan a transformar este país pacífica y democráticamente.

Twitter: @RodrigoGuillot