El Bicho

Era muy tarde, me encontraba en mi despacho frente a la computadora tratando de terminar las conclusiones del artículo que tenía que entregar el lunes siguiente. Llevaba semanas trabajado en este proyecto; había estado realizando una serie de investigaciones sobre el tema, entrevisté a varios especialistas para conocer las diferentes opiniones, revisé algunos libros, y me enfrasqué en desarrollar un contenido de carácter divulgativo. Pero el tiempo se me estaba agotando, no podía demorarme más porque había hecho un compromiso serio con el editor de la revista.

Me dolía un poco la espalda a la altura de los omóplatos y sentía una ligera punzada en las sienes. Me recliné hacia atrás para estirarme un poco.

La casa estaba totalmente silenciosa, afuera sólo se oían las cigarras que cantaban a coro en el jardín anunciando la época de lluvias.

De pronto escuché un ligero chasquido, seguido por un sonido que me pareció como si fueran diminutos pasitos en la duela.

Me quedé muy quieta, sin despegar los dedos del teclado, tratando de aguzar el oído, pero ya no logré oír nada, pensé entonces que el cansancio me había jugado una broma.

Seguí trabajando hasta bien entrada la madrugada, acababa de terminar la última revisión de estilo del escrito. Me sentí satisfecha con el texto y justo cuando iba a cerrar la computadora, volvía a percibir el ruidito. No hice ningún movimiento tratando de identificar qué podía ser. Mi cerebro se hecho a andar a toda velocidad tratando de detectar el más mínimo movimiento. Me figuré que el sonido procedía de un ser diminuto que me tiraba un beso.

Miré por encima de la pantalla y vi a mis gatas, una durmiendo despatarrada con toda su pelambrera sobre el sillón del estudio, la otra suspirando sobre el tapete.  Sacudí la cabeza para alejar los velos que el sueño iba tendiendo sobre mi entendimiento.

Cuando estaba a punto de pararme decidida a irme a la cama, escuché de nuevo el mismo sonido, salté de la silla y me puse en cuatro patas decidida a descubrir que era. Cuando levanté la cabeza ahí estaba, sus ojitos redondos, negros y cristalinos me miraban fijamente. Era un bichito muy pequeño, como de dos centímetros de largo, estaba todo cubierto de una pelusa fina muy blanca, tenía cuatro patitas regordetas y unas antenitas que parecían hojas de palmera. ¡Era tan lindo! Lo observé con más cuidado… ¡Realmente me estaba mirando! Ese ser pequeñito hacia vibrar sus antenitas mientras giraba su cabecita de un lado a otro, como poniendo atención.

Su inocencia me provocó tomarlo entre mis manos pero al acercarme volví a escuchar dos chasquidos y reculé de inmediato, el bicho se quedó impávido. Seguía sin dejar de mirarme.

Estaba completamente sola en la casa, era el día de salida de la gente del servicio, tendría que arreglármelas sola.  Hubiera podido aplastarlo, pero sus ojos no se separaban de los míos. Me miraban con inteligencia, revisaba mis pensamientos. ¿Cómo podía decir eso? ¡Qué bárbara! ¡¿Cómo podía estar diciendo eso?!

Mientras, mi cerebro trataba de organizar mis ideas, recordé el vaso vacío que había sobre mi escritorio. Podría utilizarlo para cubrirlo y después deslizar una hoja de papel por debajo y atraparlo sin problema.

Tomé el vaso y lo acerqué lentamente,  pero justo cuando iba a empujarlo hacia adentro con la hoja, el pequeño bichito saltó hacia un lado. En ese momento sentí una punzada aguda. Giré mi mano y descubrí un puntito rojo en la yema del dedo anular. ¡No había duda, el maldito bastardo me había picado! Lo miré sorprendida y todavía alcancé a ver como estaba retrayendo parsimoniosamente la pequeña lengüeta que hacía las veces de aguja hipodérmica. Me había lanzado un tiro certero.

Sentí un fuerte ardor que me recorrió la mano hasta el antebrazo, como un choque eléctrico que me entumeció los músculos, pero casi de inmediato cesó el dolor y la molestia, mientras la marca rosada del piquete iba desapareciendo poco a poco. Todavía medio sorprendida, hice amago de meterlo de nuevo al vaso, pero entonces un sopor pesado comenzó a atraparme. Era como si una droga potente fuera avanzando poco a poco por mis venas.

El animalejo seguía viéndome con su carita de muñequito de peluche. Me sorprendió lo lindo que era, tenía una mirada tan inocente que me sentí hipnotizada con su encanto mientras le sonreía con cara de estúpida.

De pronto toda la habitación comenzó a girar lentamente. Percibí como me iba invadiendo un sueño dulzón, lacio, y aunque hacía esfuerzos para no sucumbir, mi visión se acortaba mientras escuchaba cada vez mas lejos los sonidos de las cigarras, que aumentaban de intensidad a medida que mi campo de visión se oscurecía. Los párpados me pesaban, sentía la boca pastosa. ¿Qué clase de veneno me había inyectado este pequeño monstruo?

Imaginé de pronto que mañana cuando llegara la servidumbre, me iban a encontrar tirada en el suelo del estudio. No podía pedir ayuda porque nadie me iba a escuchar, estaba sola. De nuevo sola.

Si los empleados encontraban al bicho, no podrían siquiera imaginar que esa hermosa criatura había causado mi muerte, solo ella y yo sabríamos la verdad.

De pronto me di cuenta que no era correcto terminar así, tirada a media habitación con los ojos nublados por una fina capa blancuzca, sin ningún asomo de dignidad. Pero bueno. ¿Cómo se debería de terminar? ¿En una cama de hospital conectada a una máquina que de pronto emite un pitido agudo e ininterrumpido? Pensándolo bien, la gente dirá que me dio un infarto fulminante, que no tuve tiempo de darme cuenta que la vida abandonaba repentinamente el cascarón. En las exequias, los amigos sentirían envidia por la forma de mi partida. Comentarían que no había sufrido una muerte lenta.

Mientras divagaba en mis absurdos pensamientos, la angustia se apoderaba poco a poco de mi mente. Mis articulaciones se engarrotaban, como paralizadas por un ataque de artritis. Quería estirarme para alejar el hormigueo desesperante de mis piernas y cómo en una película en cámara lenta, trataba desesperadamente de incorporarme, pero el más mínimo movimiento me producía un dolor intenso.

Cuando por fin sentí que las fuerzas me abandonaban, comencé a experimentar una sensación embriagadora de semi inconciencia que me hizo sentir más cómoda. En ese instante, me dispuse a abandonar la partida, pero en algún lugar de mi cerebro, mi conciencia comenzó a debatirse. Traté de concentrar mi atención en no desprenderme de la realidad. De pronto, sentí una potente inyección de adrenalina que enviada desde mi cerebro cruzó por mis suprarrenales como un relámpago, haciéndome abrir la boca y jalar con todas mis fuerzas una bocanada enorme de aire.

Me atacó una intensa rabia. Me pregunté enojada ¿Qué carambas haces aquí tirada? ¿Tan fácil te vas a derrotar? Con mucho esfuerzo, fui tomando conciencia de mi entorno. Poco a poco las puertas de las recámaras de mi cerebro se fueron abriendo. Como pude, me fui girando hasta lograr colocarme en cuatro puntos, traté de incorporarme, pero sólo conseguí arrastrarme. Por fin logré ponerme a gatas. La cabeza me punzaba como si me hubieran pegado. Sentía la lengua pegada al paladar, traté sin éxito de deslizarla sobre los labios.

Deteniéndome de la silla del escritorio logré levantarme. Luego caminé torpemente recargada en la pared hasta llegar al lavabo. Abrí la llave del agua y metí la cabeza bajo el chorro helado por unos minutos. Todavía me temblaban las piernas. Tomé una toalla y me sequé la cara. Mis ojos se encontraron con mi cara en el espejo, allí estaba yo con las mejillas rojas por el frío.

De pronto dudé de lo que había pasado, busque con cautela al bicho y descubrí que se había largado. De pronto caí en la cuenta de la realidad que se transparentaba con toda nitidez. Busqué con la mirada la lámpara del escritorio y me dirigí hacia ella lentamente. Me senté frente al escritorio tratando de repasar lo que había sucedido.

¿En qué momento me había perdido? Busqué desesperada el pretexto, pero no había nada, el pequeño monstruo desgraciado, bicho de mierda se había esfumado.

Me hinqué en el piso y recorrí el tapete con la cara pegada al suelo. No cabía la duda, había desaparecido.

Profundamente sorprendida me di cuenta que todo este tiempo había estado sola, dándole paso libre a mis propios miedos. Permitiendo que mi mente perversa jugara conmigo, una vez más me había dejado enredar, me había convertido en mi propio enemigo.