LA CUERDA FLOJA

León Fernando Alvarado
@feralva61

Tendrá que llegar el momento en que los hombres
empiecen a referirse a los principios humanistas (…)
y aparecerá la idea de que lo que legitimiza
la autoridad política, moral o cultural es el arraigo
en la voluntad del pueblo.
I. Antaki: El espíritu de Córdoba

Hasta antes de la llegada de la 4T al poder político con el lema “Primero los pobres”, el pueblo sirvió sólo como comparsa en la opereta que se desarrollaba en el escenario nacional, dominado por los gesticuladores priistas a los que ya en este siglo se sumarían los tartufos panistas, con Fernández de Cevallos en destacado papel protagónico, tartufo muy superior a los de su elenco.
En política, obreros y campesinos apuntalaron al régimen a través de las centrales que los aglutinaban: la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el Congreso del Trabajo para maniatar a los obreros, y la Confederación Nacional Campesina (CNC) para organizar el voto rural a favor del PRI, no para que el campo produjera y menos para que el campesino abandonara su ancestral retraso económico.

El pueblo carecía de interlocución social porque quienes usurpaban su representación política eran los líderes de las centrales, impuestos con la venia del gobierno. En cuanto a los periódicos, el espacio natural de aparición del pueblo era la nota roja. No necesitaba más para ser rebajado.

Su mayor desempeño público consistía en ser trasladado en camionetas de redilas a engrosar los mítines de apoyo a los candidatos priistas. Si acaso, los obreros desempeñaban un papel protagónico en los desfiles del 1º. de Mayo, que solían ser en realidad acarreadas manifestaciones de apoyo a los gobernantes, interrumpidas por la intervención de sindicatos y centrales independientes, como el Frente Auténtico del Trabajo (FAT).

A nadie le importaba la participación del pueblo sino su sujeción a las políticas en su contra acordadas entre las cúpulas y validadas por las organizaciones oficialistas. ¿Un ejemplo? La Comisión Nacional de los Salarios Mínimos -integrada por gobierno, obreros y empresarios-, que se responsabilizaba de hacer que los obreros cargaran con el peso de los ajustes salariales ordenados a México por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Una verdadera simulación que permitió, en este ejemplo, la disminución paulatina del poder adquisitivo popular. Sobran otros ejemplos: la privatización del campo, la venta de activos públicos a empresarios, la conversión de deuda privada en deuda pública (Fobaproa). Este despojo, este saqueo rastrero se realizó con formal apego a la Constitución, previamente reformada, y sin que el pueblo metiera las manos en defensa propia.

La desigualdad social, incrementada durante el periodo neoliberal pero arrastrada desde la invasión española, aumentaba de manera alarmante sin que fuera noticia de primera plana en los diarios o en los programas de televisión, por considerarla como pago del boleto de entrada de México al festín de la globalización. Y el pueblo seguía sin ser nota periodística.

Ese pueblo siempre ausente de las decisiones, estigmatizado como perezoso y dado al vicio y la delincuencia callejera, es el que hoy preocupa a los que invariablemente lo rechazan.

El señuelo usado hoy es el de la alarma: “La tarifa industrial podría variar entre centavos y pesos, lo cual tendría un efecto devastador en la competitividad del país y un efecto inflacionario terrible, porque estamos hablando de refresqueras, panificadoras, vidrieras, porcelana, metales, automotrices”, alerta la consultora Perceptia21 Energía desde las páginas de la revista Forbes.

Por decirlo de otra manera, si el pueblo no quiere inflación debe continuar subsidiando al Osito Bimbo y a la Coca-Cola para que mantengan su abultado margen de ganancias. En vísperas del Día de Muertos, al pueblo se le asusta con el petate del muerto, como durante treinta años se le espantó diciéndole que el aumento salarial era inflacionario. La 4T demostró ostensiblemente la falsedad del argumento.

En este triste espectáculo de burlesque, donde cada participante es obligado a mostrar sus miserias morales con tal de oponerse a la reforma eléctrica, intervienen ¡cuándo no! los ponzoñosos apéndices empresariales en forma de partidos políticos -el llamado Prianrd- y su titiritero, el señor X. González, que no es sino corresponsal de los empresarios en el frente de combate porque ni modo que él tenga suficiente capacidad personal para manejar a los políticos. Para comprarlos –por barato que se vendan- se necesita dinero que él no tiene, porque se ha visto que le gusta prosperar con el dinero del presupuesto público o con los dólares que le gira el Departamento de Estado norteamericano.

Pero el pueblo, la gente sabe quién está de su lado. Que lo digan si no las interrupciones al convoy en que viaja el presidente para saludarlo aunque sea desde la orilla de la carretera, para tomarse una foto con él o para entregarle en la mano desde una demanda hasta una bolsa de cacahuates.

Pueblo raso, pueblo de a pie, pueblo bajo el sol, pueblo que tiene claro que hoy es protagonista de su propia historia, la que tanto le escamotearon los que simulaban hablar en su nombre. Pueblo que apoya mayoritariamente al presidente y a la reforma energética propuesta por él.

León Fernando Alvarado. Docente, narrador y periodista. Tiene publicados una novela y un libro de cuentos, además de narraciones y columnas periodísticas en diversos diarios y revistas. Premio Nacional de Cuento León 1987 (Jurado: José Agustín, Armando Ramírez y Rafael Ramírez Heredia). Premio Estatal de Periodismo Guanajuato 2012, categoría Reportaje.

Por Columnas

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