El Año Nuevo

La noche del último día del año cruzamos la línea que la humanidad ha dibujado para decirnos que el tiempo pasa. Nos reunimos alrededor de la mesa; a falta de un menú tradicional repetimos el pavo, los romeritos y la ensalada navideña como para sentir que la fiesta continúa y esperamos ansiosos, con una copa en la mano, las 12 campanadas que señalan la puerta por la que accedemos a un año más.

Los que estamos juntos apuramos las uvas por la garganta, nos abrazamos y nos deseamos felicidad mutua con cara de alegría, para disimular la pena que nos causa recordar a los que están ausentes.

Todo son buenos deseos, planes y retos, propósitos y expectativas, que en una buena cantidad abandonaremos antes de que pase un mes.

A veces, nos aborda el deseo de voltear al año viejo para escudriñar en sus meses, sus semanas, sus días y hasta en sus horas, buscando un cúmulo de eventos que nos conviertan en juez, listos a emitir una sentencia que falle entre lo bueno y lo malo.

Corremos de un lado al otro hacia el pasado y hacia el futuro, en la imaginaria que nos permite jugar a que la realidad está ahí, donde no existe.

Nos gusta engañamos pensando que al escuchar las 12 campanadas, perdonaremos agravios que hemos cargado por años. Esos que una reflexión profunda nos haría olvidar por incómodos y pesados, pero que la realidad del día siguiente volverá a colocar sobre nuestros hombros.

A veces nos invade la melancolía recordando a los que se fueron, lo que perdimos o lo que dejamos en el camino, sin entender que nada era nuestro y que tal vez no supimos disfrutar de su presencia, porque nuestra atención estaba concentrada en otro tiempo, o en otro sitio.

Otras veces nos abruma el entusiasmo por hacer realidad las cosas que hemos planeado, sin darnos cuenta que para llegar ahí necesitamos tener algo más que un deseo o una ilusión en la noche de año nuevo.

Imaginamos desprender la cadenita que nos une a nuestras obsesiones, a nuestros vicios, a nuestros defectos de carácter, a nuestras aversiones y a nuestros apegos, pero al despertar el dinosaurio todavía está presente.

Nuestras costumbres incluyen la de medir el tiempo, algo que es inconmensurable y absoluto, pero lo infinito en nosotros sabe que la vida ignora esa medida y que camina serena en el presente, abrazando el pasado con recuerdos gratos y el futuro con tranquila esperanza .

La línea de salida que marca el inicio de un año nuevo, es tan útil como cualquier otro momento, para entender que no estamos obligados a hacer nada más que nuestro mejor esfuerzo; que los resultados perseguidos no son más que expectativas influidas por infinidad de factores, que no dependen necesariamente de nosotros y que su utilidad es sólo la de ser guía para orientarnos en ese sentido.

La entrada del año nuevo marca el inicio de un camino que irá dando sus mejores frutos, al ser regado por gotas del esfuerzo más intenso y sostenido. Al final, el único pecado verdadero es tener las cualidades que no usamos.

 

Como dice el proverbio africano: “Ustedes los occidentales tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”. Feliz Año Nuevo para todos.